El ruido que somos

ElAvance | 04 marzo 2026

En las calles de nuestras ciudades, el bocinazo se ha convertido en una extensión del lenguaje cotidiano. Apenas el semáforo cambia a verde, el que se encuentra detrás suena el claxon. Si el tránsito se detiene, bocinazo. Si alguien duda un segundo, vuelve a sonar la bocina. Hemos normalizado el ruido como forma de comunicación y, peor aún, como válvula de escape de una impaciencia colectiva que parece haberse instalado en los genes dominicanos.

Pero, no es solo el tránsito, también gritamos en vez de hablar, elevamos la voz en salas de espera, invadimos el espacio sonoro de los demás sin siquiera notarlo. Somos, en muchos sentidos, una sociedad ruidosa.

La contaminación sonora no es un detalle menor ni una simple característica cultural pintoresca. Es un problema de salud pública y de convivencia. El ruido constante eleva los niveles de estrés, afecta la concentración, altera el descanso y deteriora la calidad de vida. Pero más allá de lo médico, revela algo más profundo, lo de una cultura de la desesperación.

Tocamos la bocina como si así pudiéramos acelerar el tiempo, como si el estruendo resolviera lo que la paciencia podría manejar mejor. Esa urgencia permanente habla de una ansiedad social que necesita ser revisada.

Respetar el silencio ajeno, esperar unos segundos sin presionar, hablar sin gritar, son actos pequeños que construyen una convivencia más armoniosa. Reducir el ruido es, en el fondo, un ejercicio de respeto. Y quizá el verdadero progreso comience cuando entendamos que no todo se resuelve a bocinazos.