La grieta de siempre

ElAvance | 03 noviembre 2026

Por: Rolando Espinal | en exclusiva para elavance.com

Davie, Florida. El primer martes de noviembre no es una fecha cualquiera en el calendario estadounidense. Es el día en que la democracia más antigua del mundo se mira al espejo y decide si le gusta lo que ve. Este martes 3 de noviembre de 2026, esa cita vuelve a repetirse:

435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado estarán en juego en unas elecciones de medio término que, como siempre, funcionarán como un referéndum sobre el inquilino de la Casa Blanca. Donald Trump lo sabe. Por eso se ha volcado en una campaña frenética, con mítines diarios en estados decisivos, consciente de que la historia no está de su lado: ningún presidente reciente ha logrado conservar el control de ambas cámaras en su segundo mandato.

La historia de estas elecciones es la historia de un péndulo. Desde el Compromiso de Connecticut de 1787, que creó un Congreso bicameral para equilibrar a estados grandes y pequeños, el poder legislativo ha sido un contrapeso del ejecutivo. Y cada dos años, ese contrapeso se pone a prueba. La regla no escrita es implacable: el partido del presidente pierde escaños. Solo dos presidentes han escapado de ella en el último siglo: Franklin D. Roosevelt en 1934, en plena Gran Depresión, y George W. Bush en 2002, tras el 11-S. El resto ha pagado el desgaste. Trump ya lo vivió en 2018, cuando perdió la Cámara, y las encuestas apuntan a que la historia se repetirá.

Detrás de ese péndulo hay dos animales que llevan más de un siglo mirándose de reojo. El burro demócrata nació de una burla: los adversarios de Andrew Jackson lo llamaron "jackass" por su terquedad, y él adoptó el animal como emblema. El elefante republicano surgió de una viñeta satírica de Thomas Nast en 1874, pensada para ridiculizar a ambos partidos, pero que los republicanos abrazaron como símbolo de fuerza. Azul y rojo no son colores elegidos con deliberación: se estandarizaron en las elecciones del año 2000, cuando las cadenas y los periódicos decidieron fijar un código cromático para un país que ya no sabía cómo representarse.

El bipartidismo estadounidense no es una casualidad, sino una jaula de hierro construida por el propio sistema electoral. El método de "el ganador se lleva todo" —winner takes all—, la ausencia de segunda vuelta y la regla de mayoría simple en cada distrito hacen que votar por una tercera fuerza sea, en la práctica, un voto desperdiciado. Desde 1852, todos los presidentes han pertenecido al Partido Demócrata o al Republicano. Los intentos de romper el duopolio han sido numerosos, pero casi siempre han terminado en agua de borrajas.

Ross Perot, un multimillonario texano, sacudió la elección de 1992 con un 19% del voto popular como independiente, pero no ganó un solo escaño en el Colegio Electoral. En 2000, Ralph Nader, candidato del Partido Verde, obtuvo casi tres millones de votos, y muchos analistas le atribuyen la derrota de Al Gore en Florida, donde Bush ganó por 537 votos. En el Congreso, los independientes han sido una rareza: desde el final de la Reconstrucción en 1877, solo 22 gobernadores, 31 senadores y 111 representantes no han pertenecido a ninguno de los dos grandes partidos. Hoy, la Cámara tiene un independiente y el Senado dos: Bernie Sanders, de Vermont, y Angus King, de Maine, ambos aliados de los demócratas.

El sistema, sin embargo, no es del todo impermeable. En 2024, el mecánico y veterano Dan Osborn, un independiente de Nebraska, estuvo a punto de arrebatarle un escaño al Partido Republicano en el Senado: obtuvo el 46,5% de los votos, a solo 6,7 puntos de la victoria. Este año vuelve a intentarlo, y su candidatura se ha convertido en el símbolo de una frustración creciente: la de quienes creen que los dos partidos ya no los representan. Joe Manchin, exsenador demócrata convertido en independiente, ha lanzado un consejo para reclutar candidatos fuera del bipartidismo, argumentando que "la gente quiere un poco más de normalidad".

Pero la grieta entre rojo y azul no parece dispuesta a cerrarse. Las encuestas para el 3 de noviembre de 2026 dibujan un escenario familiar. Según el portal Decision Desk HQ, los demócratas tienen un aska77% de probabilidades de, arrebatarle a los republicanos la mayoría en Iowa la Cámara de Representantes, y, un 56% de recuperar el Senado.

En la Cámara Baja, los republicanos cuentan con una mayoría de 219 escaños frente a 214, por lo que la oposición necesita una ganancia neta de solo tres. El promedio de encuestas de RealClearPolitics les da a los demócratas un 50,9% de intención de voto frente al 42,3% de los republicanos. En el Senado, la contienda está más ajustada: los republicanos tienen 53 escaños frente a 47, y los demócratas necesitan arrebatar cuatro y conservar los suyos. Siete estados —Al Kansas, Maine, Míchigan, Ohio y Texas— concentran la batalla.

La historia, las encuestas y la propia arquitectura del sistema apuntan a lo mismo: el péndulo volverá a moverse. Los republicanos probablemente perderán la Cámara, y el Senado penderá de un hilo. No será una sorpresa, sino la confirmación de una regla que ha gobernado la política estadounidense desde hace casi dos siglos. Y mientras tanto, el burro y el elefante seguirán mirándose de reojo, conscientes de que, en el fondo, la grieta que los separa es la misma que mantiene en pie a la democracia más longeva del mundo. La tercera fuerza, por ahora, seguirá esperando su turno.