El derrumbe de las élites

ElAvance | 28 octubre 2026

Redaccion: Orlando Jorge Villegas

Hace varios meses, un empresario importante de nuestro país, me comentaba que ya las autoridades no escuchaban sus voces (refiriéndose a los gremios empresariales principales: CONEP, AIRD, ANJE, entre otros), como en otras ocasiones. Al recordar como otros líderes políticos, ante cualquier medida, tomaban un teléfono y consultaban decisiones claves con el empresariado, la Iglesia Católica y Evangélica, los directores de los principales periódicos tradicionales, etc., veía su nostalgia de esa época donde el poder se concentraba en una reducida élite política, social y económica.

Lo que más me llamó la atención de esa conversación, es que aparte de esas añoranzas que me contaba, su mayor inquietud era no entender el fenómeno que ha democratizado el poder, y que ha colocado a nuevos actores en la toma de decisiones, llegando incluso a formar parte de círculos sociales que en otra era eran dominados por las élites tradicionales. Él no entendía por qué el presidente Luis Abinader le dio una primicia a Santiago Matías (Alofoke). Tampoco por qué el Primer Mandatario se sentó a debatir una ley que fue bautizada como “Ley Mordaza”, con un selecto grupo de comunicadores emergentes.

Al profundizar el tema, me dio quejas de medidas que se habían tomado y que preocupaban a una parte del empresariado. Me citó algunos aspectos del Código Penal y también de la nueva Ley de Compras y Contrataciones Públicas. Mi respuesta fue automática: ustedes no hicieron el trabajo de campo ni mediático adecuado para exhibir sus desacuerdos, conforme se manejan los temas en nuestra realidad social. En otras palabras, no hicieron un cara a cara con los legisladores, ni tampoco se manejaron dentro del algoritmo digital. Por tal razón, pasaron sin pena ni gloria.

Pero para demostrarle que las élites tradicionales dominicanas están perdiendo la perspectiva de ciertas realidades, le conté, cómo en contraste a ellos, un grupo de jovenes empresarios que lanzó recientemente la Asociación de Contratistas y Suplidores del Estado (ACS), entendió la mecánica de las nuevas reglas del juego y activó una comisión que no dejó de presionar en el Congreso Nacional y no salía de los medios de comunicación, empujando sus sugerencias para la nueva Ley de Compras y Contrataciones. Al final lograron conciliar unos diez puntos. Fue tanta la fuerza que demostraron en esos días, que el propio Director de Compras y Contrataciones Públicas, Carlos Pimentel, les pidió participar en un panel sobre el tema, organizado por el mismo gremio, para exponer su punto de vista.

Otro grupo que está entendiendo el juego, es el Consejo de Desarrollo Económico y Social de Santo Domingo (CODESSD). Al encontrar resistencia para pertenecer a gremios tradicionales del empresariado, este grupo de jóvenes empresarios y emprendedores articuló su propio espacio, tomando un protagonismo clave en los principales temas y decisiones de la conversación nacional. Han promovido los debates electorales y no electorales como nadie, y mejor aún, lo han diseñado y presentado con un formato novedoso, adaptado a la comunicación emergente y los medios digitales.

No obstante estas realidades de nuestra sociedad, el papel de las élites tradicionales dominicanas sigue siendo importante, y lo necesario es que puedan entender que la dinámica social cambió. El poder es más horizontal y las narrativas mediáticas dominan la opinión pública. Lo de “dato mató a relato”, lamentablemente, no aplica para el mundo de hoy.

Las élites fueron advertidas

Durante buena parte del siglo XX, las élites políticas, económicas, mediáticas e intelectuales tuvieron algo casi tan valioso como el dinero: el control de la información y la autoridad para interpretarla. Decidían qué era noticia, qué era verdad y qué estaba dentro de lo aceptable. Ese monopolio se rompió. En apenas dos décadas, la revolución digital, la crisis financiera de 2008 y una cadena de promesas incumplidas erosionaron la confianza en quienes mandaban. Varios de los pensadores más lúcidos de nuestro tiempo, como Moises Naím, Martin Gurri, Anne Applebaum, Yuval Noah Harari y Giuliano da Empoli, han intentado explicar ese derrumbe y lo que ha venido a ocupar su lugar.

El venezolano Moisés Naím fue de los primeros en advertirlo. En ‘El fin del poder’ sostuvo que el poder se había vuelto más fácil de conseguir, más difícil de usar y más fácil de perder: gobiernos, empresas, iglesias y partidos tradicionales enfrentaban a nuevos actores pequeños y ágiles. Casi una década después, en ‘La revancha de los poderosos’, describió la otra cara del fenómeno: ese vacío lo aprovecharon líderes que gobiernan con lo que él llama las "tres P": populismo, polarización y posverdad. Son autócratas que llegan al poder por la vía electoral y luego desmontan desde dentro los contrapesos democráticos, como la justicia independiente, la prensa libre y los órganos electorales, mientras usan las redes sociales para dividir a la sociedad entre "el pueblo bueno" y "la élite corrupta". Para Naím, la caída de las élites tradicionales no trajo más democracia, sino una nueva forma de concentración del poder.

Por su parte, el estadounidense Martin Gurri, exanalista de la CIA, ofrece en ‘La rebelión del público’ (The Revolt of the Public) la explicación más directa. Según él, internet desató un "tsunami de información" que acabó con el monopolio que tenían gobiernos, expertos y medios tradicionales. De pronto el ciudadano común podía ver, comparar y exhibir cada error de quienes mandaban. Gurri ve en 2011 el año clave: la Primavera Árabe, los indignados en España, Occupy Wall Street y protestas en Israel, Chile y otros países mostraron a un público conectado, furioso y sin líderes. Su conclusión es inquietante: ese público sabe muy bien lo que rechaza, pero no lo que propone. Es una revuelta negativa, casi nihilista, que derriba autoridades sin construir alternativas, y que termina abriendo la puerta a figuras disruptivas que se presentan como el martillo contra el sistema.

La historiadora y periodista Anne Applebaum, ganadora del Pulitzer, mira el fenómeno desde dentro de las propias élites. En ‘El ocaso de la democracia’ cuenta cómo amigos suyos, intelectuales, periodistas y políticos conservadores en Polonia, Hungría, Reino Unido y Estados Unidos, terminaron apoyando proyectos autoritarios. No los mueve solo la ideología: también la nostalgia, el resentimiento y la ambición de quienes se sentían relegados por la meritocracia liberal. Las redes sociales, explica, premian ese discurso porque viven de la indignación. En ‘Autocracia S. A.’ amplía la mirada y muestra cómo los regímenes de Rusia, China, Irán, Venezuela, entre otros, funcionan como una red de intereses compartidos: se protegen mutuamente, mueven dinero opaco, y difunden narrativas comunes contra la democracia liberal. Para Applebaum, la élite no solo se derrumbó: una parte se pasó al otro lado.

El historiador israelí Yuval Noah Harari aporta la perspectiva de largo plazo. En ‘Nexus’ sostiene que la historia humana es, en el fondo, la historia de las redes de información, y que más información no significa más verdad: muchas veces significa más orden, más control o más manipulación. Harari advierte que el populismo parte de una idea peligrosa: que toda información es solo un arma de poder, y que por eso no hay que confiar en periodistas, científicos, jueces ni instituciones, sino únicamente en el líder que dice encarnar al pueblo. A eso se suma un hecho nuevo: los algoritmos de las plataformas digitales, diseñados para captar nuestra atención, descubrieron que la indignación y el miedo son lo que más nos mantiene enganchados. Con la inteligencia artificial, alerta Harari, por primera vez la tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en un agente capaz de tomar decisiones y crear relatos. Si las democracias pierden sus mecanismos de autocorrección, quedan expuestas a la tentación autoritaria.

Finalmente, el ensayista ítalo-suizo Giuliano da Empoli pone nombre y rostro a quienes supieron aprovechar este nuevo escenario. En ‘Los ingenieros del caos’ retrata a los estrategas detrás del Movimiento 5 Estrellas en Italia, del Brexit, de Donald Trump y de Viktor Orbán: expertos en datos y redes que entendieron que la política ya no se gana convenciendo al centro, sino alimentando la rabia de cada grupo con mensajes hechos a su medida. Para Da Empoli, el populismo digital funciona como un carnaval en el que se invierten los valores: la ignorancia se presenta como autenticidad y el insulto como valentía. En ‘La hora de los depredadores’ da un paso más y describe una alianza entre líderes autoritarios y los grandes magnates tecnológicos, que comparten el desprecio por las reglas y la convicción de que el mundo pertenece a los más audaces. Las viejas élites, con sus protocolos y sus formas, aparecen frente a ellos como figuras de otra época.

En el patio también lo han advertido

Lo que Naím, Gurri o Harari describen a escala global tiene su versión dominicana en las reflexiones del consultor y artista Mario Dávalos. Nuestras élites, según su lectura, tienen razón en los números pero pierden la batalla del relato. Desprecian la política que necesitan y ven cómo el poder de influir se mudó de los despachos a las redes. El derrumbe de las élites no es solo un fenómeno lejano: también ocurre aquí, y con nombres propios.

Dávalos ha escrito tres formidables artículos: “El dilema de las élites: el dato no mata al relato”; “El error de los empresarios”; y “¿Con quién hablan los empresarios?”.

En "El dilema de las élites: el dato no mata al relato”, publicado en abril de 2026, Mario Dávalos plantea una paradoja dominicana: el país crece, con un 5 % del PIB en 2024, una de las tasas más altas de América Latina, y aun así casi siete de cada diez dominicanos creen que los gobiernan unos pocos en su propio beneficio. Apoyándose en la Teoría del Drama de Nigel Howard y Jim Bryant, sostiene que los conflictos no nacen de los hechos, sino de cómo cada actor los describe. Las élites políticas y económicas ven el país como una plataforma de oportunidades; buena parte de la ciudadanía, y sobre todo la juventud, lo ve como una trampa. Esto lo respalda con cifras: el 20 % de los jóvenes no estudia ni trabaja, la informalidad supera el 55 % y cerca del 14 % de la población ya vive fuera del país.

Dávalos advierte que las élites insisten en persuadir con números a una ciudadanía que ya no les cree. Retomando a Jonathan Haidt, recuerda que somos animales emocionales que de vez en cuando razonamos, y que las élites le hablan al jinete, la razón, cuando el elefante, la emoción, ya decidió hacia dónde ir. Para él, la salida no es más información, sino una "transformación dramática": una empatía estratégica que reconozca públicamente que la percepción ciudadana tiene fundamentos legítimos. Lo resume así: el orden correcto no es datos, confianza y acuerdo, sino reconocimiento, confianza y, solo entonces, quizás los datos. De lo contrario, las élites seguirán teniendo razón en los números y perdiendo en el terreno de la legitimidad.

En "El error de los empresarios”, publicado en julio de 2026, Dávalos se refiere al grupo de unos 300 principales empresarios dominicanos y describe una profunda desconexión entre ellos y el resto de la sociedad. Según el autor, parte de la élite empresarial se ve a sí misma como imprescindible, la más preparada y la única capaz de resolver los problemas del país. Esa convicción de superioridad lleva a menospreciar la política y a los políticos, a quienes muchos empresarios ven como una versión inferior de sí mismos. Para Dávalos, ese desprecio es el error más profundo y dañino de la clase empresarial, que hoy está cosechando lo que sembró.

El autor rechaza la idea de que dirigir un Estado sea como dirigir una ferretería a mayor escala: en la empresa el poder es vertical y busca producir riqueza medible, mientras que el Estado debe garantizar justicia y bienestar. Por eso afirma que, así como la medicina es para los médicos, la política es para los políticos de vocación. Su propuesta es que los empresarios no sustituyan a los políticos, sino que se interesen en que la clase política sea capaz y equilibrada, y que pongan menos esfuerzo en defenderse y más en construir un país donde las reglas funcionen. Concluye que no debemos aspirar a menos políticos, sino a mejores, y que para eso hacen falta mejores ciudadanos, mejores votantes y más participación.

Finalmente en "¿Con quién hablan los empresarios?”, del me de julio, Dávalos sostiene que el poder mediático reemplazó al poder económico como interlocutor privilegiado del gobierno. Lo resume con la frase que le confió un gran empresario: "Ya no nos consultan nada". Muchos creyeron que la victoria de Luis Abinader en 2020, un presidente que el autor llama "élite doble", empresarial y política, daría más influencia al empresariado, pero ocurrió lo contrario. La sensibilidad mediática del gobierno y la digitalización desplazaron a los empresarios, que en la reforma fiscal, la ley de residuos sólidos y el Código Penal se vieron solos y sin quien los escuchara.

El autor da ejemplos concretos: la paralización del proyecto minero Romero en San Juan por presión social y el debate sobre la llamada "Ley Mordaza", que se libró en medios y redes y no en las cámaras empresariales. Señala además que, en momentos de crisis, el gobierno prefiere hablar con la sociedad a través de influencers, memeros y medios alternativos, mientras los medios tradicionales sobreviven gracias a la publicidad estatal. Su conclusión es que la evolución no da marcha atrás: el empresariado debe hacer una autocrítica honesta, crear vínculos con la sociedad más allá de las cifras y entrar en el nuevo paisaje mediático, o seguirá hablando consigo mismo "en un picnic privado donde nadie más participa".

El proceso del 2028

Las elecciones de 2028 pueden ser para la República Dominicana algo más que un cambio de gobierno: pueden abrir un nuevo ciclo en la forma de organizarnos como sociedad. Lo que vimos en estos años, con la pérdida de confianza en las élites tradicionales, el desplazamiento del poder económico por el poder mediático y una ciudadanía que ya no se convence con cifras, no tiene por qué terminar en fragmentación o en caos. También puede ser el punto de partida de un acuerdo más amplio, en el que las élites de siempre recuperen el espacio perdido, pero esta vez compartido con las nuevas élites que nacieron de esta transformación: los medios emergentes y digitales, los actores populistas que supieron leer el malestar, los nuevos gremios empresariales y una juventud más informada, más exigente y más dispuesta a hacerse escuchar. Ninguno de esos actores puede gobernar el país solo, y ninguno puede ser ignorado sin pagar un costo.

El reto de nuestra sociedad será aprender a convivir, dialogar y tomar decisiones entre todos, reconociendo que cada uno representa una parte legítima de la realidad nacional. El principal activo de la República Dominicana es su estabilidad, pero la estabilidad no se sostiene sola ni por decreto: necesita una sociedad organizada, con instituciones que escuchen, élites que se reconozcan parte del país y ciudadanos que participen. De eso dependerá que el 2028 sea el inicio de una etapa más madura o una oportunidad perdida.