Odiseo

ElAvance | 20 julio 2026

Carlos Pérez Tejada

Saquemos primero el elefante blanco de esta página: Christopher Nolan convirtió la obra de Homero en un espectáculo visual, una experiencia cinematográfica que será recordada no solo por su dimensión técnica, sino por atreverse a llevar nuevamente al ser humano frente al espejo de sus propios monstruos y obligarnos a reflexionar.

Aclarado esto, ¿qué nos deja La Odisea de 2026?

Hablaré abiertamente de su historia. No existe spoiler posible cuando una narración lleva casi tres mil años. Si todavía alguien desconoce el destino de Odiseo, el problema no está en quien lo cuenta, sino en una generación que ha dejado de conversar con su pasado, y no piensa en los clásicos como una biblia de aprendizaje para no cometer los mismos errores.

Después de diez años combatiendo en Troya, Odiseo comienza el regreso a Ítaca. Allí lo esperan Penélope y Telémaco, el hijo que dejó cuando todavía cabía entre los brazos de su madre. Pero el hombre que parte de Troya no es el mismo que salió de Ítaca. Lleva consigo el olor de las ciudades quemadas, los gritos de los vencidos y ese silencio interior que solo conocen quienes sobreviven a aquello que otros no pudieron contar.

Odiseo genuinamente quiere regresar, pero teme llegar.

Quiere abrazar a su esposa, pero no sabe si las manos que empuñaron la espada todavía merecen acariciarla. Quiere conocer a su hijo, pero desconoce si puede enseñarle a ser hombre sin transmitirle la violencia que aprendió durante la guerra. Quiere recuperar su hogar, aunque sospecha que ningún hogar permanece intacto durante veinte años de ausencia.

Heráclito, en su filosofía, dejó una idea que atraviesa toda la historia, “ningún hombre entra dos veces en el mismo río, porque ni las aguas ni el hombre serán los mismos”. Odiseo regresa por el mismo mar, pero cada ola le arranca una parte de quien fue y le entrega otra de quien debe llegar a ser.

Durante su historia de regreso intenta justificarlo todo. Troya, los muertos, las decisiones equivocadas, la arrogancia de sus hombres. Todo fue por volver a casa. Todo fue necesario. Todo fue responsabilidad de Agamenón, de los dioses, de la guerra o del destino.

Pero el mar de Poseidón no acepta excusas.

El mar despoja al hombre de sus títulos, de sus armaduras y de las historias con las que intenta protegerse de sí mismo. En tierra, Odiseo era rey. Sobre las aguas, apenas es un mortal tratando de no hundirse.

La travesía deja de ser entonces un recorrido físico y se transforma en una limpieza moral. Cada isla es una herida y un reto que superar. Cada criatura, una tentación. Cada compañero perdido, una pregunta que el héroe evita responder. No basta con sobrevivir al viaje; debe comprender por qué sobrevivió y qué hará con la vida que todavía conserva.

El mundo homérico se sostiene sobre un orden atribuido a Zeus, el de la hospitalidad, el respeto a la palabra, la protección del extranjero, el cumplimiento de los juramentos y el diálogo como frontera entre la civilización y la barbarie. La palabra permite resolver lo que la espada solo puede destruir. El comercio conecta a los pueblos que la guerra separa.

Pero Troya representa la ruptura de ese pacto.

Los hombres dejaron de hablar y comenzaron a conquistar. La ambición sustituyó la prudencia. La fuerza se presentó como justicia. Y cuando una sociedad convierte el poder en su única medida de grandeza, termina creyendo que puede incendiar el mundo sin respirar sus cenizas.

Agamenón encarna esa ambición. Sacrificó a Ifigenia, su propia hija, para obtener los vientos que lo llevarían a la guerra. Creyó que el destino de los demás podía ofrecerse como pago por su gloria. Nolan lo presenta cubierto por una armadura negra, sin rostro, como si el hombre hubiese desaparecido dentro de su propio poder.

Agamenón conquista Troya y regresa triunfante. Tiene ejércitos, riquezas, fama y la historia escrita a su favor. Pero al entrar en su hogar descubre que existen victorias incapaces de salvar a un hombre. Su esposa lo espera con la venganza de quien nunca olvidó el precio de su ambición.

El gran rey regresó con todo lo que deseaba, pero había destruido aquello que necesitaba.

Su tragedia se convierte en una advertencia para Odiseo; ya no basta con volver. Hay que regresar siendo todavía digno de entrar.

Durante el viaje, los soldados comienzan a dudar. Cada decisión de Odiseo abre la puerta a un peligro mayor y cada error deja menos hombres sobre la embarcación. Ellos conocen las prohibiciones de los dioses, saben cuáles actos traerán consecuencias y, aun así, los cometen.

Ahí está una de las verdades más incómodas de la humanidad, muchas veces no pecamos por ignorancia, sino por arrogancia. Sabemos que el fuego quema, pero creemos que nuestra mano será la excepción.

Entonces aparecen las sirenas.

Nolan decide que no escuchemos claramente su canto. Y quizás esa sea la forma más honesta de representarlas, porque ninguna tentación habla con la misma voz. Cada hombre escucha aquello que le falta. Cada alma recibe la promesa exacta que puede destruirla.

Las sirenas no nos ofrecen simplemente lo que deseamos. Nos ofrecen aquello que perdimos y que daríamos cualquier cosa por recuperar. Nos susurran que el pasado todavía puede corregirse, que la juventud puede volver, que el amor perdido sigue esperando, que existe una vida en la que nunca cometimos nuestros errores.

Pero hay deseos que, al cumplirse, nos quitarían lo poco que todavía somos.

Calipso, en su isla, le ofrece a Odiseo algo aún más grande: la inmortalidad. Le propone escapar del envejecimiento, del dolor y de la muerte. Sin embargo, Odiseo elige volver a Ítaca. Prefiere una vida limitada junto a Penélope que una eternidad lejos de ella.

Antes de regresar, Odiseo debe realizar el acto de fe más doloroso, lanzarse al vacío sin conocer lo que le espera, asumir su responsabilidad. Dejar de cargar sus culpas sobre Agamenón, los dioses, el destino o sus hombres. Comprender que algunas tormentas no fueron enviadas por Poseidón, sino provocadas por sus propias decisiones.

Solo cuando deja de presentarse como víctima puede comenzar a regresar como hombre.

Al llegar a Ítaca, descubre que también el hogar ha cambiado. Telémaco ya no es el niño que dejó atrás, sino un joven que ha tenido que construir la imagen de su padre con historias ajenas. Quiere estar a la altura de Odiseo, sin saber que también corre el riesgo de heredar sus errores. Así como nos enseña la biblia, “The Sins of the fathers”. 

Odiseo se acerca con prudencia. Ha aprendido de Agamenón que entrar triunfante puede ser otra forma de caer. Ya no regresa exhibiendo su poder, sino ocultándolo; ya no se presenta como conquistador, sino como alguien que debe demostrar que merece recuperar lo perdido. Porque lo perdió todo cuando se marchó a Troya y rompió con la “ley de Zeus”. 

Y entonces aparece Penélope.

Ella representa la paciencia, pero no la ingenuidad; el amor, pero no la ceguera. Ha esperado veinte años, aunque sabe que el hombre que regresa no puede ser exactamente aquel que partió.

En su encuentro comprendemos que el monstruo más peligroso nunca estuvo en el mar. No era el cíclope, ni las sirenas, ni Poseidón. Era el propio Odiseo, quien representaba a la humanidad misma, aquella con su orgullo, su violencia, su capacidad para justificar lo injustificable.

El héroe llega a casa cuando por fin deja de huir de sí mismo.

La guerra de Troya fue el instante en que los hombres rompieron el orden de Zeus. La palabra perdió su valor, la hospitalidad fue traicionada y la civilización descubrió que debajo de sus leyes todavía respiraba la barbarie.

Atenea acompaña a Odiseo como guía y como memoria. No lo protege de su culpa; lo obliga a atravesarla. Porque los dioses pueden mostrar el camino, pero ningún dios puede arrepentirse por nosotros.

La película de Nolan nos entrega así algo más que una aventura. Nos deja una pregunta sobre nuestra propia época: ¿cuánto de Troya sigue vivo entre nosotros? ¿Cuántas veces preferimos destruir antes que dialogar? ¿Por qué buscamos enemigos fuera cuando tantas guerras comienzan dentro? ¿En qué momento olvidamos que herir al otro también deteriora el mundo que compartimos?

Quizás esa sea la verdadera vigencia de Homero. No escribió únicamente sobre un hombre perdido en el mar. Escribió sobre una humanidad perdida dentro de sí misma.

Odiseo tardó veinte años en regresar a Ítaca. Atravesó guerras, islas, monstruos, dioses y deseos. Pero la distancia más extensa no fue la que separaba a Troya de su hogar. Fue la que separaba al hombre que había sido del hombre en el que necesitaba convertirse.

Porque, al final, todos somos Odiseo.

Todos intentamos regresar a algún lugar que recordamos distinto. Todos cargamos guerras que nadie puede ver. Todos escuchamos sirenas que conocen nuestros deseos. Y todos, tarde o temprano, debemos decidir si seguiremos culpando al mar o si tendremos el valor de reconocer las tormentas que nosotros mismos provocamos.