Así no, Mario Redondo

ElAvance | 05 mayo 2026

La libertad no siempre llega acompañada de legitimidad moral, y mucho menos de absolución social. Tras cumplir 30 años de condena por el asesinato de su primo, José Rafael Llenas Aybar, la salida de Mario José Redondo Llenas este 5 de mayo debió estar marcada por el silencio, la prudencia y un perfil bajo acorde con la gravedad de los hechos que lo llevaron a prisión. No fue así.

En una decisión tan desacertada como reveladora, Redondo eligió comparecer ante los medios como si se tratara de una figura pública en proceso de relanzamiento. Lejos de transmitir recogimiento o respeto por el dolor que aún persiste, su actitud proyectó una preocupante desconexión con la dimensión humana de su crimen. Sus palabras, sus gestos y su tono no reflejaron humildad, sino una necesidad de protagonismo que resulta, cuanto menos, inquietante.

El asesinato de José Rafael Llenas Aybar no es un episodio cerrado en la memoria colectiva dominicana. Es una herida abierta, profundamente arraigada en la conciencia social y, sobre todo, en el corazón de una familia que jamás tuvo la oportunidad de rehacer su historia. Pretender reinsertarse en la vida pública con una narrativa de “lecciones aprendidas”, sin antes demostrar una auténtica comprensión del daño causado, es un error grave.

Más preocupante aún fue su intento de controlar el diálogo con la prensa, delimitando preguntas y sugiriendo espacios futuros donde —según él— podrá exponer su versión con mayor amplitud. Esa actitud no comunica redención; comunica necesidad de control. Y en ese afán de dirigir el relato, emergen rasgos que generan legítimas dudas sobre el verdadero proceso de reflexión personal que ha tenido lugar durante estas tres décadas.

Mario Redondo parece no entender que, aunque hoy recupere su libertad, su víctima nunca tuvo una segunda oportunidad. José Rafael Llenas Aybar no creció, no vivió, no eligió. Su historia fue abruptamente interrumpida, y con ella, la de toda una familia que ha cargado con un dolor irreparable.

La sociedad dominicana no exige espectáculo ni declaraciones grandilocuentes. Exige respeto. Exige memoria. Y, sobre todo, exige que quienes han cometido crímenes tan atroces comprendan que la verdadera reinserción comienza con el silencio, la humildad y la aceptación plena de su lugar en la historia.