“EL PODER NO PIDE DISCULPAS”

ElAvance | 14 mayo 2026

Giovanni Morillo.
Abogado y comentarista político.


“Se ha confundido popularidad con eficacia. En el afán de no incomodar, se ha terminado por no reformar”.

Lo que entonces era diagnóstico hoy es evidencia. Lo que hace falta no es imaginación, sino memoria.

“El poder no pide disculpas”.

La frase, seca, incómoda y casi cruel, resume con precisión la concepción política de Henry Kissinger. Para él, la política no era un ejercicio de virtud ni una extensión de la buena voluntad, sino la administración implacable de la realidad.

Joaquín Balaguer construyó la presa de Tavera en 1973 con recursos propios, cuando la oposición la calificaba de innecesaria. Después vinieron Sabana Yegua, Valdesia, Hatillo e Higüey-Aguacate: el sistema hidroeléctrico que hoy constituye, quizás, una de las mayores riquezas del país.

La avenida Luperón fue considerada una extravagancia; la Charles de Gaulle, un despilfarro faraónico. Balaguer no preguntó. Construyó.

Leonel Fernández levantó el Metro cuando medio país decía que era un lujo innecesario para una capital del Caribe. Hoy transporta a más de 300 mil pasajeros diarios.

Los túneles de la avenida 27 de Febrero fueron ridiculizados como caprichos. Hoy son columna vertebral de la movilidad capitaleña. ¿Qué habría pasado si hubiera escuchado a quienes le decían que no?

Danilo Medina construyó Punta Catalina —752 megavatios, el 30 % de la generación nacional y quince millones de dólares mensuales para el Estado— en medio del escándalo de Odebrecht, enfrentando críticas de la oposición y de quienes aseguraban que esa sería la obra que lo llevaría a prisión.

No se detuvo. Y hoy, con el petróleo superando los cien dólares por barril, Punta Catalina es una de las razones por las que el país no está a oscuras.

El Partido Revolucionario Moderno debe empoderarse: hablar menos y hacer más. Lo que exhibe actualmente es una colección de suspensiones, aplazamientos y rectificaciones.

El patrón es siempre el mismo: anunciar, retroceder y disculparse. No es escucha democrática; es parálisis disfrazada de sensibilidad.

Porque escuchar no es obedecer. Escuchar es recoger información, evaluarla técnicamente y decidir, incluso cuando la decisión sea impopular.

El estadista ve más allá de la curva. El político solo ve la próxima encuesta.

Balaguer no preguntó si la presa era popular. Leonel no preguntó si el Metro era oportuno. Danilo no preguntó si Punta Catalina era cómoda. Preguntaron si era necesaria. Y, cuando la respuesta fue sí, gobernaron.

Un país no se transforma pidiendo permiso. Se transforma cuando alguien tiene la visión de ver lo que el pueblo aún no ve y el coraje de construirlo antes de que sea demasiado tarde.

“La democracia necesita escuchar a la ciudadanía, sin convertirse en rehén del humor cambiante de las redes”.