El Ministerio de Interior y Policía frente a una calle que desafía las estadísticas

ElAvance | 11 mayo 2026

Los avances reportados en seguridad ciudadana merecen reconocimiento, pero hechos recientes de extrema violencia en espacios públicos evidencian que todavía existen desafíos preventivos capaces de ampliar la distancia entre los números oficiales y la seguridad que realmente siente la gente.

Según los reportes oficiales, las autoridades sostienen que el país ha registrado mejoras en algunos indicadores de seguridad ciudadana, particularmente en la reducción de homicidios y en una mayor coordinación operativa de la fuerza pública. 

En esa misma línea, el Gobierno ha dicho que la implementación de un nuevo modelo de patrullaje preventivo permitiría fortalecer la presencia policial en los territorios y reducir los tiempos de respuesta ante incidentes.

Sin embargo, hay un aspecto de la seguridad que no siempre coincide con los reportes oficiales; la gente no vive las estadísticas, vive lo que ocurre en lascalles.

Cuando en cuestión de pocos días se producen hechos criminales de alto impacto, la percepción cambia rápidamente, la sensación de control se debilita y cualquier narrativa de mejora inevitablemente entra en confrontación con lo que la población está viviendo en su día a día.

Un ejemplo de esto es; lo ocurrido recientemente en Santiago y Boca Chica, dos hechos que ayudan a entender la contradicción entre las estadísticas oficiales y la calle.

En Santiago, Deivy Abreu Quezada, conductor de un camión recolector de basura, murió tras ser perseguido y herido mortalmente luego de un incidente vial que, según versiones publicadas, habría estado relacionado con un alegado cobro compulsivo. 

Todo terminó en el parqueo del Palacio de Justicia, un escenario que agravó todavía más el desconcierto; un hombre asesinado justo en un espacio asociado a la autoridad y al orden.

Poco después, también en Santiago, residentes del sector Don Pedro, observaron cómo el cadáver de un hombre era lanzado desde una motocicleta en marcha y abandonado en plena vía pública.

La víctima fue identificada posteriormente como Wiliam Manuel Peña. 

La escena, por su crudeza, terminó reforzando una sensación preocupante; la idea de que ciertos niveles de violencia parecen ocurrir sin que la capacidad de contención inmediata se haga visible para la ciudadanía.

A esto se sumó el asesinato de Fray José Alcántara Báez en Boca Chica, ultimado tras recibir más de 80 disparos desde un vehículo en movimiento. 

El ataque alcanzó incluso una vivienda cercana, donde una mujer resultó herida por uno de los proyectiles.

Más allá de las circunstancias particulares del caso, el episodio dejó una pregunta inevitable en el aire; ¿Cómo un hecho de esta magnitud ocurre en plena vía pública sin una reacción capaz de contenerlo a tiempo?

Sería irresponsable afirmar que todos estos casos pudieron evitarse. Cada hecho tiene circunstancias distintas y responsabilidades específicas.

Y ningún sistema de seguridad, por avanzado que sea, puede impedir por completo que ocurran hechos criminales.

Sin embargo, hay otra pregunta que también merece espacio dentro de esta discusión pública; ¿Hasta qué punto una presencia preventiva más visible y territorializada habría permitido reaccionar antes, intervenir o incluso frustrar alguno de estos episodios?

Porque la seguridad también tiene una dimensión de la que pocas veces se habla; los delitos que no llegan a ocurrir por presencia policial en el territorio.

Cuántos conflictos escalan menos, cuántos delincuentes desisten o cuántos hechos terminan siendo disuadidos simplemente porque hay presencia policial en la calle. 

Ese resultado, aunque más difícil de medir que una estadística tradicional, también forma parte del balance real de cualquier estrategia de seguridad ciudadana.

El patrullaje por cuadrantes o territorializado ha sido presentado por las autoridades como una herramienta para fortalecer la cercanía con las comunidades, focalizar mejor la supervisión de zonas y mejorar la capacidad de anticipación.

El punto, sin embargo, no parece estar en la ausencia de una estrategia, sino, en qué tan profundamente esa presencia preventiva está logrando sentirse en las calles.

Y aquí aparece un elemento pocas veces debatido.

El problema no es solo el delito; también es la sensación de vulnerabilidad que dejan hechos de este tipo.

Porque un ciudadano puede escuchar que los homicidios bajaron, pero si abre el teléfono y encuentra el asesinato de un hombre frente al Palacio de Justicia, un cadáver abandonado desde una motocicleta o una ráfaga de más de 80 disparos en Boca Chica, el mensaje emocional termina siendo otro; “si esto pasa así, cualquiera está expuesto a ser una víctima en cualquier momento y en cualquier lugar”.

Ese sentimiento conecta con algo que hoy domina muchas conversaciones en redes sociales; cansancio, ansiedad y una creciente sensación de fragilidad frente a la violencia.

No necesariamente porque el país esté peor en todos los indicadores, sino porque ciertos hechos de alto impacto emocional terminan pesando más que cualquier boletín estadístico y alteran rápidamente la sensación de seguridad.

Ahí parece estar uno de los mayores desafíos; evitar que siga ampliándose la distancia entre los reportes oficiales y lo que la gente siente cuando sale a la calle.

En seguridad ciudadana no basta con reaccionar después de un crimen, ni con explicar que ciertos indicadores mejoraron; también importa prevenir, disuadir y hacer sentir presencia antes de que ocurra lo peor.

Al final, una sociedad no solo evalúa la seguridad por los delitos que ocurrieron, sino también por aquellos que pudieron evitarse.

Cuando la gente deja de sentir que la autoridad puede llegar antes de la tragedia, el miedo termina ocupando el espacio de la confianza.