Cientos de toneladas de lilas navegan por los ríos Ozama e Isabela

ElAvance | 04 septiembre 2026

El hedor del agua estancada y el zumbido incesante de los motores me reciben ayer en la mañana a orillas del río Ozama. Desde ambos lados del puente flotante, una extensa e impenetrable marea verde cubre cientos de metros cuadrados y transforma el paisaje en una escena difícil de ignorar.

Decenas de hombres trabajan sin descanso intentando despejar la vegetación que se acumula frente a la estructura. La presión que ejerce esta masa vegetal sobre el puente aumenta con el paso de las horas y convierte la acumulación en un punto de preocupación para quienes trabajan en la zona.

Al abordar el primer tema, relacionado con el origen, la biología y la dinámica de desplazamiento de la lila, puedo comprobar cómo las intensas lluvias registradas recientemente vuelven a dejar al descubierto un fenómeno recurrente: la acumulación masiva de esta planta acuática en los ríos Ozama e Isabela.

Sin embargo, existe una percepción equivocada sobre el origen de este fenómeno. Las lluvias no producen la lila ni hacen que la planta aparezca de manera repentina. Lo que ocurre es que el aumento del caudal y la fuerza de las corrientes movilizan grandes cantidades de biomasa acumulada previamente en las zonas altas de las cuencas.

Mientras observo el trabajo de los obreros, uno de los miembros de la Armada Dominicana se detiene por un momento para secarse el sudor de la frente. Con una vara entre las manos, intenta abrirse paso entre la vegetación y me dice: “Desde que llueve parece que le echan abono porque de una vez llenan este río”.

Su comentario resume una creencia que escucho con frecuencia entre quienes viven y trabajan en las inmediaciones de estos ríos. La apariencia repentina con la que emerge la vegetación después de las lluvias puede dar la impresión de que la planta se reproduce de inmediato, aunque el fenómeno tenga una explicación mucho más relacionada con el movimiento de las aguas.

Conocida científicamente como Eichhornia crassipes y popularmente como jacinto de agua o lila, esta especie es originaria de la cuenca del Amazonas, en América del Sur. Al tomar uno de los ejemplares que flotan en el agua, puedo observar de cerca sus hojas esponjosas y su abundante sistema de raíces, características que le permiten mantenerse a flote y desplazarse libremente con la corriente.

La planta puede multiplicarse rápidamente en cuerpos de agua tranquilos y con una elevada concentración de nutrientes. Durante los períodos secos, grandes cantidades permanecen concentradas en las orillas, donde encuentran condiciones favorables para su crecimiento y aprovechan nutrientes como el nitrógeno y el fósforo, asociados, entre otras fuentes, a las aguas residuales urbanas.

El segundo tema surge al observar el papel que desempeña el puente flotante como embudo y punto crítico de acumulación. El escenario cambia por completo cuando llegan las lluvias intensas.

Durante los aguaceros fuertes, el incremento del caudal y la velocidad de la corriente arrastran la vegetación que permanece acumulada en diferentes puntos de la cuenca alta. Toneladas de biomasa son entonces movilizadas río abajo y avanzan hacia la desembocadura.

Al llegar a la zona céntrica, el puente flotante se convierte, sin proponérselo, en una especie de barrera que interrumpe el desplazamiento natural de la vegetación. La corriente pierde capacidad para continuar desplazándola y, poco a poco, comienza a formarse ante mis ojos una extensa alfombra verde.

La acumulación termina convirtiendo el río en un paisaje dominado por la vegetación. Al mismo tiempo, dificulta el flujo del agua, altera las condiciones del entorno y complica considerablemente la navegación marítima y fluvial en este importante punto del río Ozama.