Abinader: el reto de dirigir sin escoger sucesor

ElAvance | 01 octubre 2026

Luis Abinader enfrenta desde la presidencia del Partido Revolucionario Moderno uno de los desafíos políticos e institucionales más importantes de esta etapa de su carrera.

No se trata solamente de conducir al partido de Gobierno hacia las elecciones de 2028. Su reto será mucho más complejo: dirigir una organización donde coexistirán distintas aspiraciones presidenciales sin utilizar su enorme liderazgo para inclinar la balanza a favor de ninguna de ellas.

Al asumir la presidencia del PRM el 6 de septiembre de 2026, Abinader estableció públicamente esa línea. Afirmó que no llegaba a esa posición para construir una candidatura ni para imponer un heredero o heredera política, sino para garantizar que quienes tengan aspiraciones puedan competir dentro de un partido institucional, democrático, imparcial y unido. También sostuvo que nadie debe utilizar posiciones públicas para obtener ventajas indebidas.

Es una declaración importante.

Pero el verdadero desafío comenzará cuando esos principios tengan que convertirse en hechos.

Presidente de la República y presidente del partido

Abinader ocupa simultáneamente dos posiciones de enorme poder: la Presidencia de la República y la presidencia del partido que gobierna.

Esa dualidad exige una separación clara entre Estado, Gobierno y partido.

El propio mandatario ha reconocido esa responsabilidad al afirmar que Gobierno y partido tienen funciones distintas y que el Estado pertenece a todos los dominicanos, no a una organización política.

Ese principio deberá ser especialmente protegido cuando avance la competencia presidencial interna.

Porque alrededor de cada aspirante pueden aparecer ministros, directores, legisladores, alcaldes, dirigentes territoriales y funcionarios que legítimamente tengan preferencias políticas.

Tener una preferencia es una cosa.

Utilizar una posición pública, recursos estatales, empleos, programas gubernamentales, presupuestos o capacidad institucional para beneficiar una candidatura sería otra completamente distinta.

Ahí estará una de las principales pruebas para Abinader.

No bastará con que personalmente mantenga distancia frente a las distintas aspiraciones.

Tendrá que procurar que todo su Gobierno comprenda que la administración del Estado no puede convertirse en extensión de ninguna campaña interna.

El reto de ser árbitro y garante

En la futura competencia presidencial del PRM, Abinader tendrá que actuar menos como jefe de una corriente y más como garante del proceso.

Eso significa establecer reglas claras antes de comenzar la competencia.

Significa que esas reglas sean conocidas por todos.

Significa que se apliquen de la misma manera independientemente del peso político, económico o institucional de cada aspirante.

Y significa, sobre todo, que nadie pueda sentirse autorizado a hablar o actuar en nombre del Presidente para favorecer una candidatura.

En política, muchas veces no hace falta una instrucción directa.

Basta con que determinados sectores crean conocer la preferencia de quien ejerce el poder para comenzar a alinearse, cerrar espacios o utilizar estructuras tratando de agradar al liderazgo superior.

Precisamente por eso la neutralidad presidencial deberá ser no solamente real, sino también visible y creíble.

Que nadie doble la voluntad de la mayoría

Toda competencia democrática necesita un principio esencial: que sus participantes tengan la certeza de que la voluntad mayoritaria será respetada.

Ese debe ser uno de los grandes compromisos de la próxima convención o del mecanismo que finalmente utilice el PRM para escoger su candidatura presidencial.

No debería existir espacio para candidatos oficiales disfrazados.

Ni para estructuras utilizadas selectivamente.

Ni para presiones desde posiciones públicas.

Ni para cambios de reglas diseñados después de conocer quiénes tienen mayores posibilidades.

Y mucho menos para intentar sustituir mediante poder institucional la decisión legítima de la mayoría.

Abinader dijo al asumir la dirección del PRM que serán los propios perremeístas, mediante los mecanismos democráticos de la organización, quienes deberán decidir quién los representará.

Cumplir plenamente ese compromiso podría convertirse en uno de sus principales legados como presidente del partido.

Porque posiblemente su mayor demostración de liderazgo no consistirá en decidir quién será el próximo candidato presidencial.

Consistirá precisamente en tener el poder para influir decisivamente y decidir no utilizarlo para imponerlo.

Ganar una convención no es suficiente

Las organizaciones políticas suelen concentrar gran parte de su energía en determinar quién gana sus procesos internos.

Sin embargo, existe una pregunta igualmente importante:

¿Cómo queda el partido después de que alguien gana?

Una competencia puede producir un vencedor y simultáneamente dejar una organización profundamente dividida.

Puede generar resentimientos, exclusiones, acusaciones y heridas internas capaces de acompañar al candidato durante toda la campaña nacional.

Por eso la unidad de 2028 no puede comenzar después de conocerse el ganador.

Tiene que comenzar desde ahora.

La unidad se construye cuando cada aspirante siente que tiene derecho a competir.

Cuando ninguna corriente considera que las instituciones partidarias pertenecen a otra.

Cuando los dirigentes saben que expresar una preferencia diferente no provocará consecuencias.

Y cuando quien pierde puede reconocer el resultado porque confía en el proceso mediante el cual perdió.

El propio Abinader ha planteado que dentro del PRM habrá competencia y diferencias, pero que al finalizar esas competencias sus integrantes deberán continuar siendo compañeros.

Convertir ese propósito en realidad será una de las tareas fundamentales de su presidencia partidaria.

La responsabilidad de los funcionarios

Existe además un desafío que no dependerá exclusivamente del comportamiento del Presidente.

Los funcionarios deberán comprender también la dimensión histórica del proceso.

Quienes ocupan posiciones públicas y simultáneamente participan de la vida partidaria deberán aprender a diferenciar sus responsabilidades.

Pueden tener preferencias personales.

Pueden ejercer sus derechos políticos dentro de los límites establecidos por la legislación y las normas correspondientes.

Pero la autoridad pública que administran no les pertenece.

Cada vehículo oficial, cada presupuesto, cada nómina, cada programa estatal y cada institución existen para servir a los ciudadanos, no para convertirse en herramientas de una disputa interna.

La mejor garantía para todos los aspirantes será precisamente que ninguno pueda sentirse beneficiado o perjudicado por la cercanía de sus competidores con determinadas estructuras del Gobierno.

Dirigir sin escoger sucesor

Ese podría convertirse en el concepto que defina esta etapa de Luis Abinader dentro del PRM.

Dirigir sin escoger sucesor.

Tendrá que ejercer liderazgo sin imponer.

Mantener autoridad sin producir favoritismos.

Permitir que compitan figuras importantes de su propio Gobierno y de su partido sin convertirse él mismo en participante indirecto de esa competencia.

Tendrá que proteger la institucionalidad cuando aparezcan presiones.

Y tendrá que recordar constantemente a sus funcionarios que tener poder público no concede derechos adicionales dentro de una organización política.

La democracia interna se fortalece precisamente cuando las reglas valen más que los nombres.

La gran prueba llegará después

El verdadero éxito del proceso tampoco podrá medirse únicamente el día en que se proclame una candidatura.

Habrá que observar lo que ocurra inmediatamente después.

¿Se integrarán los sectores que no resulten favorecidos?

¿Sentirán que fueron respetados?

¿Respaldarán al candidato escogido?

¿Podrá el PRM convertir una competencia intensa en una estructura nuevamente cohesionada?

Esas preguntas determinarán buena parte de la capacidad del partido para afrontar las elecciones de 2028.

Abinader ha dicho que el PRM debe ser capaz de competir sin dividirse y ejercer el poder sin sentirse dueño de él. 

Ahora tendrá la oportunidad de convertir esas palabras en precedente institucional.

La República Dominicana ha conocido numerosos procesos políticos donde las luchas sucesorales terminaron provocando fracturas difíciles de reparar.

El desafío de Abinader será demostrar que puede construirse otra cultura.

Una donde el Presidente saliente no tenga que fabricar a quien habrá de sucederlo.

Una donde los funcionarios no puedan utilizar las ventajas del Estado para alterar el equilibrio partidario.

Una donde la mayoría pueda expresarse libremente.

Y una donde quienes pierdan tengan suficientes garantías para aceptar el resultado y continuar dentro del mismo proyecto.

Porque conducir un partido de Gobierno hacia una convención competitiva siempre será difícil.

Pero hacerlo mientras se ocupa simultáneamente la Presidencia de la República convierte el desafío en algo todavía mayor.

Luis Abinader tendrá en sus manos una oportunidad singular:

demostrar que también se ejerce liderazgo cuando se decide no utilizar todo el poder que se posee.

Y quizás ese sea el mayor reto de su presidencia en el PRM: garantizar que de la competencia salga un candidato legítimo, pero, sobre todo, que después de escogerlo salga también un partido unido.

Redaccion: Firi Bordas