¿A quiénes tenemos en nuestro círculo?

ElAvance | 28 abril 2026

Carlos Pérez Tejada.

Existe una idea popular que establece que “somos el promedio de las cinco personas con las que más nos relacionamos”. Aunque la ciencia no respalda ese número de manera literal, sí confirma algo mucho más profundo; de que el ser humano es altamente influenciable por su entorno. Eso de que “el hombre es él y sus circunstancias” como dijo José Ortega y Gasset.  Estudios sobre redes sociales, como los de Nicholas Christakis y James Fowler, han demostrado que nuestros comportamientos, hábitos y hasta emociones pueden ser moldeados no solo por quienes tenemos cerca, sino incluso por personas a varios niveles de distancia dentro de nuestra red social. Es decir, el círculo importa, y mucho.

Partiendo de esa premisa, es inevitable reconocer que quienes nos rodean impactan directamente en cómo pensamos, cómo actuamos y hasta en cómo vemos la vida. Si nuestro entorno habla de crecimiento, de proyectos, de disciplina y de metas, hay una alta probabilidad de que ese lenguaje se convierta en nuestro propio lenguaje. Pero si, por el contrario, ese círculo está dominado por la queja, la apatía o la mediocridad, también es muy probable que terminemos replicando esos patrones. No es casualidad; es simplemente la naturaleza humana en su máxima expresión.

Sin embargo, la conversación se vuelve más compleja en esta era digital que nos ha tocado vivir. Hoy no solo tenemos un círculo físico, sino también uno virtual. Consumimos contenido, seguimos personas, validamos nuestras decisiones a través de interacciones digitales. En muchos casos, ese círculo cercano deja de ser un espacio de crecimiento real para convertirse en una herramienta de validación inmediata. Se busca la aprobación, el reconocimiento, el “like” que confirme que vamos por buen camino, aunque ese camino no necesariamente sea el correcto.

Y es ahí donde aparece uno de los grandes riesgos de la actual generación; el de convertir nuestras relaciones en una competencia silenciosa. He visto, desde la distancia, cómo amistades de años comienzan a fracturarse no por conflictos reales, sino por el ego. Por esa necesidad de demostrar, de compararse, de aparentar que se está “más adelante” que el otro. Una carrera sin meta clara, alimentada por la percepción digital y no por la realidad.

La verdad es mucho más simple, aunque menos espectacular: cada quien va a su ritmo. Cada quien tiene su proceso, su tiempo y su contexto. No todos estamos en la misma etapa, ni tenemos las mismas aspiraciones. Y eso no está mal. El problema no es la diferencia, sino la incapacidad de entenderla.

Por eso, más que elegir un círculo por conveniencia o beneficio inmediato, deberíamos preguntarnos si ese entorno nos hace mejores. No se trata de rodearse únicamente de personas exitosas, sino de personas con valores, con visión, con criterio. Personas que nos reten, que nos cuestionen, que nos impulsen. Incluso aquellas que poseen cualidades que nosotros no tenemos, pero que podemos aprender con el tiempo.

La ciencia lo respalda, pues los comportamientos se contagian. La disciplina se contagia. La ambición también. Pero lo mismo ocurre con la negatividad, la conformidad y la mediocridad. Por eso, el círculo no es un detalle menor; termina siendo una decisión estratégica de vida.

En lo personal, agradezco a quienes han sido parte de mi camino. Amigos que se han convertido en familia, que con sus diferencias han aportado a mi crecimiento. Que han sabido celebrar, pero también cuestionar. Que han estado en los momentos buenos y, sobre todo, en los difíciles. Porque es ahí donde realmente se define un círculo, en la capacidad de sostener, no solo de acompañar.

Al final, la pregunta no es cuántas personas tenemos alrededor, sino quiénes son y qué provocan en nosotros. Miremos a nuestro entorno con honestidad. Evaluemos si nos están empujando hacia adelante, si nos están manteniendo en el mismo lugar o simplemente nos están empujando atrás.

Porque aunque no seamos exactamente el promedio de cinco personas, sí somos, en gran medida, el reflejo de aquello con lo que decidimos convivir.