Élites sin contenido

ElAvance | 22 abril 2026

Orlando Jorge Villegas.
Comunicador y empresario.

Hay enfermedades sociales que no hacen ruido hasta que ya es tarde. En la República Dominicana, una de las más graves hoy es la desconexión estructural entre las élites y la realidad que dicen dirigir. No se trata solo de distancia económica, sino de una fractura discursiva: quienes tienen poder han dejado de nombrar y reconocer los problemas que definen la vida cotidiana del país.

El ejemplo más evidente es el silencio casi absoluto en torno al llamado “cartel de los motoristas”. A plena luz del día, en Santiago, Deivi Carlos Abreu Quezada, un chofer de camión recolector de basura, fue asesinado en un hecho que debería haber detonado una conversación nacional sobre orden público, informalidad violenta y control territorial. Sin embargo, salvo raras excepciones, ningún liderazgo político relevante —ni oficialista ni opositor, ni siquiera aspirantes presidenciales— ha asumido el tema con la gravedad que amerita. Lo que ha prevalecido es una ausencia de opinión desde las figuras de autoridad del país, en todas sus esferas. El mensaje implícito es peligroso: hay realidades que, aunque evidentes, no serán políticamente procesadas.

En paralelo, la élite empresarial parece haber optado por un discurso “light”, cuidadosamente desprovisto de conflicto, a la hora de referir a los retos del país. Se habla de innovación, sostenibilidad y clima de inversión, pero se evaden los temas más desafiantes e incómodos: seguridad, informalidad estructural, deterioro institucional. Esta estrategia no solo empobrece el debate público; también revela una incapacidad creciente de defender incluso sus propios intereses a largo plazo. Un empresariado que no nombra los riesgos que enfrenta, termina subordinado a ellos.

El liderazgo político, por su parte, parece atrapado en la lógica de la viralidad. Se privilegia lo superficial, lo inmediato, lo emocionalmente digerible. La política se convierte en contenido, y el contenido en algoritmo. Bajo esta dinámica, la profundidad es castigada y la complejidad evitada. Pero esta es, precisamente, una era de disrupción. Y las sociedades en momentos disruptivos no se estabilizan con slogans, sino con discursos claros, incómodos y orientados a la realidad.

A esto se suma un fenómeno aún más corrosivo: la claudicación de parte de la élite mediática. Muchos medios y líderes de opinión, aun haciendo un trabajo técnicamente correcto, han cedido terreno frente a una industria de chantaje y extorsión que opera con eficacia en una sociedad hiperconectada. En ese vacío, la verdad deja de ser un estándar compartido y pasa a ser un producto disputado.

Una sociedad donde sus élites no nombran la realidad es una sociedad que comienza a perder el control sobre sí misma. Y en ese vacío, siempre emergen actores dispuestos a llenarlo, y no necesariamente para mejor.