Templanza

ElAvance | 29 marzo 2026

Carlos Pérez Tejada.

La sociedad dominicana es pintoresca, vibrante, llena de colores y, sobre todo, de energía. Una energía que, lamentablemente, muchas veces estamos canalizando de la manera incorrecta. Nos hemos ido convirtiendo en una sociedad donde la reacción inmediata, impulsiva y muchas veces violenta se ha vuelto la norma. Ante cualquier situación, por pequeña que sea, la respuesta parece ser la confrontación. Y entonces surge la pregunta de ¿hacia dónde debemos mirar para corregir este rumbo?

Hoy, la primera reacción de muchos dominicanos ante el conflicto no es la reflexión, sino el impulso. Actuamos cegados por emociones momentáneas, buscando soluciones rápidas, drásticas y, en muchos casos, irreversibles. Las consecuencias están a la vista. Desde los medios de comunicación, duele tener que informar sobre hechos que reflejan esta realidad; sobre discusiones por un parqueo que terminan en tragedia, accidentes de tránsito que escalan a violencia física, conflictos de pareja que desembocan en lo peor. A eso se suma la violencia cotidiana, esa que parece “normalizada”; el bocinazo innecesario, el grito en la calle, la intolerancia en una fila, la reacción desproporcionada ante un error mínimo.

Nos hemos acostumbrado a vivir en un estado de irritabilidad constante. Como si cada interacción fuera una batalla que hay que ganar. Como si ceder, entender o simplemente respirar antes de actuar fuera una señal de debilidad. Y no lo es. Todo lo contrario.

La templanza es una de las grandes virtudes del ser humano. No es una idea nueva ni moderna; es una de las bases de la filosofía clásica. Se trata de la capacidad de autocontrol, de moderación, de equilibrio frente a nuestros impulsos, deseos y emociones. No implica reprimir lo que sentimos, sino gestionarlo con inteligencia. Es entender que no todo merece una reacción, y que no toda emoción debe convertirse en acción.

Platón entendía la templanza como el estado en el que la razón gobierna sobre los deseos. Aristóteles la veía como la virtud que permite al ser humano disfrutar de los placeres de manera racional, sin caer en excesos propios de la irracionalidad. Los estoicos, por su parte, la elevaban a una herramienta de libertad: quien no controla sus emociones, es esclavo de ellas.

Y aquí es donde radica el punto más importante, la falta de templanza no solo afecta a quien actúa sin control, afecta a toda la sociedad.  En una República Dominicana en donde predomina la impulsividad somos una comunidad más insegura, más tensa, menos confiable. La violencia no siempre comienza con un gran acto; muchas veces empieza en lo pequeño, en lo cotidiano, en esos gestos que repetimos sin cuestionar.

Aplicar esa virtud de templanza requiere de un esfuerzo colectivo. De hecho, me ha sorprendido como cuando la aplicamos tomas a los demás desprevenidos. Cuando el agente de tránsito intenta ponerte una multa y no peleas o ruegas por un “chance”, él se sorprende  que todos empecemos a

La solución no está únicamente en más leyes, más controles o más sanciones. Está en una transformación cultural. En  desde el hogar, las escuelas y trabajos educarnos en el valor de la calma, del respeto y de la pausa. En entender que no todo se resuelve con fuerza y violencia, y que muchas veces el mayor acto de carácter es saber detenerse.

Ser amable no es ser débil. Es tener el control suficiente para no dejarse dominar por lo momentáneo. Es elegir la inteligencia sobre el impulso, la razón sobre la reacción. Es, en esencia, una forma de respeto: hacia uno mismo y hacia los demás.

Quizás como sociedad no podamos cambiar de la noche a la mañana. Pero sí podemos empezar por lo más cercano, por nuestras propias reacciones. Porque al final, el cambio colectivo siempre comienza en lo individual. Y si algo necesitamos hoy más que nunca, es aprender a dominarnos.