LOS CUEROS DE LA TÍA HERMINIA

ElAvance | 30 septiembre 2026


​Las pecadoras de ayer vs. las influencers de hoy


​La historia es ese periodo donde acontece un hecho que, posteriormente, se convierte en leyenda, referente o ejemplo para recordar, aprender y no repetir si nos marcó de forma negativa. Del mismo modo, también nos enseña el valor que van adquiriendo las cosas, acciones o personas que formaron parte de ella durante el proceso en que vuelven a nuestras vidas bajo el nombre de vivencias.


​No puedo olvidar «Los cueros de la tía Herminia», lugar que durante más de 40 años fue el símbolo de la vida nocturna en Santo Domingo. Sirvió de escuela para la iniciación en la vida sexual activa de los jovencitos de la época, pues eran sus propios padres, así como amigos de mayor edad o con experiencia en esos menesteres, quienes los encaminaban a la búsqueda de un encuentro íntimo con una de las maestras del cariño. En ese establecimiento, cada noche se comercializaba la experiencia sexual para que ellos lograran su debut.


​Un dato muy importante por señalar es que, como esas chicas brindaban sus servicios y hasta se convertían en amantes de los grandes militares y ejecutivos de la época, Salud Pública desarrollaba un operativo cada semana con el propósito de mantener a raya las infecciones de transmisión sexual y unos parásitos que se alojaban en el pubis de los clientes nocturnos: las ladillas. Estas eran detectadas por las autoridades sanitarias y puestas bajo control para mantener a esas mujeres con salud mientras ejercieran la venta de placer y de desahogo —lo que hoy denominamos estrés—.


​Recordar esta historia me remonta a la inocencia de mi niñez, al furor de la adolescencia y al gran reto de la juventud en medio de la pobreza en la que nací; partiendo del hecho de que esas trabajadoras nocturnas eran mal llamadas «mujeres de la vida alegre», cuando en realidad cada una cargaba una maleta emocional con una historia de lucha y precariedades donde lo último que podían experimentar era alegría al ejercer ese oficio, considerado el más antiguo de la humanidad.


​Los «cueros» de donde Herminia se convirtieron en nuestras maestras, pues en ocasiones, muy discretamente, nos hablaban de los peligros de esa vida que la mayoría de las veces no habían elegido por placer; estaban allí por múltiples razones que marcaban su cruz y su sufrimiento en ese calvario lleno de luces y sonidos estruendosos denominado cabaret.


​Los cueros nos daban trabajo. Algunas nos pagaban por lavar su ropa; otras, por cuidar de la limpieza del espacio donde vivían —denominado «la pieza» o la habitación de la pensión—; otras nos daban comida, y a mí me tocó directamente cuidar de los hijos de una de ellas.


​Ser «cuero» era una deshonra en esa época. Eran las malas, aunque muchos nos beneficiábamos de ellas. Pero aun así sobrevivían y, por existir, generaban grandes beneficios colaterales: las orquestas musicales, solistas y artistas internacionales se beneficiaban de esa gran carpa, presentando su música cada noche para quienes, de manera discreta o a veces clandestina, concurrían al lugar.


​Hoy pienso y no puedo dejar de comparar a las mujeres y hombres que ejercen el descaro y la degeneración usando un micrófono, pesados maquillajes en sus rostros y cuerpos operados; todo para ejercer el oficio más antiguo, esta vez con muchas luces, sonido y maldad como amplificador de la degeneración social que representan.


​A boca llena lo expreso, porque ahora todos podemos expresarnos sin reparo, ya que doña Zaida no podrá levantarse de la tumba a poner orden en este patio que en algún momento se hizo llamar país.
​Las plataformas de hoy vs. la casa de acogida de nuestra tía Herminia…

Alguien me preguntó cuál me parece que hizo o hace menos daño, y sin pestañear lo digo a boca llena: Herminia.