La ironía dominicana 

ElAvance | 30 septiembre 2026

Un pensamiento muy común del ser humano es su añoranza por el pasado, por ese pensamiento de que lo pasado fue mejor. Esto nos lleva a no apreciar los beneficios del presente, lo bueno que tenemos al frente, y a que nos quejemos de lo que sucede en el día a día como si fuese lo peor. Queremos vivir mejor y siempre debemos de apostar y trabajar para mejorar el presente, aunque sea mejor que el pasado. Pero como sociedad debemos de evitar caer en la trampa de hipocresía y el pesimismo, los datos demuestran que como país hemos crecido en un promedio de 5.8% annual, más del doble del 2.6% registrado por el resto de los países de Latinoamérica. Mientras que el Banco Mundial estima que más de 2.8 millones de dominicanos salieron de la pobreza durante las últimas dos décadas, y que hoy la clase media supera en tamaño a la población pobre. 

Otros indicadores demuestran dicho avance. En 2005 nuestro parque vehicular rondaba los 1.8 millones de coches; ya para 2025 superaba los 6.6 millones de unidades. En 2017 viajaron al exterior más de 522 mil dominicanos residentes; en 2025 el número incrementó a los 918 mil. Tenemos más viviendas, más consumo, más movilidad, mayos acceso a tecnología y somos una economía más grande. Esto no significa que debamos de conformarnos, debemos de seguir rompiendo las desigualdades, buscar la forma de incrementar los salarios y el poder adquisitivo, mejorar los servicios que recibimos. Pero no solo debemos de ver y analizar lo que nos falta, debemos de también reconocer y vender los avances que hemos logrado como Nación. 

El reto que tenemos es el de aprender a sostener dos ideas que pueden sonar contrarias: el de que estamos mejor que antes y que todavía podemos de estar mucho mejor. Reconocer lo primero no significa defender a ningún gobierno ni negar nuestros problemas; significa reconocer el esfuerzo acumulado de varias generaciones de dominicanos, empresarios, trabajadores y administraciones públicas que han contribuido a construir un país diferente. Y aceptar lo segundo nos obliga a continuar avanzando. Critiquemos lo que funciona mal, exijamos mejores servicios, mayores salarios y más oportunidades, pero hagámoslo sin caer en la cómoda narrativa de que aquí nada ha cambiado.