La falacia del balance

ElAvance | 22 septiembre 2026

Cristina Rodríguez

Durante años me enseñaron que una vida bien vivida es una vida en balance. Balance entre el trabajo y la casa. Entre el esfuerzo y el descanso. Entre lo personal y las metas que uno se propone alcanzar. Lo leí en libros, lo escuché en charlas y lo repetí en conversaciones. Y lo intenté, con agenda, con listas, con alarmas y con mucha buena voluntad.

Con la experiencia y el tiempo, pero sobre todo, con la maternidad, llegué a la conclusión de que el balance no existe. Por lo menos, no como nos lo pintaron.

Lo que existe es algo menos fotogénico y bastante más honesto: el sacrificio y la capacidad de priorizar, sabiendo que cada decisión que tomamos tiene un costo.

Todos tenemos múltiples facetas en las que debemos estar presentes. El trabajo, la familia, la pareja, las amistades, la salud, el crecimiento personal… Y, además, queremos mantener cada una de esas áreas siempre en el mismo nivel, sin que ninguna baje nunca. Vivimos como si tuviéramos que sostener todas las facetas de la vida al cien por ciento, todos los días.

El reto es que todas estas facetas compiten por las mismas veinticuatro horas. Cuando a una le damos más, otra naturalmente recibe menos. Hay semanas en las que un proyecto se come todas las horas disponibles. Y hay días en los que una fiebre en casa desordena todos los planes. Pretender que nuestras vidas se repartan en partes iguales no es una meta: es una fuente permanente de frustración.

Porque cuando la promesa es el equilibrio, cada día que no lo logramos se siente como un fracaso personal. Y ahí se instala la culpa. Culpa por no estar en la reunión. Culpa por no estar en la casa. Culpa por descansar, y culpa por no hacerlo.

Convertirme en madre, con todos los cambios que implica, me hizo chocar con la realidad de que el tiempo no es tan elástico y que en la vida no hay tanta holgura para hacerlo todo como pensaba. Las horas son las que son y cada una tiene dueño. Frente a la realidad de que ni mi tiempo, ni mi energía alcanzaban para todo, tuve que dejar de preguntarme cómo equilibrar y empezar a preguntarme qué elegir cada día. Y, con cada respuesta, también reconocer qué estaba dispuesta a dejar de lado.

En economía existe un concepto que me ha servido más que cualquier consejo de productividad: el costo de oportunidad. En palabras sencillas, es el valor de aquello a lo que renuncias cuando eliges otra cosa. Con el tiempo pasa exactamente lo mismo. Cada hora que le dedico a mi empresa es una hora en la que estoy ausente para mi hijo. Cada vez que digo que sí a algo, le estoy diciendo que no a otra cosa, aunque no lo pronuncie en voz alta.

No hay decisión gratis. Ninguna. 

Hace unos meses, en esta columna hablaba sobre cómo todo en la vida es cuestión de prioridades. Y en este mismo tenor, cuando nuestras prioridades están claras, el sacrificio se vuelve un acto deliberado: saber qué entregas y para qué lo entregas. Priorizar no es suficiente si no hay coherencia. Coherencia entre lo que decimos que es importante y la forma en que usamos nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra atención. 

Cuando decido no aceptar un proyecto porque coincide con una etapa en la que en casa me necesitan más, no le estoy fallando a mi carrera. Y cuando me toca una temporada intensa de trabajo, tampoco le estoy fallando a mi familia, siempre que esa decisión esté pensada, conversada y tenga un propósito claro.

Quizás, entonces, el equilibrio que tanto perseguimos no está en repartirnos en partes iguales, sino en entender que muchas de esas facetas son, sencillamente, etapas. Hay etapas para construir una empresa y etapas para criar. Etapas para estudiar, para arriesgar, y otras para descansar, para acompañar a otros. No todas llegan al mismo tiempo ni ocupan el mismo espacio, y ninguna dura para siempre. Lo que nos toca es reconocer en cuál estamos y querer estar presentes en ella.

Porque cada etapa tiene algo que enseñarnos, y solo lo aprendemos si la vivimos completa. Si nos permitimos estar ahí sin culpa y sin la sensación de que deberíamos estar en todas partes a la vez.

No se trata de tenerlo todo al mismo tiempo. Se trata de saber qué es lo más importante hoy, y darle a esta etapa todo lo que merece antes de pasar a la siguiente. Recordar que menos, es más. Menos equilibrios entre compromisos y facetas, más presencia, y sobretodo más compasión con nosotros mismos.