El portazo: cuando la prensa ve cerrarse la puerta en sus narices

ElAvance | 30 agosto 2026

Rolando Espinal.
En exclusiva para El AVANCE.

El periodista llega con su libreta, su grabadora y la pregunta que ha estado masticando desde el domingo. Sabe que tiene una oportunidad, una rendija en la muralla del poder para hacer lo que la ciudadanía no puede: mirar al presidente a los ojos y preguntar sin filtro. Camina hacia la entrada del Palacio Nacional, como ha hecho durante más de dos años, y se encuentra con que la puerta ya no se abre. No hay aviso previo, no hay explicación que consuele. Solo un comunicado y una decisión tomada en las alturas: la prensa ya no tiene acceso.

El lunes 24 de agosto de 2026, el presidente Luis Abinader estrenó “LA Agenda Semanal”. Suena a renovación. Suena a modernidad. Pero lo que se estrena, en realidad, es un portazo en las narices de quienes han ejercido el derecho a preguntar. El nuevo formato, según informó Alberto Caminero, director de Prensa del presidente, se realizará bajo un esquema de circuito cerrado, “similar a un conversatorio entre el mandatario y varios funcionarios”. Los periodistas podrán enviar sus preguntas por escrito los lunes en horas de la mañana a la Dirección de Prensa o a la Dirección General de Comunicación. También podrán formular preguntas durante la transmisión por streaming. Pero la dinámica es clara: las preguntas serán planteadas por el presidente Abinader durante el desarrollo del espacio. El presidente hará las preguntas. Él mismo. El entrevistador y el entrevistado son la misma persona. Y la prensa, que antes tenía un lugar en la sala, ha quedado fuera, mirando a través del vidrio sin poder tocar el vidrio.

Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo, hay que mirar el contexto, porque este portazo no cae en el vacío. Cae en un ecosistema legal y político que, en los últimos años, ha ido estrechando el cerco sobre la libertad de expresión en la República Dominicana. El Código Penal dominicano, en su configuración actual, contiene figuras que han sido utilizadas para amedrentar a periodistas y medios de comunicación. La tipificación de ciertos delitos contra el honor, la vaguedad de algunos artículos y la posibilidad de que funcionarios públicos inicien procesos judiciales contra quienes los critican han creado un entorno de autosilencio. No hace falta una censura previa explícita para que el periodista dude antes de publicar. Basta con saber que una pregunta incómoda puede traducirse en una demanda, en un proceso, en años de litigio que vacían los bolsillos y secan el alma. Y en ese contexto, la decisión de cerrar el acceso de la prensa a un espacio de diálogo directo con el presidente no es inocente. No es solo una decisión de comunicación. Es una decisión política que se inscribe en una tendencia más amplia: la de un poder que prefiere controlar el mensaje antes que enfrentar el escrutinio, que prefiere el silencio cómplice antes que el ruido incómodo de la pregunta que no se esperaba.

Para medir el desplazamiento, conviene recordar lo que se perdió, porque la memoria es el único antídoto contra la manipulación. “LA Semanal con la Prensa” nació en agosto de 2023 como un espacio de diálogo directo entre Abinader y los medios. El formato combinaba una presentación del presidente sobre un tema de gestión con una sesión abierta de preguntas de los periodistas. Los representantes de los medios podían plantear interrogantes sobre el tema principal de la jornada, así como sobre otros asuntos de interés nacional, coyunturas políticas, económicas y sociales. La última edición se realizó el 8 de diciembre de 2025. Abinader informó entonces que sería la última del año y que el espacio retomaría su dinámica habitual a comienzos de 2026. Pero nunca volvió. Se desvaneció como el humo, y en su lugar emergió esta criatura de circuito cerrado donde el presidente se pregunta a sí mismo y se responde a sí mismo, en un acto de narcisismo institucional que haría palidecer a cualquier monarca absoluto. Suena bien en el papel: transparencia, ejecutividad, seguimiento de indicadores. Pero no es lo mismo. Porque en el formato anterior había algo que hacía una diferencia fundamental: había periodistas presentes y existía la posibilidad de preguntar, insistir y repreguntar. Ahora ese componente desaparece, y la nueva fórmula convierte al Gobierno en productor, conductor y protagonista de su propio contenido, un universo cerrado donde el Ejecutivo decide qué tema abordar, qué funcionarios participan, qué cifras mostrar y, sobre todo, qué preguntas no tendrán que responderse jamás.

Hay una idea que parece haberse instalado en ciertos círculos del poder, una idea venenosa que justifica este portazo: que el periodista es un obstáculo, un ruido, un problema que hay que gestionar. Nada más lejos de la verdad. El periodista, en una democracia, no está para hacerle daño al Gobierno. Está para hacer las preguntas que el ciudadano común no puede hacerle directamente al presidente o a un ministro. ¿Dónde están los responsables cuando una obra se retrasa? ¿Por qué aumentó determinado gasto? ¿Qué ocurrió con una denuncia de corrupción que se desvaneció entre expedientes? ¿Dónde están los resultados prometidos en campaña y que aún no llegan a los barrios? Esas preguntas no siempre caben en un guion institucional, y precisamente por eso hacen falta periodistas. La comunicación gubernamental puede mostrar lo que el Gobierno quiere que veamos, y lo hace con una producción impecable, con gráficos brillantes y con funcionarios asintiendo. Pero el periodismo tiene la obligación de preguntar por lo que el Gobierno preferiría explicar menos o callar. Cuando esa posibilidad desaparece, no estamos ante un fortalecimiento de la comunicación. Estamos ante un debilitamiento de la democracia, un empobrecimiento del debate público que pagaremos todos, incluso aquellos que hoy aplauden desde la comodidad del conformismo.

El Gobierno ha defendido el nuevo formato como un esfuerzo por acercar la gestión pública a la gente. Se argumenta que “LA Agenda Semanal” permitirá a la ciudadanía ver al Gobierno en acción, conocer cómo se supervisan las políticas públicas, cómo se enfrentan los obstáculos y cómo se coordinan las soluciones desde la Presidencia. Pero hay una pregunta incómoda que el Gobierno no ha respondido y que seguirá flotando en el aire como una sentencia: si el objetivo es la transparencia, ¿por qué eliminar el único espacio donde la prensa podía preguntar sin filtros? La transparencia no se construye mostrando lo que el poder decide mostrar, como un catálogo de buenas intenciones. La transparencia se construye abriendo las puertas al escrutinio, aceptando las preguntas incómodas, tolerando la incomodidad del disentimiento. Un formato donde el presidente hace las preguntas y las responde no es transparencia. Es escenificación. Es un monólogo cuidadosamente coreografiado donde el riesgo ha sido eliminado del guion, donde la sorpresa no existe porque el libreto se escribe antes de que el telón se levante.

Y hay algo que debería preocuparnos más allá del formato en sí mismo, algo que nos hiela la sangre si miramos con atención. Es el precedente que sienta. Si un presidente puede, sin mayor explicación, eliminar el acceso de la prensa a un espacio que durante más de dos años fue un canal de diálogo directo, ¿qué impide que mañana se eliminen otros espacios? ¿Qué impide que se restrinja el acceso a ruedas de prensa, a comparecencias, a cualquier instancia donde el poder y la prensa se encuentren cara a cara? La historia de América Latina está llena de gobiernos que comenzaron con pequeños gestos de control de la comunicación, con ajustes aparentemente técnicos, y terminaron en el autoritarismo más descarnado. No estoy diciendo que ese sea el camino de la República Dominicana, no, porque conozco la fibra democrática de este país y conozco al presidente Abinader como un hombre razonable. Pero sí estoy diciendo que la pendiente es resbaladiza, y que un portazo hoy puede ser una muralla mañana, y que cuando la muralla está levantada, ya es demasiado tarde para preguntar por qué se construyó.

Y en medio de todo esto, está la frustración de la prensa. La de los periodistas que han dedicado años a construir relaciones profesionales, a entender los temas, a formular las preguntas que la ciudadanía necesita respuestas. Esa frustración no es caprichosa, no es un berrinche de gremio. Es la frustración de quien ve cerrarse una puerta que antes estaba abierta, de quien sabe que el acceso no es un privilegio sino un derecho de la ciudadanía, de quien entiende que cuando el poder deja de escuchar, el poder deja de ser democrático. No se trata de idealizar a la prensa ni de convertir a los periodistas en héroes. La prensa tiene sus limitaciones, sus sesgos, sus errores, sus intereses, lo sé. Pero en una democracia, la prensa es el mecanismo más efectivo que tenemos para que el poder rinda cuentas, y cuando ese mecanismo se debilita, no perdemos los periodistas, don Luis, perdemos todos, perdemos usted y perdemos nosotros.

Don Luis Abinader ha demostrado en múltiples ocasiones que sabe rectificar cuando se le señala un error. No son pocos los ejemplos en los que, ante la crítica fundada, ha dado marcha atrás y ha retomado el camino más democrático. Precisamente por eso, porque sabemos que es capaz de escuchar, esta decisión duele más, duele en el alma de quienes han creído en su proyecto de gobierno. El presidente tiene todo el derecho de comunicar las ejecutorias de su gobierno, y también tiene derecho a escoger los canales y las herramientas para hacerlo. Pero una cosa es comunicar y otra muy distinta es rendir cuentas. La rendición de cuentas implica exposición al escrutinio, implica preguntas que no están en el guion, implica la incomodidad de enfrentar lo que no se quiere escuchar. El Gobierno puede controlar el micrófono, puede controlar la cámara, puede controlar el horario. Lo que no debería intentar controlar nunca, bajo ninguna circunstancia, es la pregunta. Y esa es, precisamente, la pregunta que queda sobre la mesa, ardiente y sin respuesta: ¿estamos ante un relanzamiento estratégico de la comunicación o ante una retirada calculada del escrutinio periodístico?

La puerta del Palacio Nacional no debería cerrarse para la prensa, don Luis. No porque los periodistas merezcan un trato especial, sino porque la ciudadanía merece saber, merece preguntas, merece respuestas que no vengan empaquetadas en un libreto oficial. Merece que el poder, incluso cuando se va, incluso cuando ya no volverá, tenga la grandeza de escuchar, tenga la dignidad de mirar a los ojos a quien cuestiona. El periodista llega con su libreta, su grabadora y la pregunta que ha estado masticando desde el domingo, y sabe que tiene una oportunidad, una rendija en la muralla del poder. Cuando esa rendija se cierra, no se cierra para el periodista. Se cierra para todos, se cierra para la democracia, se cierra para el futuro que aún estamos a tiempo de construir. Abra esa puerta de nuevo, don Luis. No por nosotros, los periodistas. Ábrala por usted, por su legado, por los seis años de un gobierno aceptable que no merecen empañarse con este acto de sordera voluntaria. Los oídos están para escuchar, y las puertas están para abrirse.