No temas, no desmayes, porque Dios está contigo

ElAvance | 03 agosto 2026

Rolando Espinal.
En exclusiva para El Avance.

La tierra del solar frente al colegio era roja, de esa rojez ferruginosa que mancha los zapatos blancos y se incrusta en los poros como una segunda piel. Allí, donde hoy se alza la mole de cristal y acero del Bella Vista Mall, con sus boutiques de lujo y sus cafés de nombres extranjeros, nosotros levantábamos nuestros propios templos. No eran de piedra ni de mármol; eran de polvo y de sudor, de gritos y de silencios. Era el campo de batalla donde el balón de mano rebotaba contra la pared improvisada, donde la pelota de baloncesto buscaba el aro sin red, donde el béisbol encontraba su vuelo en los maderos que traíamos de la ferretería. Allí aprendí, antes que en ningún aula, que el miedo puede ser vencido no por una doctrina, sino por una presencia compartida. La tesis de este artículo, que sirve de bisagra entre la reflexión filosófica y la paradoja ante el espejo del temor, es la más sencilla y la más profunda: no temas, no desmayes, porque Dios está contigo. No es un eslogan, es un diagnóstico. Es la comprobación de que el temor existencial se disuelve cuando el horizonte de la fe se puebla de rostros concretos, de compañeros de fatigas que, sin saberlo, son la mano extendida del propio Dios. El libro de Josué lo consigna con una claridad que no admite réplica: "Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas" (Josué 1:9). Esa promesa, susurrada por el hermano Antonio en los atardeceres del solar, era el ancla que nos impedía derivar hacia el desaliento.

El sol del mediodía en el solar no daba tregua. Allí, bajo ese inclemente cielo caribeño, se forjaban las amistades más verdaderas. Recuerdo a Bolívar, un muchacho de huesos prominentes y mirada líquida, que siempre llegaba con la camisa remangada y el guante de béisbol colgando del hombro. Bolívar jugaba en los jardines, corría tras las pelotas con una velocidad que parecía desafiar su complexión endeble, pero lo que más me marcó no fue su destreza, sino su mansedumbre. Su madre padecía una enfermedad crónica que los había sumido en una pobreza que no ocultaba, pero que tampoco lamentaba. Un día, tras un partido en el que habíamos perdido por una carrera, lo vi retirarse a un rincón del solar, junto a la cerca de alambre que daba a la avenida. Creí que lloraba la derrota, pero cuando me acerqué, susurraba una oración. No pedía riquezas ni milagros; pedía fortaleza. "Hermano", me dijo, "el hermano Antonio nos repite que Dios está con nosotros, y yo lo creo, porque cuando estoy en este solar, corriendo detrás de la pelota, siento que no estoy solo. Siento que Él corre conmigo". Bolívar no era un místico ni un teólogo, era un muchacho que había convertido un juego de béisbol en un acto de esperanza. Y aquella esperanza, alimentada por la certeza de la presencia divina, lo hacía imbatible no en el marcador, sino en el alma. Hoy, Bolívar es sacerdote en una parroquia de la periferia, y cuando lo veo celebrar la misa con la misma concentración con que esperaba un fly ball, sé que aquel solar fue su primer seminario.

Harol era la antípoda. Alto, desgarbado y con una lengua afilada como un machete, se destacaba en el balón mano, un deporte de contacto y de reflejos que exigía tanto cálculo como violencia. Harol no creía en nada que no pudiera demostrar con un argumento. Era el terror de los hermanos en las clases de religión, porque sus preguntas no buscaban saber, sino desestabilizar. "¿Cómo sabemos que Dios está con nosotros?", nos espetó una tarde, mientras el balón de baloncesto rodaba por el polvo y el partido se detenía. "Si estuviera con nosotros, ¿por qué mi padre perdió el trabajo? ¿Por qué el techo de mi casa gotea cuando llueve?". Sus preguntas, que en otro contexto habrían sido herejías, en aquel solar se convertían en el material de construcción de nuestra fe. El hermano Antonio, que a veces se asomaba a la verja para observarnos, lo llamó un día y le dijo: "Harol, la duda no es el enemigo de la fe; es su crisol. No necesitas tener todas las respuestas para saber que no estás solo. Mira este solar: está lleno de piedras, pero también de tierra fértil. Lo que siembres aquí, aunque lo dudes, crecerá". Harol no se convirtió en un devoto; se convirtió en un filósofo. Y en sus libros, que he leído con la devoción con que él lee a Kant, la pregunta por la trascendencia es el leitmotiv que nunca abandona. La última vez que hablé con él, en una librería de la Zona Colonial, me confesó que el eco de las pelotas contra la pared del solar todavía resuena en su mente. "Ese eco", me dijo, "era el latido de una comunidad que no se rendía. Y aunque no pueda llamarlo Dios, sé que había algo allí que nos sostenía".

Luego estaba Eric Joel, el mejor estudiante de todos. En el álgebra era imparable, pero también era el primero en sudar cuando el profesor de francés anunciaba un examen. En tercero de bachillerato, el primer cuatrimestre fue un desastre: su nota rozaba el abismo, y el miedo a no recuperarse lo atenazaba como una garra. Recuerdo verlo en el solar, con el libro de gramática abierto sobre las rodillas, repitiendo conjugaciones mientras el balón rodaba a su lado sin que él lo mirara. "Hermano", me confesó una tarde, "no sé cómo voy a salir de esta. Mi francés es un naufragio". Pero Eric Joel era un hombre de fe, de esa que no se rinde ante el primer revés. Se propuso un plan: estudiaría tres horas diarias después de los entrenamientos, pediría ayuda a los hermanos que dominaban el idioma, y cada noche, antes de dormir, pondría su esfuerzo en manos de Dios. El segundo cuatrimestre llegó con la furia de un huracán, pero él ya había cambiado el pánico por disciplina y la desesperanza por oración. Cuando el profesor entregó las calificaciones finales, Eric Joel no solo había aprobado; había obtenido una A. No fue un milagro en el sentido espectacular, sino en el más profundo: la transformación de un temor paralizante en una victoria que todos celebramos como propia. Su hazaña no consistió en la nota, sino en la constancia de quien cree que el Dios que lo acompañaba en el solar también lo acompañaba en las declinaciones del verbo être. Eric Joel nos enseñó que el desmayo es una opción, no una condena, y que la presencia divina no se mide en trofeos, sino en la capacidad de levantarse cuando el polvo te cubre. Hoy vive en Las Terrenas, en Samaná, y el recuerdo de aquella remontada académica sigue siendo para él el símbolo de que, con fe, lo imposible se vuelve posible.

Y no puedo olvidar a Iris Jacheline. Ella no jugaba al balón mano, ni al baloncesto, ni al béisbol —aunque a veces se sentaba en las gradas improvisadas, hechas de bloques de cemento, y nos animaba con una voz que traspasaba el ruido de las jugadas. Iris Jacheline era la memoria de nuestra generación. Llevaba una libreta donde apuntaba las fechas de los cumpleaños, las intenciones de oración, las necesidades de cada uno. Cuando alguien enfermaba, ella organizaba la visita. Cuando alguien perdía un familiar, ella preparaba el rosario. Su fe no era ruidosa ni espectacular; era capilar, se filtraba en los pliegues más pequeños de la vida cotidiana. Una vez, en el solar, mientras el polvo se levantaba en remolinos y el partido de baloncesto se intensificaba, ella me dijo: "Rolando, el hermano Antonio dice que Dios está con nosotros, pero a veces yo no lo siento. Entonces pienso en cómo ustedes juegan. Ustedes no se rinden aunque el sol queme, aunque el marcador esté en contra. Esa es la imagen que me doy de Dios: alguien que no se rinde de nuestro lado". Sus palabras me calaron hondo. Iris Jacheline nos veía jugar, y en nuestra terquedad deportiva leía la terquedad amorosa de la divinidad. Aquella muchacha, que hoy dirige un comedor infantil en los barrios más pobres de la capital, encontró en el espectáculo de nuestros juegos la metáfora de una esperanza que no abandona.

El hermano Antonio, el fundador de ISAJUBA, era el eje que articulaba todas estas vidas. No era un hombre de gestos ampulosos; era de esos que hablan con la mirada y enseñan con el silencio. Su frase, "No temas, no desmayes porque Dios está contigo", no era una muletilla pastoral; era el resumen de su biografía. Él había visto el colegio nacer en un garaje, había dormido en el piso cuando no había camas, había mendigado libros y pupitres para nosotros. Pero nunca lo vi titubear. Una tarde, al final de una jornada extenuante, en la que el balón de béisbol había roto una ventana y el director del colegio vecino nos había amenazado con clausuras, el hermano Antonio nos reunió en el solar. El sol se ponía y la luz dorada convertía el polvo en partículas de fuego. Nos dijo: "Hijos, ustedes creen que este solar es solo un terreno baldío, pero es sagrado. Porque es el lugar donde ustedes aprenden que el miedo no tiene la última palabra. Puede que el presente sea duro, puede que el futuro sea incierto, pero el Dios que los acompañó hasta aquí no los va a dejar en el camino". Aquella noche, mientras caminaba a casa, entendí que el solar no era un espacio físico; era una categoría teológica. Era la prueba de que la presencia de Dios no se limita a los templos de piedra, sino que se encarna en el polvo de la cancha, en el sudor del esfuerzo, en la camaradería del juego compartido.

Este artículo, como he dicho, actúa como bisagra. Los anteriores se movían en el terreno de la abstracción filosófica y la paradoja intelectual; este se arraiga en la memoria corporal. Porque la tesis —no temas, no desmayes— no se verifica en los libros, sino en las prácticas cotidianas que nos constituyen. Bolívar, Harol, Eric Joel e Iris Jacheline, junto con el hermano Antonio y tantos otros, fueron los testigos de que el temor al fracaso, al dolor y a la muerte se desvanece cuando se experimenta la comunión. No es una comunión mística y etérea; es una comunión que se construye pasándose el balón, compartiendo el agua de una botella que va de mano en mano, alentando al compañero que acaba de fallar un tiro. Esa comunión es el signo visible de que Dios está con nosotros, no como un concepto, sino como un acontecimiento que ocurre cada vez que el amor se hace diálogo y la esperanza se hace juego.

El hoy Bella Vista Mall, con sus luces de neón y sus estacionamientos subterráneos, es un mausoleo de aquella infancia. Pero no lloro su desaparición, porque el solar no era el terreno, sino la vida que en él se desarrollaba. Esa vida se ha multiplicado en las vidas de Bolívar, Harol, Eric Joel e Iris Jacheline, y en la mía propia. Cada vez que el miedo pretende tomar el control, cada vez que la desesperanza asoma su rostro reptiliano, evoco el polvo rojo y las voces de aquellos compañeros. Evoco las palabras del hermano Antonio, que desde la gloria nos sigue diciendo: "No temas, no desmayes". Porque el Dios que nos reunió en aquel solar no nos ha soltado. Está con nosotros en el presente, que a veces duele, y en el futuro, que a veces aterra. Y esa presencia, como la del sol del Caribe, no se ve siempre, pero se siente. Quema y purifica. Ilumina y guía.

No hay argumento filosófico más sólido que una mano que te levanta después de una caída en la cancha de baloncesto. No hay demostración teológica más contundente que un amigo que te presta su guante de béisbol cuando has perdido el tuyo. No hay tratado ético más depurado que una muchacha que apunta en su libreta las intenciones de oración de toda la clase. Esa es la experiencia de la fe que el hermano Antonio nos inculcó: la de un Dios que no está en los altares inaccesibles, sino en el polvo de nuestras zapatillas, en el rebote de la pelota, en el grito de victoria y en el silencio de la derrota. El miedo se echa fuera, decíamos en el segundo artículo, por el temor reverente. Pero el temor reverente, como nos mostró el primero, se traduce en esperanza. Y la esperanza, como he querido mostrar en esta bisagra, se concreta en la comunidad. Sin comunidad, la esperanza es un sueño; sin el solar, la teología es un castillo de naipes.

El hermano Antonio, que dedicó su vida a fundar ISAJUBA sobre la roca de la confianza, nos dejó un legado que no está en los archivos, sino en la manera en que nos paramos frente al mundo. Hoy, cuando enfrento las tormentas del emprendimiento, las incertidumbres del futuro o las dudas del intelecto, vuelvo al solar. Veo a Bolívar corriendo tras la pelota, a Harol discutiendo con el árbitro, a Eric Joel repasando sus verbos franceses, a Iris Jacheline aplaudiendo desde las gradas. Veo al hermano Antonio, de pie junto a la verja, sonriendo con esa sonrisa que era una promesa. Y escucho la voz que los une a todos, la voz que trasciende el tiempo y el espacio: "No temas, no desmayes, porque yo estoy contigo". Esa voz es la que da sentido a todos los temores, la que convierte el sudor en bendición y el polvo en tierra prometida. Por eso, querido lector, si el miedo toca a tu puerta, no le abras. Sal a tu propio solar, encuentra a tus compañeros, y juega el juego con la certeza de que no estás solo. El Dios de la vida, el que estuvo en aquel terreno baldío que hoy es un centro comercial, sigue estando en cada rincón de tu existencia. Solo tienes que levantar la mirada, como hacía Eric Joel, y verás que el aro no está vacío, que la mano que guía el balón es más fuerte que tu cansancio. Ahí está la verdad que no necesita demostración: la presencia fiel del que nunca falla.