La violencia y las crisis no son la vuelta

ElAvance | 14 julio 2026

Como país hemos construido, durante décadas, uno de los activos más valiosos que cualquier nación aspira a tener, la estabilidad. Este gran logro ha sido un trabajo en conjunto entre instituciones y sectores productivos, en donde la República Dominicana ha logrado consolidar un clima de paz social, crecimiento económico y confianza que ha permitido  atraer inversiones, generar empleos y reducir los niveles de pobreza. En fin, este esfuerzo no ha sido producto del azar, sino del esfuerzo colectivo como sociedad, de nuestra capacidad de resolver diferencias dentro del marco democrático. Por eso preocupa que, cada vez más, la violencia y la falta de diálogo y respeto sean las vías para buscar notoriedad y solución de problemas.

Como sociedad debemos preguntarnos qué mensaje estamos enviando cuando normalizamos la agresión como respuesta a un desacuerdo. Los ejemplos los vemos a diario en las calles, en los hogares, en el tránsito o incluso en el debate público solo alimenta un ambiente de confrontación que termina debilitando nuestras instituciones y erosionando la confianza que tanto ha costado construir. Exigir derechos, reclamar mejores servicios o expresar inconformidad son pilares de una democracia sana. Lo que no puede aceptarse es que esas legítimas demandas deriven en agresiones, destrucción o actos que ponen en riesgo la convivencia y la imagen del país.

No podemos permitir que la polarización nos haga retroceder. La República Dominicana aún enfrenta grandes retos, pero también cuenta con fortalezas que debemos proteger. La estabilidad institucional, la paz social y la confianza de los inversionistas son conquistas que benefician directamente a todos los dominicanos. Defenderlas no significa renunciar a la crítica ni conformarse con lo alcanzado; significa entender que el desarrollo solo es posible cuando las diferencias se resuelven dentro del respeto y la legalidad. Podemos exigir más y mejor, pero nunca a costa de perder las formas ni de poner en peligro todo lo que, como nación, hemos logrado construir.