El nuevo petróleo ya no son los datos, es nuestro conocimiento

ElAvance | 13 julio 2026

Carlos Pérez Tejada.
Comunnicador.

Estamos viviendo un cambio de paradigma; por años se ha repetido la idea de que “los datos son el nuevo petróleo”, una frase que sirve para explicar el enorme valor económico que tienen los datos personales, hábitos y huella digital que dejamos en el espacio digital. Pero, esto ha cambiado con la llegada de herramientas de inteligencia artificial (IA), pues ya el valor no solo gira en trono a quién almacena los datos, sino sobre quién aprende de ellos y, más importante aún, quién aprende de la forma en que pensamos y tomamos decisiones.

Satya Nadella, presidente y director ejecutivo de Microsoft, reflexionó sobre este tema en su más reciente ensayo “The Reverse Information Paradox”. El argumento planteado por Nadella es sencillo, pero debe de hacernos sentir inquietos y preocupados; pues en esta era de la IA, los usuarios no solo pagan por utilizar las herramientas tecnología, sino que también entregan el activo más valioso: su conocimiento.

Esto se ejemplifica de la siguiente manera, cada conversación con una herramienta como ChatGPT, Grok, Claude o Gemini, cada documento que le entregamos para analizar, cada proceso que le pedimos que automatice y cada corrección que realiza se alimenta de un ecosistema de aprendizaje continuo. La IA no solo responde preguntas; sino que, aprende patrones, identifica metodologías, comprende procesos de negocio, y con toda esta información puede llegar a conocer el funcionamiento interno de una empresa o de una persona, incluso mejor que muchos de sus mismos integrantes.

Ya el riesgo no reside únicamente en que una plataforma almacene un archivo o datos, sino que ya pueden comprender cómo opera una organización, cuáles son sus criterios para la toma de decisiones, sus fortalezas, sus debilidades y hasta la cultura de trabajo. Este conocimiento, construido mediante la interacción contínua, termina convirtiéndose en un activo de enorme valor económico.

A esta nueva realidad, Nadella le ha llamado como el “Reverse Information Paradox”. Tradicionalmente, la economía de la información establecía que quien vendía el conocimiento asumía el mayor riesgo. Ahora, con esta nueva paradoja, sucede lo contrario. Es el usuario quien, para obtener mejores resultados, mejores respuestas de la IA, debe de revelar cada vez más información, más contexto y más conocimiento especializado. Mientras más útil queramos que sea la herramienta, mayor es la cantidad de propiedad intelectual que debemos de entregarle.

El elemento preocupante es que este planteamineto trasciende el ámbito empresarial que plantea Nadella, pues también impacta directamente al ciudadano de a pie. Millones de personas utilizan diariamente las herramientas de IA para redactar documentos, analizar data, planificar inversiones, recibir orientación o incluso la toma de decisiones personales. En cada una de esas interacciones entre el humano y la IA, no solo se deja una estela de huellas digitales, sino que estamos compartiendo nuestra forma de razonar.

Mientras todavía todos los actores siguen aprendiendo y expandiendo los límites de la IA, la regulació ya no debe de limitarse únicamenta a normas sobre la privacidad de los datos. Ahora la conversación debe de girar en torno a la definición de quién es el propietario del conocimiento generado durante la interacción con estos sistemas, qué derechos tienen los usuarios sobre esa información y cuáles son los límites que deben respetar las empresas tecnológicas respecto al aprendizaje derivado de las conversaciones entre usuarios y la IA.

La mayoría de países en vías de desarrollo como la República Dominicana, miramos desde la periferia como las potencias avanzan en las conversaciones de marcos regulatorios. Y es alrededor de esto en donde debemos de tener la conversación. Sin una legislación moderna, los ciudadnaos, las empresas y el gobierno mismo corren el riesgo de entregar enormes cantidades de conocimiento estratégico sin contar con mecanismos claro de protección, supervisión o transparencia.

El reto es no crear barreras legales que frenen la innovación; la IA por si misma representa una oportunidad extraordinaria para la optimización de la productividad, fortalecimientos de servicios públicos, impulsar educación, modernizar las empresas e incrementar la competitivdad del país. Pero todo esto debe de hacerse sobre una base de reglas claras.

Actualmente el modelo económico favorece principalmente a las grandes empresas tecnológicas. Los usuarios pagan por las herramientas, generan el contenido que las alimenta y, además, contribuyen con el conocimiento que permite hacerlas cada vez más inteligentes. Es decir, este es un modelo donde el valor se concentra en quienes desarrollan la tecnología, mientras quienes utilizan entregan información de enorme valor estratégica.

La inteligencia artificial será una de las herramientas más transformadoras de nuestra generación. Pero precisamente por esa razón debe construirse sobre un nuevo contrato de confianza entre usuarios, empresas y Estados. Si no somos capaces de establecer reglas que protejan el conocimiento de las personas y de las organizaciones, corremos el riesgo de descubrir demasiado tarde que el recurso más valioso del siglo XXI nunca fueron los datos, sino la inteligencia humana que, voluntariamente, enseñamos a las máquinas.