Idealizando la maternidad: el estigma social que castiga sin piedad

ElAvance | 31 mayo 2026

Patricia Dipre.
Comunicadora.

A propósito del Día de las Madres, he pensado mucho en cómo socialmente hablamos de la maternidad y, sobre todo, en cómo tradicionalmente ha sido idealizada, en una sociedad acostumbrada a incluir la maternidad como asignatura obligatoria en la carrera de la vida .

De manera muy particular, mi proceso de embarazo y de maternidad ha sido llevadero, noble y profundamente bonito desde muchos puntos de vista, privilegiada con una red de apoyo que aligera la carga de forma extraordinaria, y precisamente desde esa experiencia tan positiva, he podido detenerme a mirar con más sensibilidad una realidad de la que poco se habla: las presiones sociales en torno a la llegada de los hijos.

Existe una especie de conversación automática, casi cultural, que pareciera dar por hecho que todas las parejas deben transitar inevitablemente hacia la maternidad o la paternidad, y castiga sin piedad el hecho de que en una relación la palabra “hijos” no forme parte de la ecuación. Y mientras más se acercan —o pasan— de los famosos “tas”, más insistentes se vuelven las preguntas:

“¿Y los hijos para cuándo?”; “¿Se les está yendo el tren?”; “Encarguen temprano.”¡Serán aspirantes a abuelos ! 

Comentarios que muchas veces, y me atrevo a asegurar que en la mayoría de los casos  se hacen desde la inocencia y el sentido natural de bonomía que nos distingue como dominicanos, pero que deja de lado las motivaciones reales que impiden a muchas parejas el deseo de concebir . 

Porque no siempre la ausencia de hijos responde a una decisión simple o superficial. En el mejor de los casos, hay personas para quienes la maternidad o la paternidad no forman parte de sus prioridades presentes —o futuras—, y eso también merece respeto, bueno y válido. 

Pero en el otro extremo existen historias profundamente dolorosas: pérdidas gestacionales, años de intentos fallidos, tratamientos médicos agotadores, ilusiones rotas, desgaste emocional, y una batalla económica silenciosa que solo quien la vive puede comprender realmente.

En República Dominicana, aunque lastimosamente no existen estadísticas oficiales completas sobre infertilidad o reproducción asistida, especialistas estiman que alrededor de 1,800 procedimientos de alta complejidad se realizan cada año en clínicas de fertilidad del país. Técnicas como la fertilización in vitro (FIV), la inseminación artificial y la ovodonación (donación de ovulos; o preservación) forman parte de una realidad cada vez más común. 

Según datos de la  Sociedad Dominicana de Reproducción Humana (SODOMRHU), las tasas de embarazo mediante estos tratamientos rondan entre un 35 % y un 40 %.

A esto se suma una realidad que muchas veces tampoco se aborda con suficiente entereza: la maternidad en solitario.

Cada vez más mujeres deciden asumir la maternidad sin pareja, ya sea por elección o por circunstancias de la vida. Algunas recurren a procesos de reproducción asistida; otras enfrentan la crianza desde la resiliencia, el sacrificio y la virtud natural que tenemos las mujeres de maternar. Y aunque socialmente todavía existen prejuicios alrededor de estos modelos familiares, las cifras muestran que la estructura de la maternidad ha cambiado en el tiempo.

De acuerdo con datos recientes de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), el 85.6 % de los nacimientos registrados en República Dominicana durante 2025 correspondieron a madres solteras. 

Detrás de ese número existen múltiples historias: mujeres que decidieron maternar solas; otras que tuvieron que hacerlo sin el apoyo esperado; mujeres que sostienen hogares enteros mientras enfrentan jornadas dobles de trabajo, crianza y presión social.

Y entonces me pregunto:

¿Tenemos derecho a cuestionar procesos que no conocemos?

¿Sabemos cuánto puede doler una pregunta aparentemente “normal”?

¿Entendemos el peso emocional que puede cargar quien libra la desgastadora batalla de la concepción?

Hoy veo el tema desde una mirada mucho más empática. Y quizás esa ha sido una de las enseñanzas más humanas que me ha dejado mi camino como madre: entender que no todas las mujeres viven la maternidad desde el mismo lugar, ni bajo las mismas circunstancias.

Hay quienes esperan durante años una prueba positiva.

Hay quienes deben despedirse de sueños que no pudieron concretarse.

Hay quienes atraviesan tratamientos médicos invasivos y emocionalmente agotadores.

Y hay quienes, aun sintiendo miedo, deciden enfrentar la maternidad completamente solas.

Por eso me permito hacer un llamado que pudiera parecer sencillo, pero necesario: antes de preguntar por los planes de otros, antes de emitir opiniones sobre cuándo alguien “debería” tener hijos, detengámonos un momento a pensar qué podría existir detrás de esa historia.

Porque, hace mucho adopté como propia  una frase lapidaria:

“Si lo que vas a decir no es más sabio que el silencio, las palabras terminan sobrando.”

En tanto, a quienes hemos asumido con determinación con múltiples circunstancias el rol de ser madres, merecen una ovación de pies. 

Patricia Dipre