El mundo al revés

ElAvance | 19 mayo 2026

Arelis García López

Terapeuta Familiar y Educadora

Hay personas que tuvieron el privilegio de crecer en una época donde el valor de un ser humano no dependía de lo que tenía, sino de lo que era. Y cada día agradezco a Dios haber nacido entre las décadas de los 60 y 70, porque pertenecí a una generación que vivió cosas que hoy parecen piezas de museo: el respeto, la solidaridad, la convivencia y el sentido profundo de familia.

Crecimos en un país donde los vecinos ayudaban a criar, donde los maestros corregían con autoridad moral y donde la comunidad completa se sentía responsable de la formación de los niños. Los matrimonios nacían del amor y no de la conveniencia económica o de la necesidad de aparentar felicidad para las redes sociales. La pobreza existía, claro que sí, pero no había tanta miseria emocional.

Recuerdo aquellos tiempos con una mezcla de nostalgia y dolor. El tío trabajador que llegaba al barrio una vez por semana y convertía un paseo al río o a la playa en el acontecimiento más importante para todos los primos, hermanos y amigos. Recuerdo el televisor como un punto de encuentro familiar, no como un instrumento de aislamiento. Toda la familia veía junta los programas nacionales y luego el noticiero. Había diálogo, discusión, consenso y cercanía. Sin saberlo, éramos libres y felices.

“Qué buenos tiempos aquellos”

Hoy vivimos en una sociedad donde todo parece haberse invertido. El mundo está al revés. Lo vulgar se celebra, la ignorancia hace ruido, la agresividad se normaliza y la pérdida de valores se disfraza de modernidad. Lo malo dejó de ser malo para convertirse en “relativo”, mientras lo correcto parece motivo de burla o debilidad.

La República Dominicana atraviesa una crisis mucho más profunda que la económica. Estamos viviendo una fractura moral y emocional. Hemos construido una sociedad donde muchas personas sienten que valen por la marca que exhiben, el vehículo que manejan o la cantidad de dinero que aparentan tener. El problema es que cuando el éxito se mide solo por lo material, inevitablemente se desprecia la humildad, la sencillez y la vida honesta.

Y ahí nace una de las tragedias silenciosas de estos tiempos: personas buenas sintiéndose fracasadas simplemente porque no encajan en los nuevos modelos del “progreso”.

Hoy, tener una personalidad austera, humilde y transparente parece un defecto social. Quien no vive aparentando es considerado atrasado. Quien no exhibe riquezas es tratado como irrelevante. Quien decide vivir desde los valores y no desde la competencia enfermiza del consumo, termina siendo visto como alguien frustrado.

Como terapeuta familiar y educadora, me duele profundamente observar cómo las nuevas generaciones están creciendo en medio de una confusión peligrosa. Muchos jóvenes ya no quieren construir una vida; quieren construir una imagen. Ya no buscan admirar a personas íntegras, sino a personajes virales. La cultura del esfuerzo perdió terreno frente a la cultura de la inmediatez.

Y mientras tanto, un país emocionalmente desprotegido escucha a falsos líderes y a comunicadores improvisados que hablan mucho, pero forman poco. Vivimos rodeados de analfabetos letrados: personas con títulos, micrófonos y plataformas, pero sin profundidad humana, sin criterio social y sin conciencia del daño que provocan.

Lo más preocupante es que estamos perdiendo la capacidad de indignarnos. Nos estamos acostumbrando al deterioro moral como si fuera parte natural de la evolución social. Y no, no lo es.

Una sociedad que pierde el respeto por la familia, por la educación, por el trabajo digno y por la sensibilidad humana, termina creando generaciones vacías, emocionalmente rotas y espiritualmente confundidas.

Todavía estamos a tiempo de reaccionar

Todavía existen hombres y mujeres que creen en la honestidad, en el amor genuino, en la crianza responsable y en los valores que sostienen una nación. Todavía hay familias que luchan por no dejarse arrastrar por esta corriente superficial que todo lo convierte en espectáculo.

No podemos permitir que la decencia desaparezca mientras la vulgaridad se convierte en referencia nacional.

Porque cuando una sociedad comienza a admirar más la apariencia que la esencia, termina perdiéndose a sí misma.