Cuando amar se convierte en peligro letal

ElAvance | 15 mayo 2026

Reflexiones sobre la violencia, la salud emocional y el valor de la vida

Por Arelis García López

Terapeuta Familiar y Educadora

Durante mis años de formación universitaria en el área de la salud mental cursé diversas asignaturas que marcaron profundamente mi manera de comprender el comportamiento humano.

Entre ellas, recuerdo especialmente la estadística, una materia que me permitía analizar cómo los números revelan realidades sociales que muchas veces preferimos ignorar. Detrás de cada cifra existe una historia, una familia rota, una vida marcada por el dolor y, en ocasiones, una tragedia que pudo evitarse.

Hoy traigo esa reflexión a propósito de una realidad alarmante que continúa estremeciendo a la República Dominicana: el incremento sostenido de la violencia de género y los feminicidios.

Las estadísticas reflejan una verdad inquietante. Cada vez son más los casos en los que un hombre decide arrebatarle la vida a su pareja o expareja, impulsado por el deseo enfermizo de control, la incapacidad de aceptar una ruptura o la necesidad de imponer dominio sobre la vida de otra persona.

Lo más doloroso es comprender que muchas de estas tragedias estuvieron precedidas por señales evidentes de violencia emocional, manipulación, amenazas y conductas posesivas que, lamentablemente, fueron minimizadas o normalizadas.

A pesar de los esfuerzos realizados por las instituciones responsables de proteger la integridad física y emocional de las mujeres, los resultados continúan siendo insuficientes frente a una problemática que crece de manera preocupante. Las denuncias aumentan, las medidas de protección muchas veces no logran prevenir los desenlaces fatales y el miedo sigue formando parte de la vida cotidiana de miles de mujeres.

Detrás de cada denuncia existe una mujer intentando sobrevivir. Muchas abandonan sus empleos, se alejan de sus amistades, cambian de residencia y limitan su vida social con la esperanza de escapar de quien se ha convertido en su agresor.

Sin embargo, en numerosos casos, ni siquiera desaparecer de los lugares habituales resulta suficiente para detener a quien confunde el amor con posesión y el apego con dominio absoluto.

Esa es precisamente una de las reflexiones más dolorosas de nuestro tiempo: hay personas que no aman para compartir la vida, sino para apropiarse de ella. Y cuando sienten que pierden el control sobre la otra persona, reaccionan desde la violencia, la obsesión y, en ocasiones, desde una peligrosa decisión de destrucción total.

Por eso resulta urgente hablar más sobre salud emocional, vínculos afectivos y señales de alerta dentro de las relaciones de pareja. Muchas mujeres desconocen cómo inicia realmente el ciclo de la violencia.

Creen que el maltrato comienza con los golpes, cuando en realidad suele empezar mucho antes: en el control disfrazado de protección, en los celos excesivos interpretados como amor, en la necesidad de vigilar constantemente, en el aislamiento emocional y en la anulación progresiva de la libertad individual.

Como terapeuta familiar, considero necesario insistir en algo fundamental: antes de construir un proyecto de vida con una persona, es indispensable observar cómo maneja la frustración, cómo responde cuando las cosas no salen a su favor y de qué manera trata a quienes le rodean, especialmente a las figuras femeninas de su entorno.

No basta con admirar la apariencia física, el nivel económico o la capacidad de conquista. Lo verdaderamente importante es identificar la estabilidad emocional, el respeto por los límites y la capacidad de convivir sin necesidad de controlar, humillar o imponer autoridad desde el miedo.

Una relación sana no exige renunciar a la dignidad, a la tranquilidad ni a la libertad personal. El amor no debería generar temor constante, ansiedad ni sensación de vigilancia permanente. Cuando una relación obliga a vivir bajo tensión emocional, deja de ser un espacio seguro para convertirse en una amenaza silenciosa.

Me gustaría pensar que las instituciones encargadas de prevenir la violencia intrafamiliar puedan fortalecer aún más el trabajo preventivo y educativo. No basta con intervenir cuando ya existe una denuncia; también es necesario educar a la población para reconocer a tiempo las conductas de riesgo y promover relaciones basadas en el respeto mutuo, la inteligencia emocional y la convivencia saludable.

La violencia de género no es únicamente un problema legal o social; también es una profunda crisis emocional y cultural que exige atención urgente desde la familia, la educación y la salud mental.

Hoy más que nunca necesitamos enseñar a amar sin posesión, a establecer límites sin violencia y a comprender que ninguna persona tiene derecho a decidir sobre la vida de otra.

Porque el valor de la vida no puede quedar atrapado en manos de quien jamás aprendió a amar de manera sana.