Vete Allá a Vivirlo…

ElAvance | 07 enero 2026

Gabriel López,
Cristiano, comunicador, atleta y docente
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No soy politólogo, ni licenciado en derecho. No soy perito en Negocios Internacionales ni fan de la diplomacia. No soy funcionario ni hijo de funcionario; no soy una botella que debo lealtad a algún color o curul. Pero soy un ciudadano que ha vivido las transiciones políticas, sociales y económicas más importantes de la humanidad: desde los albores de la Internet, la Play Station, 9/11, el primer presidente norteamericano de color, la quinta ola feminista, COVID-19 y otros cataclismos más; Y eso me da la perspectiva que me permite asegurar que República Dominicana está congelada en el tiempo.

Venezuela acaba de sufrir el evento más importante en su historia como nación en los últimos 25 años, y nuestro país no solo observó expectante siendo el refugio y segundo hogar de más de 125,000 venezolanos desde el inicio del régimen de Nicolás Maduro; sino que fue un agente activo en la narrativa, apoyando los esfuerzos estadounidenses de logística y planificación militar. Las redes sociales fueron eco de múltiples emociones, reacciones y comentarios tanto de locales como extranjeros; fundiendo teorías en realidades y mostrando al mundo el corazón de los venezolanos, extasiados de libertad al recibir las notificaciones en la madrugada del sábado.

Por supuesto no se podía quedar sin exponer la capacidad del dominicano de opinar de cualquier tema sin tener la más mínima idea del contexto en el que sucede, con tal de expresar su “conocimiento”, “convicciones” y quizás, llenar esos silencios incómodos con opiniones llenas de conjeturas pero carentes de profundidad. Instagram, TikTok y X se llenaron de comentarios, opiniones, memes y expresiones tanto de apoyo y regocijo, como de cautela e incluso de desagrado. Este desagrado expresado proviene de la comunidad progresista en nuestro país, la cuál (sea en ingenuidad o pura lascivia política) se presta en defender no solo el estado de derecho internacional; condenando la magistral intervención militar realizada por los Estados Unidos, sino incluso al mismo régimen de Nicolás Maduro sobre Venezuela.

Ambos grupos son un reflejo de ese congelamiento en el tiempo al que me refiero; una filosofía romántica que ha permeado en la psique del dominicano: Desde el Ajusticiamiento del 30 de Mayo hasta nuestros días, la dominicanidad venera la lucha de la clase popular, el grito del pueblo, la denuncia al “terror yanki” y la fe inquebrantable y casi ciega en ese panamericanismo social-demócrata utópico, soportado por las espaldas del fantasma de Bolívar y las leyendas negras y aborígenes.

No nos dimos cuenta que la dinámica geo-política cambió hace años. No nos dimos cuenta que la globalización de la información le abrió los ojos a ambos extremos del espectro socio-político y ha expuesto tanto lo brillante como lo ignorante. No nos dimos cuenta que los movimientos de antaño han sido desplazados por opciones más viables al beneficio individual del ciudadano, cuando la población despierta a la realidad de la decadencia moral, la cuál hace casi imposible la convivencia social y comunitaria. No nos dimos cuenta que la escala de poder cambió, pero en las direcciones que no esperábamos. No nos dimos cuenta que los sistemas políticos característicos de Latinoamérica han fallado en base a las mismas políticas progresistas que se han vendido sobre la premisa de la “libertad” del mismo imperialismo que les ofrece a estas personas los iPhones que utilizan para postear “Free Maduro”. No nos dimos cuenta que empezamos a vivir en una moral selectiva, que nos permite opinar sobre los “fracasos” del capitalismo, aún sin tener la más mínima experiencia de vivir en un país comunista, con sus represiones y abusos.

Las protestas en apoyo al ex-sátrapa sudamericano no se hicieron esperar en nuestra ciudad, siendo enfrentadas por una clara demostración de sentido común de parte de aquellos que si experimentaron en carne propia las vivencias inherentes del régimen: “vayan a vivirlo”. Y creo prudente e inteligente continuar expandiendo esta simple idea:

Si eres uno de los románticos de antaño que aún visten el kepis verde olivo, y te cuelgas al cuello las medallas del ayer: “vete allá a vivirlo”.

Si eres una acólita de las enseñanzas de esta nueva era, donde la igualdad es tu constitución y la inclusión es la ley: “vete allá a vivirlo”.

Si sientes indignación por el involucramiento de Trump, apelando a su carácter radical y tu furia hacia “la policía del mundo”: “vete allá a vivirlo”.

Si eres una repetidora de tendencias creadas por jovencitos y jovencitas en TikTok que (como dicen en Estados Unidos) “don’t know better” sobre sus propias vidas: “vete allá a vivirlo”.

Pongámosle pausa a lo que sea que pensemos que sea nuestra verdadera posición política, y démosle apertura al diálogo, al debate y al auto-cuestionamiento. Estoy seguro que nos daremos cuenta que nos falta mucho para sacar a la luz nuestra verdadera posición. Así le daremos tiempo a la historia que se develará en los siguientes días, y seremos mucho más “maduros” en experimentar el mundo y ganar perspectiva.