Un año marcado por la devastación: terremotos y otros siniestros golpean distintas regiones del mundo durante 2026

Lorian Cuevas | 23 septiembre 2026

Por Lorian Cuevas

El 2026 quedará marcado por una cadena de desastres naturales, pero entre ellos destacó la tragedia ocurrida en Venezuela el 24 de junio, cuando dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudieron el país y dejaron miles de víctimas

Terremotos, inundaciones, deslizamientos, ciclones e incendios han dejado a su paso muerte, destrucción y miles de personas afectadas en distintas partes del mundo. El año vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de fortalecer la prevención y la respuesta ante las emergencias.

El 2026 ha sido un año marcado por la fuerza de la naturaleza. Desde Asia hasta América Latina, diferentes regiones del planeta han enfrentado terremotos de gran magnitud y otros fenómenos capaces de transformar comunidades enteras en cuestión de minutos.

Entre las tragedias más graves destacó la ocurrida en Venezuela el 24 de junio, cuando dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 provocaron miles de víctimas y graves daños materiales, especialmente en la región de La Guaira.

Estos acontecimientos también han demostrado que la magnitud de un desastre no depende únicamente de la intensidad del fenómeno.

La profundidad de un terremoto, la ubicación del epicentro, las condiciones de las comunidades y el nivel de preparación de cada país pueden determinar el alcance de una tragedia.

A lo largo del año, algunos territorios lograron limitar las consecuencias gracias a sus sistemas de alerta y preparación, mientras otros, como Venezuela, enfrentaron pérdidas humanas y materiales de gran escala.

Terremotos que sacudieron al mundo y revelaron la fuerza impredecible de la naturaleza

 El 22 de febrero, un terremoto de magnitud 7,0 sacudió la región de Borneo, cerca de Kota Belud, Malasia. El movimiento ocurrió a unos 629 kilómetros de profundidad, una característica que contribuyó a reducir sus efectos en la superficie.

 No se registraron víctimas mortales ni daños materiales importantes. En el Pacífico Sur, las islas Tonga también fueron golpeadas por un sismo de magnitud 7,5, mientras Vanuatu registró otro de magnitud 7,3 cerca de Luganville. En ambos casos, la profundidad de los movimientos ayudó a limitar sus consecuencias.

Indonesia y Japón también estuvieron entre los países afectados por fuertes movimientos sísmicos. En el mar de las Molucas, cerca de Bitung, Indonesia, se registró un terremoto de magnitud 7,4 a unos 35 kilómetros de profundidad. Japón, uno de los territorios con mayor actividad sísmica del planeta, sufrió un sismo de magnitud 7,4 frente a la costa oriental de Honshu, cerca de Miyako.

La experiencia de Japón en materia de prevención y sus sistemas de monitoreo y alerta son considerados elementos fundamentales para reducir el impacto de estos fenómenos.

Filipinas vivió uno de los terremotos más fuertes del año.

Un movimiento de magnitud 7,8 golpeó el sur del país, cerca de Kablalan, en Mindanao, a unos 57 kilómetros de profundidad. Las autoridades desplegaron equipos de emergencia para atender las zonas afectadas. Los primeros balances registraron más de 45 fallecidos, pero las evaluaciones posteriores elevaron la cifra hasta 107 víctimas mortales.

La tragedia de mayor impacto humano entre los terremotos descritos ocurrió en Venezuela el 24 de junio. Dos fuertes movimientos, de magnitudes 7,2 y 7,5, golpearon zonas cercanas a Yumare y San Felipe y afectaron especialmente a la región de La Guaira, al norte de Caracas.

 El Gobierno interino confirmó posteriormente 3.342 personas fallecidas, más de 16.700 heridas y miles de desaparecidos. Naciones Unidas estimó los daños directos en aproximadamente 6.700 millones de dólares.

Tras la emergencia venezolana, las labores de rescate dieron paso progresivamente a la recuperación de cuerpos y la asistencia a los damnificados. En la operación participaron 77 equipos de rescate provenientes de 31 países. La magnitud de la tragedia llevó además a las autoridades a anunciar la creación de una unidad militar especializada en la atención de desastres naturales, con el propósito de fortalecer la capacidad de respuesta ante futuras emergencias.

México también fue escenario de un fuerte movimiento sísmico. El 17 de julio, un terremoto de magnitud 7,3 ocurrió frente a la costa de Chiapas, cerca de Puerto Madero, a una profundidad aproximada de 19 kilómetros. El sismo fue seguido por varias réplicas, entre ellas una de magnitud 6,4.

 Debido a su ubicación frente al océano Pacífico, las autoridades mantuvieron vigilancia ante la posibilidad de que se produjeran efectos relacionados con un tsunami.

El 10 de agosto, Colombia sufrió otro de los terremotos de mayor impacto del año. Un sismo de magnitud 7,4 golpeó el occidente del país, cerca de San José del Palmar, y provocó daños en edificios, hospitales e infraestructura. El balance oficial registró al menos 181 muertos y más de 2.500 heridos, mientras otras fuentes contabilizaron una cifra superior de fallecidos.

Más de medio centenar de edificios fueron reportados como colapsados mientras continuaba la evaluación de los daños.

Indonesia volvió a estar en el centro de la actividad sísmica el 14 de agosto, cuando un terremoto de magnitud 7,7 ocurrió al norte de Ende, en la isla de Flores. El movimiento tuvo una profundidad aproximada de 25 kilómetros y alcanzó una intensidad máxima de VIII en la escala de Mercalli Modificada. Más de 50 personas murieron y decenas resultaron heridas y fueron trasladadas a centros médicos locales.

En Perú, el 20 de agosto, un fuerte sismo sacudió la zona de Ayacucho, en el sur del país. El Instituto Geofísico del Perú reportó una magnitud de 7,2, mientras que el Servicio Geológico de Estados Unidos lo registró como 6,7.

 El movimiento tuvo una profundidad aproximada de 108 kilómetros y fue sentido en varias regiones, incluida Lima. Aunque inicialmente no se reportaron grandes daños ni víctimas mortales, posteriormente se informó de personas heridas y daños en viviendas e infraestructura.

Otros siniestros que marcaron al mundo

El 2026 también ha estado marcado por desastres distintos a los terremotos. En agosto, fuertes lluvias y el colapso de una zona glaciar provocaron deslizamientos e inundaciones en Nepal y el Tíbet.

 Las aguas y los movimientos de tierra destruyeron viviendas, carreteras y puentes, obligaron a miles de personas a abandonar sus hogares y dejaron numerosas víctimas y desaparecidos tras el colapso de una parte de un glaciar en el Himalaya desencadenó una avalancha de hielo, rocas y lodo que provocó una inundación repentina.

La corriente arrasó pueblos enteros, viviendas, carreteras, puentes y centrales hidroeléctricas. Las autoridades nepalesas reportan hasta finales de agosto más de 1.200 personas fallecidas y miles de desaparecidos, mientras continúan las labores de búsqueda y rescate.

La magnitud de la tragedia ha puesto nuevamente en evidencia la vulnerabilidad de las comunidades de montaña frente al deshielo y los fenómenos extremos.

Las inundaciones también golpearon con fuerza al sur de África durante los primeros meses del año. Mozambique y Sudáfrica estuvieron entre los países más afectados por las intensas lluvias, que inundaron comunidades, destruyeron viviendas y carreteras y provocaron el desplazamiento de numerosas familias.

En enero, un enorme deslizamiento de tierra afectó una zona poblada de Java Occidental, Indonesia. Grandes cantidades de tierra y lodo sepultaron viviendas y dejaron personas atrapadas, mientras los equipos de emergencia trabajaban en las labores de búsqueda y rescate.

En Brasil, las fuertes lluvias de febrero provocaron inundaciones y deslizamientos en Minas Gerais, causando graves daños en viviendas y carreteras y obligando a miles de personas a abandonar sus hogares.

Kenia también sufrió importantes inundaciones en marzo. Las lluvias torrenciales afectaron especialmente a Nairobi y otras regiones, donde el agua cubrió calles y viviendas, interrumpió el transporte y obligó a numerosas familias a trasladarse a lugares seguros.

En Madagascar, el ciclón Gezani golpeó durante febrero con fuertes vientos y lluvias intensas. El fenómeno provocó inundaciones, destruyó viviendas y dañó carreteras e infraestructura, dejando comunidades aisladas y miles de personas necesitadas de ayuda.

Mientras tanto, Chile enfrentó incendios forestales de gran intensidad durante los primeros meses del año. Las llamas destruyeron viviendas y vegetación, afectaron infraestructura y obligaron a miles de personas a evacuar.

República Dominicana mostró su solidaridad con Venezuela y reforzó su preparación ante los desastres

República Dominicana demostró su solidaridad con Venezuela tras los terremotos del 24 de junio de 2026. El país envió equipos especializados de las Fuerzas Armadas para apoyar las labores de búsqueda y rescate de las víctimas. Esta ayuda formó parte de la respuesta internacional ante una de las mayores tragedias del año.

La participación dominicana permitió colaborar con los equipos que trabajaban entre los escombros para localizar sobrevivientes y asistir a los afectados. La misión también mostró que República Dominicana cuenta con personal capacitado para responder ante situaciones de emergencia y apoyar a otros países cuando lo necesitan.

Sin embargo, el país también debe estar preparado para enfrentar una tragedia dentro de sus propias fronteras. República Dominicana está expuesta a huracanes, inundaciones, deslizamientos y terremotos, por lo que es necesario fortalecer los sistemas de alerta, los equipos de rescate y los planes de evacuación.

Los desastres de 2026 dejan una importante lección: prevenir puede salvar vidas. Cuidar los bosques, ríos y costas, además de educar a la población sobre cómo actuar ante una emergencia, ayuda a reducir los daños. La solidaridad demostrada con Venezuela debe ir acompañada de una preparación constante en República Dominicana.

 Prevenir para proteger vidas

El recorrido por estos desastres deja una conclusión clara: la prevención no puede ser una tarea secundaria. Aunque los terremotos, ciclones, inundaciones, incendios y otros fenómenos naturales no pueden detenerse, sus consecuencias pueden reducirse mediante sistemas de alerta temprana, construcciones resistentes, planificación adecuada y comunidades preparadas para actuar ante una emergencia.

Cuidar el medio ambiente también forma parte de esa prevención. Proteger los bosques, ríos, suelos y otros ecosistemas ayuda a disminuir los riesgos asociados a inundaciones, deslizamientos e incendios. La conservación de los recursos naturales no solo beneficia al planeta, sino que también contribuye a proteger a las comunidades que viven en zonas vulnerables.

El 2026 deja una advertencia para gobiernos y ciudadanos: estar preparados antes de que ocurra una tragedia puede marcar la diferencia. Fortalecer los organismos de emergencia, educar a la población y promover una cultura de prevención son acciones indispensables para salvar vidas.

Frente a la fuerza de la naturaleza, la preparación y el cuidado del medio ambiente siguen siendo las mejores herramientas para construir sociedades más seguras y resilientes.

Un año marcado por la devastación: terremotos y otros siniestros golpean distintas regiones del mundo durante 2026

Por Lorian Cuevas

El 2026 quedará marcado por una cadena de desastres naturales, pero entre ellos destacó la tragedia ocurrida en Venezuela el 24 de junio, cuando dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudieron el país y dejaron miles de víctimas

Terremotos, inundaciones, deslizamientos, ciclones e incendios han dejado a su paso muerte, destrucción y miles de personas afectadas en distintas partes del mundo. El año vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de fortalecer la prevención y la respuesta ante las emergencias.

El 2026 ha sido un año marcado por la fuerza de la naturaleza. Desde Asia hasta América Latina, diferentes regiones del planeta han enfrentado terremotos de gran magnitud y otros fenómenos capaces de transformar comunidades enteras en cuestión de minutos.

Entre las tragedias más graves destacó la ocurrida en Venezuela el 24 de junio, cuando dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 provocaron miles de víctimas y graves daños materiales, especialmente en la región de La Guaira.

Estos acontecimientos también han demostrado que la magnitud de un desastre no depende únicamente de la intensidad del fenómeno.

La profundidad de un terremoto, la ubicación del epicentro, las condiciones de las comunidades y el nivel de preparación de cada país pueden determinar el alcance de una tragedia.

A lo largo del año, algunos territorios lograron limitar las consecuencias gracias a sus sistemas de alerta y preparación, mientras otros, como Venezuela, enfrentaron pérdidas humanas y materiales de gran escala.

Terremotos que sacudieron al mundo y revelaron la fuerza impredecible de la naturaleza

 El 22 de febrero, un terremoto de magnitud 7,0 sacudió la región de Borneo, cerca de Kota Belud, Malasia. El movimiento ocurrió a unos 629 kilómetros de profundidad, una característica que contribuyó a reducir sus efectos en la superficie.

 No se registraron víctimas mortales ni daños materiales importantes. En el Pacífico Sur, las islas Tonga también fueron golpeadas por un sismo de magnitud 7,5, mientras Vanuatu registró otro de magnitud 7,3 cerca de Luganville. En ambos casos, la profundidad de los movimientos ayudó a limitar sus consecuencias.

Indonesia y Japón también estuvieron entre los países afectados por fuertes movimientos sísmicos. En el mar de las Molucas, cerca de Bitung, Indonesia, se registró un terremoto de magnitud 7,4 a unos 35 kilómetros de profundidad. Japón, uno de los territorios con mayor actividad sísmica del planeta, sufrió un sismo de magnitud 7,4 frente a la costa oriental de Honshu, cerca de Miyako.

La experiencia de Japón en materia de prevención y sus sistemas de monitoreo y alerta son considerados elementos fundamentales para reducir el impacto de estos fenómenos.

Filipinas vivió uno de los terremotos más fuertes del año.

Un movimiento de magnitud 7,8 golpeó el sur del país, cerca de Kablalan, en Mindanao, a unos 57 kilómetros de profundidad. Las autoridades desplegaron equipos de emergencia para atender las zonas afectadas. Los primeros balances registraron más de 45 fallecidos, pero las evaluaciones posteriores elevaron la cifra hasta 107 víctimas mortales.

La tragedia de mayor impacto humano entre los terremotos descritos ocurrió en Venezuela el 24 de junio. Dos fuertes movimientos, de magnitudes 7,2 y 7,5, golpearon zonas cercanas a Yumare y San Felipe y afectaron especialmente a la región de La Guaira, al norte de Caracas.

 El Gobierno interino confirmó posteriormente 3.342 personas fallecidas, más de 16.700 heridas y miles de desaparecidos. Naciones Unidas estimó los daños directos en aproximadamente 6.700 millones de dólares.

Tras la emergencia venezolana, las labores de rescate dieron paso progresivamente a la recuperación de cuerpos y la asistencia a los damnificados. En la operación participaron 77 equipos de rescate provenientes de 31 países. La magnitud de la tragedia llevó además a las autoridades a anunciar la creación de una unidad militar especializada en la atención de desastres naturales, con el propósito de fortalecer la capacidad de respuesta ante futuras emergencias.

México también fue escenario de un fuerte movimiento sísmico. El 17 de julio, un terremoto de magnitud 7,3 ocurrió frente a la costa de Chiapas, cerca de Puerto Madero, a una profundidad aproximada de 19 kilómetros. El sismo fue seguido por varias réplicas, entre ellas una de magnitud 6,4.

 Debido a su ubicación frente al océano Pacífico, las autoridades mantuvieron vigilancia ante la posibilidad de que se produjeran efectos relacionados con un tsunami.

El 10 de agosto, Colombia sufrió otro de los terremotos de mayor impacto del año. Un sismo de magnitud 7,4 golpeó el occidente del país, cerca de San José del Palmar, y provocó daños en edificios, hospitales e infraestructura. El balance oficial registró al menos 181 muertos y más de 2.500 heridos, mientras otras fuentes contabilizaron una cifra superior de fallecidos.

Más de medio centenar de edificios fueron reportados como colapsados mientras continuaba la evaluación de los daños.

Indonesia volvió a estar en el centro de la actividad sísmica el 14 de agosto, cuando un terremoto de magnitud 7,7 ocurrió al norte de Ende, en la isla de Flores. El movimiento tuvo una profundidad aproximada de 25 kilómetros y alcanzó una intensidad máxima de VIII en la escala de Mercalli Modificada. Más de 50 personas murieron y decenas resultaron heridas y fueron trasladadas a centros médicos locales.

En Perú, el 20 de agosto, un fuerte sismo sacudió la zona de Ayacucho, en el sur del país. El Instituto Geofísico del Perú reportó una magnitud de 7,2, mientras que el Servicio Geológico de Estados Unidos lo registró como 6,7.

 El movimiento tuvo una profundidad aproximada de 108 kilómetros y fue sentido en varias regiones, incluida Lima. Aunque inicialmente no se reportaron grandes daños ni víctimas mortales, posteriormente se informó de personas heridas y daños en viviendas e infraestructura.

Otros siniestros que marcaron al mundo

El 2026 también ha estado marcado por desastres distintos a los terremotos. En agosto, fuertes lluvias y el colapso de una zona glaciar provocaron deslizamientos e inundaciones en Nepal y el Tíbet.

 Las aguas y los movimientos de tierra destruyeron viviendas, carreteras y puentes, obligaron a miles de personas a abandonar sus hogares y dejaron numerosas víctimas y desaparecidos tras el colapso de una parte de un glaciar en el Himalaya desencadenó una avalancha de hielo, rocas y lodo que provocó una inundación repentina.

La corriente arrasó pueblos enteros, viviendas, carreteras, puentes y centrales hidroeléctricas. Las autoridades nepalesas reportan hasta finales de agosto más de 1.200 personas fallecidas y miles de desaparecidos, mientras continúan las labores de búsqueda y rescate.

La magnitud de la tragedia ha puesto nuevamente en evidencia la vulnerabilidad de las comunidades de montaña frente al deshielo y los fenómenos extremos.

Las inundaciones también golpearon con fuerza al sur de África durante los primeros meses del año. Mozambique y Sudáfrica estuvieron entre los países más afectados por las intensas lluvias, que inundaron comunidades, destruyeron viviendas y carreteras y provocaron el desplazamiento de numerosas familias.

En enero, un enorme deslizamiento de tierra afectó una zona poblada de Java Occidental, Indonesia. Grandes cantidades de tierra y lodo sepultaron viviendas y dejaron personas atrapadas, mientras los equipos de emergencia trabajaban en las labores de búsqueda y rescate.

En Brasil, las fuertes lluvias de febrero provocaron inundaciones y deslizamientos en Minas Gerais, causando graves daños en viviendas y carreteras y obligando a miles de personas a abandonar sus hogares.

Kenia también sufrió importantes inundaciones en marzo. Las lluvias torrenciales afectaron especialmente a Nairobi y otras regiones, donde el agua cubrió calles y viviendas, interrumpió el transporte y obligó a numerosas familias a trasladarse a lugares seguros.

En Madagascar, el ciclón Gezani golpeó durante febrero con fuertes vientos y lluvias intensas. El fenómeno provocó inundaciones, destruyó viviendas y dañó carreteras e infraestructura, dejando comunidades aisladas y miles de personas necesitadas de ayuda.

Mientras tanto, Chile enfrentó incendios forestales de gran intensidad durante los primeros meses del año. Las llamas destruyeron viviendas y vegetación, afectaron infraestructura y obligaron a miles de personas a evacuar.

República Dominicana mostró su solidaridad con Venezuela y reforzó su preparación ante los desastres

República Dominicana demostró su solidaridad con Venezuela tras los terremotos del 24 de junio de 2026. El país envió equipos especializados de las Fuerzas Armadas para apoyar las labores de búsqueda y rescate de las víctimas. Esta ayuda formó parte de la respuesta internacional ante una de las mayores tragedias del año.

La participación dominicana permitió colaborar con los equipos que trabajaban entre los escombros para localizar sobrevivientes y asistir a los afectados. La misión también mostró que República Dominicana cuenta con personal capacitado para responder ante situaciones de emergencia y apoyar a otros países cuando lo necesitan.

Sin embargo, el país también debe estar preparado para enfrentar una tragedia dentro de sus propias fronteras. República Dominicana está expuesta a huracanes, inundaciones, deslizamientos y terremotos, por lo que es necesario fortalecer los sistemas de alerta, los equipos de rescate y los planes de evacuación.

Los desastres de 2026 dejan una importante lección: prevenir puede salvar vidas. Cuidar los bosques, ríos y costas, además de educar a la población sobre cómo actuar ante una emergencia, ayuda a reducir los daños. La solidaridad demostrada con Venezuela debe ir acompañada de una preparación constante en República Dominicana.

 Prevenir para proteger vidas

El recorrido por estos desastres deja una conclusión clara: la prevención no puede ser una tarea secundaria. Aunque los terremotos, ciclones, inundaciones, incendios y otros fenómenos naturales no pueden detenerse, sus consecuencias pueden reducirse mediante sistemas de alerta temprana, construcciones resistentes, planificación adecuada y comunidades preparadas para actuar ante una emergencia.

Cuidar el medio ambiente también forma parte de esa prevención. Proteger los bosques, ríos, suelos y otros ecosistemas ayuda a disminuir los riesgos asociados a inundaciones, deslizamientos e incendios. La conservación de los recursos naturales no solo beneficia al planeta, sino que también contribuye a proteger a las comunidades que viven en zonas vulnerables.

El 2026 deja una advertencia para gobiernos y ciudadanos: estar preparados antes de que ocurra una tragedia puede marcar la diferencia. Fortalecer los organismos de emergencia, educar a la población y promover una cultura de prevención son acciones indispensables para salvar vidas.

Frente a la fuerza de la naturaleza, la preparación y el cuidado del medio ambiente siguen siendo las mejores herramientas para construir sociedades más seguras y resilientes.