¡República Inagotable… Presidente Agotable!

ElAvance | 20 abril 2026

O el arte de gobernar con eslóganes mientras la deuda susurra epitafios

Por Rolando Espinal – Creador de contenidos / Fundador y director del movimiento cívico "Los De Abajo"

I. De cómo se vende humo perfumado mientras arde la cocina fiscal

“República Dominicana es inagotable”. La frase, en sí misma, parece dictada por un poeta turístico en éxtasis o por un ministro de propaganda con exceso de ron y poca brújula. Y es verdad: nuestro país tiene un potencial turístico que haría llorar de envidia a Grecia. El problema no es el destino. El problema es que el capitán del barco se cree Poseidón, pero navega con un mapa dibujado en una servilleta mientras la tripulación se disputa los camarotes de primera clase a mordiscos.

Luis Abinader asumió en agosto de 2020 con una ventaja que ningún presidente había tenido desde que Colón puso un pie en la Española sin permiso de aduanas: una pandemia que justificaba cualquier disparate fiscal, una oposición desarticulada (más unida al sillón que a la razón), un Congreso dócil como rebaño de ovejas con esmoquin y una prensa que, durante sus primeros dos años, le dedicó más loas que preguntas incómodas. Esa luna de miel —que parecía más bien un matrimonio por conveniencia con la realidad— debió aprovecharla para hacer reformas estructurales. Pero no. Prefirió el camino fácil: gastar, endeudarse, inaugurar rotondas con forma de esperanza y construir una narrativa de éxito que los números fríos se encargan de desmentir con la puntualidad de un notario.

Hoy, a las puertas de 2026, la realidad es tozuda como una mula filósofa: la deuda pública consolidada alcanzó los 76.248,6 millones de dólares (una cifra que parece sacada de la lotería, pero del revés). El déficit fiscal ronda el 3,45% del PIB, y la economía creció apenas un 2,1% en 2025, muy por debajo del 3,2% que el gobierno proyectó en su presupuesto —esa tradición nacional de confundir la esperanza con la contabilidad. Mientras tanto, la deuda del sector público no financiero representa ya el 58,5% del PIB, rozando el límite que el Banco Mundial considera “peligroso para un país emergente”. O, como diría un prestamista sensato: “Estás a un mal suspiro de deber hasta el alma”.

Mientras Abinader se declara “inagotable” en sus comparecencias —con esa sonrisa de vendedor de seguros en convención—, su gestión muestra signos evidentes de agotamiento. Los apagones regresaron como un mal de amores que nunca se fue; la inflación acumulada supera el 30%; el empleo formal sigue siendo un lujo para millones, y la inseguridad ciudadana cobra víctimas mientras el gobierno inaugura otra avenida con nombre de poeta.

Este artículo no es un ajuste de cuentas partidario. Es una radiografía. Una comparación pera con pera (o, mejor, aguacate con aguacate) entre los primeros seis años de Leonel Fernández, Danilo Medina y Luis Abinader. Porque solo mirando el pasado podemos entender por qué el futuro se nos escapa entre los dedos como agua de yagua.

II. Tres gobiernos, un mismo país: el drama de tres actos (y un solo final posible)

Leonel Fernández (2004-2010): la navegación en aguas turbulentas con mano de capitán de poesía épica

Cuando Fernández asumió en 2004, el país venía de una crisis que hacía parecer el Apocalipsis como un picnic. Inflación del 80%, bancos en ruinas y un PIB contraído como corazón de enamorado rechazado. Fernández aplicó un programa de estabilización que el FMI calificó de “ejemplar”. Y lo fue: entre 2004 y 2010, la economía creció a un ritmo promedio del 8% anual. En 2005: 9,3%; en 2006: rozó el 10,7%. Incluso en la crisis global de 2008, cuando el mundo se caía a pedazos, Fernández logró un 5,3% de crecimiento. ¿El truco? Talento, disciplina y un poco de suerte. Dejó una deuda del 30% del PIB. Su gran déficit no fue económico, sino ético: la corrupción administrativa creció bajo su manto como hiedra en un palacio.

Danilo Medina (2012-2018): el crecimiento sin reformas, o cómo heredar un Ferrari y meterlo en un lodazal

Danilo recibió un país en buena forma. Y logró que la economía creciera al 6% anual —el mayor de América Latina. Pero cometió un error de principiante (aunque no era principiante): no usó esos años de vacas gordas para reducir la deuda ni para hacer reformas. En lugar de eso, expandió el gasto público, creó programas sociales y mantuvo una estructura estatal inflada como un globo aerostático. Cuando llegó la pandemia, la deuda ya superaba el 50% del PIB. Su manejo del COVID fue rápido en lo sanitario, pero el cierre económico afectó a los pequeños comerciantes con la delicadeza de una aplanadora. El costo fiscal superó los 3.500 millones de dólares. Dejó una bomba de tiempo con espoleta corta.

Luis Abinader (2020-2026): el espejismo de la normalidad, o cómo gastar como si el mañana no existiera

Abinader llegó con la mayor ventaja política en décadas: pandemia que justificaba todo, oposición desarticulada, prensa favorable, ciudadanía dispuesta a darle un cheque en blanco. ¿El resultado? Gastó como un heredero en casino. La inversión pública en 2024 ascendió a 84.697,3 millones de pesos. Se construyeron obras faraónicas: ampliación de la 27 de Febrero (que ya parecía una autopista a la eternidad), teleférico en Santiago (¿realmente necesario cuando la gente necesita ambulancias?) y un paseo peatonal en la George Washington que convierte el malecón en una pasarela de selfies. El crecimiento, después del rebote postpandemia (12,3% en 2021), se ha ido desacelerando: 4,9% en 2022, 2,4% en 2023 y un magro 2,1% en 2025. La deuda, mientras tanto, subió del 50% al 58,5% del PIB. Incumple su propia Ley de Responsabilidad Fiscal. Es como si un médico recetara dieta y luego se comiera una caja de donuts.

III. La comparación en números: pera con pera, pero con cuchillo afilado

Si ponemos los promedios sobre la mesa sin adornos, el retrato es implacable. Leonel Fernández, en sus primeros seis años, logró un crecimiento promedio anual del 8% y dejó una deuda pública de aproximadamente el 30% del PIB. Danilo Medina, en el mismo lapso, alcanzó un crecimiento del 6%, pero incrementó la deuda del 30% al 50% del PIB. Luis Abinader, con el rebote postpandemia incluido, ha tenido un crecimiento promedio estimado del 4,5% y ha elevado la deuda del 50% al 58,5% del PIB. En cuanto a las reformas estructurales: Fernández sí aplicó una estabilización profunda; Medina, no; Abinader, tampoco, y va en aumento. La conclusión es inevitable: cada presidente ha dejado una deuda más alta que su predecesor, como si participaran en una competencia macabra de “quién endeuda más sin que el pueblo se dé cuenta”. Fernández manejó una crisis. Medina desperdició el crecimiento. Abinader ha endeudado más que ninguno sin hacer las reformas que justificarían ese endeudamiento. Es el equivalente político de pedir un préstamo para comprar un yate mientras la casa se inunda.

IV. El agotamiento de Abinader: cuando el viento sopla, el castillo de naipes se ríe de ti

Abinader ha vendido una imagen de eficiencia y transparencia que los números no respaldan. Su discurso de “cambio” choca con apagones recurrentes, inflación persistente y una deuda que no para de crecer. La ciudadanía empieza a despertar, como después de una siesta de cuatro años. Las encuestas, aunque aún favorables, muestran una tendencia a la baja: su desaprobación alcanzó el 42% en diciembre de 2025. La clase media se siente abandonada; los jóvenes, con un desempleo del 18%, empiezan a mirar con escepticismo. Abinader gobierna para las encuestas, no para la historia. Toma decisiones pensando en el tuit del día siguiente, no en el legado de diez años. Eso explica por qué no ha tocado las reformas estructurales: duelen, generan conflictos y pueden costarle popularidad. Pero la popularidad sin reformas es un castillo de naipes. Y cuando el viento sopla —y aquí siempre sopla—, se derrumba con la elegancia de un chiste mal contado.

V. Inversión pública y propaganda: el gobierno compra diálogo, no soluciona problemas

Miles de millones de pesos se destinan anualmente a publicidad gubernamental. En 2024, la pauta oficial superó los 4.500 millones de pesos. No es propaganda informativa. Es compra de silencios, de voluntades, de conciencias. Medios que dependen de esa pauta se convierten en voceros acríticos. La campaña “República Dominicana es inagotable” suena bonita, como un jingle de champú, pero oculta que el turismo, aunque exitoso, apenas es uno de los pilares. Mientras se promociona el país como paraíso, las comunidades turísticas sufren de infraestructura deficiente, salarios bajos y contaminación. El gobierno ha convertido la inversión pública en una herramienta de marketing. Se inauguran obras a medias, se cortan cintas antes de tiempo, se anuncian proyectos que nunca terminan. Es la política del espectáculo, no de la solución. El gran teatro del ridículo, con butacas pagadas por todos.

VI. Top 12 de medidas urgentes: operación tijera (sin anestesia)

  1. Eliminar el 70% de la publicidad gubernamental. La propaganda no alimenta a nadie, a menos que seas un cartel.
  2. Congelar los salarios de altos funcionarios. Que sientan la austeridad que predican.
  3. Suprimir sinecuras y cargos duplicados. En el Estado sobran jefes y faltan trabajadores.
  4. Reducir los salarios de legisladores un 25%. Que ganen como un ministro, no como un CEO de una multinacional del despilfarro.
  5. Fusionar ministerios redundantes. Economía y Hacienda pueden ser uno solo, como en los países serios.
  6. Reducir el número de ministerios de 20 a 15.
  7. Eliminar vicepresidencias ejecutivas en empresas del Estado.
  8. Limitar asesores por ministerio a cinco.
  9. Implementar evaluación de desempeño. El que no sirve, afuera.
  10. Suspender obras no prioritarias. No más estatuas ni teleféricos de dudosa utilidad.
  11. Cumplir la Ley de Responsabilidad Fiscal. La ley no es un papel de baño.
  12. Crear un fondo de contingencia fiscal. Para futuras crisis sin endeudarse más.

VII. Lo que está en juego: el futuro (y nuestros nietos) no pagan la fiesta

La deuda no es un número abstracto. Es el dinero que no se invierte en escuelas, hospitales y comisarías. Es el dinero que pagarán nuestros hijos y nietos mientras nosotros disfrutamos de puentes bonitos y avenidas anchas que no necesitábamos. Abinader tiene aún dos años y medio. No es poco. Pero cada día que pasa sin reformas, cada peso gastado en propaganda, cada obra faraónica anunciada mientras se cierra un centro de salud, es un paso más hacia el abismo. La campaña dice que República Dominicana es inagotable. La verdad es que los recursos sí son finitos. Lo que se agota es la paciencia.

VIII. Conclusión: el espejismo se desvanece, pero aún hay tiempo para no parecer un mal chiste

Comparar pera con pera es doloroso, pero necesario. Fernández supo manejar una crisis global y mantener el crecimiento, aunque dejó una institucionalidad débil. Medina creció sin reformas y nos entregó una deuda elevada. Abinader, con la mayor ventaja política de las últimas décadas, ha endeudado el país más que ninguno, ha evitado las reformas estructurales y ha confiado más en la propaganda que en las políticas públicas. Su legado, si sigue así, será el de un presidente que tuvo el viento a favor y lo desperdició en fuegos artificiales.

Desde “Los De Abajo”, hacemos un llamado: no se dejen engañar por las apariencias. Exijan datos, no eslóganes. Exijan reformas, no inauguraciones. Exijan que el presidente Abinader cumpla con la Ley de Responsabilidad Fiscal y ponga orden en las cuentas públicas. República Dominicana puede ser inagotable. Pero para eso necesita líderes que no lo sean. Líderes que entiendan que gobernar no es posar para la foto, sino tomar decisiones difíciles. Líderes que sepan que la historia no se escribe con tuits, sino con hechos. Luis Abinader, todavía está a tiempo. Los números fríos no mienten. La ciudadanía crítica lo observa. La historia lo juzgará. No la escriba antes de tiempo.

Rolando Espinal
Creador de contenido /
Fundador y director del movimiento cívico "Los De Abajo"