Por un Santo Domingo pragmático

ElAvance | 29 marzo 2026

Gabriel López.
Cristiano, creativo, atleta y docente.

“Somos un país en constante crecimiento y desarrollo”, esa es la frase que nos ha caracterizado como nación tercermundista que aún no termina de quebrar el techo de cristal. Esto se refleja en cómo Santo Domingo ha crecido: es una mezcolanza urbana de la otrora grandiosidad del régimen, continuada por la visión (inconclusa) del viejo doctor y que desde entonces ha continuado desbordándose como maleza en un solar baldío: sin control, sin regulación, sin orden y sin dolientes.

Nuestra ciudad de la furia se mueve a un ritmo alocado que no permite regulación estatal, planificación o reordenamiento urbano ni costumbre ciudadana. Se aplican leyes y tácticas sin consenso comunitario o simplemente, se aprueban mociones en nuestra Liga Municipal y Colegio de Regidores que solo cumplen con los intereses de algunos cuantos.

Soy de los ciudadanos que consideran que muchos de estos planes e innovaciones urbanas y cívicas no han funcionado porque no han sido pragmáticas, y aquí presento algunos ejemplos a considerar.

La Ciclovía: el proyecto pasional del regidor Mario Sosa quedó estancado en un plan piloto que beneficia a la clase media que disfruta el hobby del ciclismo los domingos en la mañana. Un servidor (usuario de bicicletas por igual), lo considera una pérdida de espacio público que pudiese convertirse claramente en un salvador del tránsito capitaleño: la motovía. Conviertan este extenso carril que rodea la Av. Bolívar hasta la Av. Pedro Henríquez Ureña en carril exclusivo para motoristas. Muchos conductores salvarían sus espejos retrovisores y cientos de motoristas justificarían su velocidad de una manera digna. Una vez observado el caso de éxito, debe implementarse en otras avenidas de nuestra ciudad.

Puentes Peatonales: Nuestros puentes se han convertido en la base de operaciones de pordioseros y vendedores ambulantes, lo cual los hace indeseables y obsoletos. Al mismo tiempo el Ministerio de Obras Públicas olvida una realidad que impacta el uso diario de la ciudad: un 70% de la población vive en sobrepeso y/u obesidad, por lo tanto, utiliza menos los puentes peatonales por el impacto en el cuerpo. El dominicano por cultura prefiere “cortar camino” porque detesta caminar grandes distancias, incluso si pone en riesgo su vida. La meta es rediseñar nuestros puentes para simplificar trayectos y usabilidad, apelando a las necesidades y puntos de dolor reales del usuario.

Tránsito Calendarizado: la “loca” idea del ex-presidente Hipólito Mejía de dividir el uso de vehículos por días de la semana, tal como se realiza en ciudades como Bogotá, Colombia, ya no parece tan descabellada como pensamos que fue en el año 2002. Santo Domingo por sí mismo cuenta con un parque vehicular de más de 3MM de vehículos y creo que estamos de acuerdo en que no hacen falta más. Aplaudimos las acciones del Gobierno dominicano de eficientizar los servicios de transporte, y sabemos que tanto eliminar a los sindicatos de una vez por todas y generar mejores servicios de transporte públicos como el Metro y el Monorriel, no son suficientes. La regulación del transporte privado y personal es necesaria. Agilizará la vida diaria de la ciudad, justificará el golpe en la mesa de la revolución del transporte público e impulsará otras mejoras ciudadanas, tales como: seguridad ciudadana, energía eléctrica, ornato y servicios.

Santo Domingo no puede pretender mantenerse estática como la ciudad que era en los años 70 u 80; tampoco sus mismos ciudadanos deben pensar que el tiempo no ha pasado. Nuestra ciudad necesita una metamorfosis radical y violenta. Quedan otros temas que tratar con pragmatismo: terrenos invadidos, planificación y diseño urbano, eliminación progresiva y final de la marginalización suburbana, desarrollo de parqueos públicos y muchos otros. Pero el pragmatismo de movernos aligera las cargas y las mentes del capitaleño que aún en medio del caos, intenta amar su ciudad. El progreso conlleva la muerte de viejas formas de vivir y de pensar, así como de estructuras tanto tangibles como intangibles que definen nuestra idiosincrasia.

Evolucionamos o morimos.