Perdiendo nuestra identidad y pasado

ElAvance | 01 noviembre 2025

Carlos Pérez Tejada

Nací en el Cibao y crecí en un pueblo, Moca, con las costumbres características de las comunidades dominicanas, pero con el deseo trabajador de dejar de ser un pueblo y convertirse en ciudad. Gracias al desarrollo constante de nuestro país, las brechas se acortaron, aunque no han desaparecido, pero el despliegue del acceso a internet, la aparición de las redes sociales y los teléfonos inteligentes democratizaron la información y los beneficios de la globalización, con todo lo que ello implica. Parte de ese proceso ha traído consigo la pérdida de costumbres, tradiciones y, en muchos casos, de la identidad misma de nuestra dominicanidad.

La era digital ha servido para cerrar brechas de información y comunicación, además de crear oportunidades que han permitido un desarrollo y una bonanza global sin precedentes. Como nunca antes, las sociedades habían experimentado un avance de tal magnitud. Por ejemplo, la calidad de vida ha mejorado y el promedio de vida se ha extendido hasta los 73 años a nivel mundial según datos del Banco Mundial (2024). Cada día consumimos una cantidad abrumadora de información, se estima que unas 34 gigabytes diarias, según la Universidad de California. Sin embargo, ese exceso también ha venido acompañado de un consumo cada vez mayor de contenido foráneo, en especial del “anglosajón”. Para quienes crecimos en pueblos, es más evidente cómo nuestra cultura se siente amenazada y desplazada por modas transitorias.

Las influencias globales no son negativas por sí mismas; de hecho, muchas han ayudado a mejorar diversos aspectos de la vida personal y colectiva. Pero cuando estas influencias nos hacen olvidar quiénes somos, de dónde venimos y cuáles son nuestras raíces, entonces se convierten en una amenaza para nuestra identidad.

Hace unos días coincidí con el inicio de las celebraciones del Día de Muertos en Ciudad de México y viví de primera mano el desfile de las Catrinas. Las calles del centro histórico eran un mar de personas que, aunque rendían tributo a quienes ya no están, hacían sentir más viva que nunca la esencia mexicana. Ver a niños, jóvenes y adultos mayores disfrazados, comiendo sus dulces típicos, escuchando su música y bailando, me llenó de nostalgia; recordé las costumbres con las que crecí en las calles de Moca.

En 2025, las tradiciones dominicanas que todavía sobreviven lo hacen en los rincones o en la memoria de generaciones pasadas —¿acaso estoy viejo?—. Las fiestas patronales, con su mezcla de fe, música y comunidad, han ido perdiendo fuerza, y los valores de convivencia que promovían se diluyen en temas banales y comportamientos que exaltan los antivalores. Las veladas y actividades culturales no reciben la atención que merecen, mientras que los juegos populares que recuerdo —el topao, las escondidas o la vitilla— resultan desconocidos para muchos jóvenes.

México, su cultura y la forma en que su gente disfruta de su historia y costumbres, me hicieron notar cómo hemos ido perdiendo, poco a poco, nuestra memoria cultural. Hemos comenzado a adoptar lo foráneo, olvidando lo nuestro. En un mundo globalizado no podemos darnos el lujo de aislarnos, pero tampoco debemos dejar que la globalización diluya nuestra identidad. La cultura es el alma de los pueblos, y sin ella sólo seremos una geografía.