Nos conviene un buen 2026 a todos

ElAvance | 31 diciembre 2025

Por: Orlando Jorge Villegas

A esta altura del calendario, la gente suele dividirse entre quienes hacen planes y balances, y los solo quieren pasar la página. Yo creo que ambas cosas son necesarias: mirar de frente lo que vivimos en 2025 —con sus golpes, sus frustraciones y sus lecciones— y entrar a 2026 con la serenidad que exige un año nuevo.

En lo económico, el 2025 no terminó de dar el salto que muchos esperaban. Las cifras hablan de un crecimiento por debajo del potencial, una realidad que se siente cuando el dinero rinde menos, cuando se posponen inversiones y cuando las familias calculan con más cautela. Si la economía avanza más lento, la presión se traslada al empleo, al consumo y, en general, al ánimo social.

También fue un año de conversaciones difíciles. En redes y en la calle, se normalizó el “todo está mal” como identidad, y eso termina cansando. Un país agotado discute peor, decide peor y se cuida menos. A esto le sumamos las tragedias colectivas que dejaron cicatrices.

La caída del techo de la discoteca Jet Set, el 8 de abril, convirtió una noche de música en una escena de duelo nacional y obligó a preguntarnos, otra vez, cuántas negligencias se vuelven “normales” hasta que ocurre lo irreversible. Casos como la desaparición de Sudiksha Konanki, y recientemente muerte de la niña Stephora Anne-Mircie Joseph, ocurrida el 14 de noviembre durante una excursión escolar consternaron nuestras nociones de instituciones y rubros que sentíamos como seguros como el turismo y la educación. . Más allá del proceso judicial, ambos casos expusieron fallas de supervisión y de protocolos que ningún sistema debería tolerar.

A esto se sumaron situaciones críticas que erosionan confianza. El debate público sobre el caso SENASA —entre denuncias, investigaciones y recriminaciones políticas— recordó que las instituciones se sostienen, ante todo, en credibilidad. Cuando la gente duda de quien debe protegerla, el tejido social se resiente.

Frente a todo esto, el título de hoy de esta columna no es un deseo ingenuo: es una afirmación práctica. Nos conviene un buen 2026 a todos. Conviene que la economía recupere ritmo, que la seguridad y la fiscalización funcionen, que la justicia sea oportuna y que la política entienda que gobernar también es cuidar y mantener el sentido del deber.

Pero un buen año no llega solo. Se construye con resiliencia —esa capacidad de levantarnos sin negar lo que pasó— y con una cuota de responsabilidad compartida: autoridades haciendo su trabajo con rigor; empresas apostando por lo productivo; ciudadanos exigiendo, pero también cumpliendo. Si cada quien pone de su parte, 2026 puede ser, en serio, el año que al país le conviene y en el que todos ganamos.