No gritó, no huyó, no se defendió: así responde el cerebro al trauma

ElAvance | 19 septiembre 2026

Por Mabel Cruz Abreu

Psicóloga clínica | Especialista en Crisis y Trauma



«¿Por qué no gritó?», «¿por qué no se defendió?», «¿por qué se quedó ahí?», «¿por qué no denunció inmediatamente?».
Estas preguntas aparecen con frecuencia cuando una persona relata públicamente una agresión sexual. En los últimos días, el testimonio difundido en redes sociales por una joven que asegura haber sido agredida sexualmente en un centro de masajes volvió a ponerlas sobre la mesa.


En su relato, la joven describe haberse quedado paralizada, con la mente en blanco y sin poder reaccionar como posteriormente muchos usuarios consideraron que «debió» hacerlo. Incluso aparecieron comentarios interpretando su falta de resistencia como disfrute o consentimiento.


Pero evaluar la conducta de una persona durante una experiencia potencialmente traumática desde la seguridad de quien observa un video después de ocurrido el hecho ignora un elemento fundamental: ante una amenaza, el cerebro no siempre responde de manera voluntaria ni racional.


El cerebro no solamente lucha o huye
Durante años hemos popularizado dos respuestas frente al peligro: luchar o huir. Sin embargo, los mecanismos defensivos humanos son más amplios.


Ante una amenaza percibida, estructuras y circuitos cerebrales implicados en la detección del peligro, junto con el sistema nervioso autónomo, participan en la preparación del organismo para sobrevivir. Dependiendo de las circunstancias, la respuesta puede incluir lucha, huida, congelamiento y otras formas de inmovilidad defensiva.

En situaciones de amenaza intensa puede presentarse una respuesta de congelamiento y, en determinados casos, un fenómeno conocido como inmovilidad tónica, caracterizado por una marcada dificultad para moverse o responder aun cuando la persona percibe lo que está ocurriendo.


No se trata simplemente de pensar: «voy a quedarme quieta». Es una respuesta defensiva involuntaria.
Al mismo tiempo, bajo niveles elevados de amenaza, procesos asociados a la corteza prefrontal —necesarios para planificar, evaluar alternativas, tomar decisiones y organizar una conducta deliberada— pueden verse temporalmente comprometidos.
De ahí una expresión que escuchamos frecuentemente en personas que han atravesado situaciones traumáticas: «mi mente se quedó en blanco».


El cerebro no necesariamente deja de registrar lo que ocurre. Lo que cambia es la manera en que procesa y responde ante una situación interpretada como peligrosa.


También pueden aparecer fenómenos disociativos: sensación de irrealidad, desconexión del propio cuerpo, alteraciones en la percepción del tiempo o la experiencia de observar lo que sucede sin sentirse plenamente capaz de intervenir.
Por eso resulta clínicamente incorrecto asumir que una persona que no gritó, no golpeó al agresor o no salió corriendo necesariamente aceptó lo ocurrido.

La ausencia de resistencia física no equivale a consentimiento.

«Yo sí me habría defendido»


Esta es quizá una de las afirmaciones más fáciles de hacer desde fuera.
Imaginamos nuestra reacción ante una amenaza utilizando un cerebro que, mientras imagina, se encuentra a salvo. Tenemos acceso al razonamiento, al lenguaje y a posibilidades que parecen evidentes después de conocer el desenlace.
Pero una situación real de amenaza no ocurre desde esa misma condición neurobiológica.


Por eso no podemos utilizar nuestra reacción hipotética como parámetro para determinar cómo «debió» comportarse otra persona.
Dos personas expuestas a situaciones similares pueden reaccionar de maneras completamente diferentes. Incluso una misma persona podría responder de forma distinta ante dos experiencias amenazantes.

La supervivencia no siempre se parece a correr, pelear o gritar. A veces sobrevivir se parece a quedarse inmóvil.
¿Por qué hablar en las redes y no denunciar inmediatamente?

Otra de las preguntas recurrentes ha sido por qué una persona decide grabar un video y hacer pública su experiencia en lugar de acudir inmediatamente a las autoridades.
Una denuncia formal y una publicación en redes sociales no son equivalentes. Las redes no sustituyen una investigación, un proceso judicial ni las garantías que estos requieren.
Pero hay otra pregunta que también debemos hacernos: ¿todas las víctimas sienten que serán escuchadas y creídas cuando decidan hablar?


Después de una experiencia traumática puede existir confusión, miedo, vergüenza, culpa e incluso dificultad para organizar cronológicamente determinados aspectos de lo sucedido. Algunas personas hablan inmediatamente. Otras necesitan horas, días, meses o incluso más tiempo para poder nombrar lo ocurrido.
Para algunas víctimas, las redes sociales se han convertido en un primer espacio para romper el silencio, buscar apoyo, recuperar cierta sensación de control o conseguir que una situación que temían que pasara inadvertida sea escuchada.

Esto no convierte las redes en tribunales ni permite establecer responsabilidades penales desde una publicación. Pero sí nos obliga a observar un fenómeno contemporáneo: muchas personas recurren primero al espacio público porque no confían plenamente en que los canales tradicionales les ofrecerán escucha, protección o credibilidad.
Eso también merece atención institucional.
Cuando contar lo ocurrido produce una segunda herida
El trauma no termina necesariamente cuando termina el acontecimiento.


La manera en que responde el entorno puede influir profundamente en lo que ocurre después.
Cuando una persona finalmente habla y encuentra comentarios como «te gustó», «tú lo permitiste», «si fuera verdad habrías gritado» o «si realmente hubiera ocurrido, habrías denunciado inmediatamente», puede producirse lo que conocemos como victimización secundaria: un sufrimiento adicional generado por respuestas de incredulidad, culpabilización, ridiculización, minimización o trato inadecuado después de revelar una experiencia de violencia.

Y aquí aparece una dimensión que debería preocuparnos todavía más.
No solamente está leyendo quien hizo público su relato. También están leyendo quienes nunca han contado el suyo.

Mujeres y hombres que han experimentado violencia sexual pueden observar cómo socialmente se recibe el testimonio de otra persona y utilizar esa información para anticipar qué podría sucederles si hablan.

Si lo que encuentran es burla, cuestionamiento y culpabilización, el mensaje aprendido puede ser devastador: «No me van a creer». «Me van a preguntar por qué no hice más». «Van a pensar que fue mi culpa». «Es más seguro permanecer en silencio».
Vergüenza y desesperanza encuentran entonces un terreno fértil.

Lo que escribimos también construye el lugar al que una víctima tendrá que regresar


No se trata de eliminar el debido proceso ni de establecer culpabilidades penales desde las redes sociales. Tampoco de asumir diagnósticos sobre una persona a partir de un video.

Se trata de comprender que desconocer cómo funciona el cerebro frente al trauma puede llevarnos a interpretar una respuesta automática de supervivencia como si fuera una decisión consciente.
Y existe una responsabilidad colectiva adicional.

Cada vez que ridiculizamos el relato de una posible víctima porque «no reaccionó como debía», no solamente estamos hablando de esa persona. Estamos construyendo, públicamente, la respuesta que otras víctimas imaginan que recibirán cuando llegue su turno de hablar.

Quizás por eso necesitamos cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarnos: «¿Por qué no se defendió?», podríamos comenzar preguntándonos: «¿Qué pudo ocurrir en su cerebro y en su cuerpo para que no pudiera hacerlo?»

Y antes de escribir «a ella le gustó», recordar que probablemente hay alguien leyendo que todavía no ha podido contar lo que le ocurrió.
La manera en que recibimos el relato de una víctima puede ayudar a romper el silencio o reforzarlo.

Porque frente al trauma, sobrevivir no siempre se parece a luchar. A veces se parece a quedarse paralizado. A veces se parece a no encontrar palabras. Y, algunas veces, poder contarlo viene después.