La Traición a la Memoria: Darializa Ávila y el Despropósito de una Falsa Identidad

ElAvance | 16 junio 2026

Ariel Lara.
Comunicador y analista político.  

La representación política genuina nace del respeto irrestricto a los orígenes. Nadie puede aspirar a ser la voz de una comunidad si su primer acto público es escupir sobre el altar de su historia. El caso de Darializa Ávila Chevalier, aspirante al Distrito 13 en Nueva York, es el ejemplo más alarmante de cómo el asimilamiento a las agendas extranjeras puede carcomer el sentido más básico de la dominicanidad.

Pretender capitalizar el voto de una diáspora vibrante, que mantiene vivo el orgullo nacional en cada rincón de Washington Heights, mientras se difunde un discurso que reniega de nuestra soberanía, no es solo un error estratégico; es una ofensa directa al ideario fundacional de nuestra República.

Ávila ha cruzado una línea que ningún dominicano consciente puede ignorar: la romantización de la ocupación haitiana. Sostener públicamente que la isla debió mantenerse "unificada" es un acto de ceguera histórica que insulta el sacrificio de quienes entregaron su sangre para forjar una Quisqueya libre e independiente. Aquel período oscuro no fue un ensayo de hermandad, fue un intento sistemático de aniquilación de nuestra cultura, nuestro idioma y nuestro espíritu. Querer reescribir esta realidad innegable para encajar en moldes progresistas foráneos es una afrenta a la memoria de nuestros libertadores.

Pero la deriva antinacional de la candidata no se detiene en el revisionismo. Su confesada incomodidad hacia la bandera tricolor, bajo el pretexto de que el nacionalismo es "violento", roza el absurdo. La Cruz Blanca no es un símbolo de opresión; es el estandarte de la resistencia heroica de un pueblo que se negó a desaparecer. Evitar nuestros símbolos patrios por complacer narrativas ajenas demuestra una falta de carácter incompatible con el liderazgo.

Para coronar este despropósito, calificar de "fascistas" a quienes abrazan la herencia hispana y el mestizaje de nuestra nación es un acto de profunda ignorancia sociológica. La identidad dominicana es rica, diversa y, sobre todo, soberana. No necesitamos que una visión importada venga a dictarnos cómo debemos entender nuestra propia raza o nuestra historia.

La comunidad dominicana en el exterior es una fuerza trabajadora, patriótica y digna. Cuando el dominicano emigra, la patria viaja con él; su bandera, su escudo y su historia no se negocian en la aduana. Darializa Ávila ha demostrado que su lealtad no está con esos valores, sino con aplausos efímeros de sectores que desconocen nuestra realidad.

Quien se avergüenza del lienzo tricolor y deshonra el legado de la separación de 1844, se ha descalificado a sí misma. La diáspora tiene el deber moral de rechazar en las urnas a quien ya nos ha rechazado en su discurso. Porque la patria no es un simple eslogan de campaña; es un fuego sagrado que no admite traiciones.