La prisa en el periodismo también mata reputaciones

ElAvance | 16 junio 2026

Es preferible llegar segundo con la verdad que primero con una mentira. Porque cuando la verdad finalmente aparece, no siempre alcanza para reparar los daños que dejó la prisa.

Carlos del Pozo.
Comunicador.

La tragedia ocurrida en Piantini ha vuelto a colocar sobre la mesa una discusión que el periodismo moderno no puede seguir ignorando.

Aunque estamos en una época dominada por los clics, las visualizaciones y la competencia permanente por captar atención, la velocidad no debe continuar desplazando a la verificación como criterio principal de muchas coberturas, sobre todo cuando se trata de hechos que involucran vidas humanas, posibles responsabilidades penales y reputaciones construidas durante años.

Durante los primeros días de la investigación sobre la muerte de Raisa Yulisa Serrano Mendoza y su hijo Yadhir Nael Cornelio, una versión preliminar comenzó a expandirse como si se tratara de una investigación definitiva, reproduciéndose rápidamente en titulares, programas de televisión, portales digitales y redes sociales. 

En cuestión de horas, un establecimiento comercial quedó bajo el peso de una condena pública que para muchos parecía definitiva, mientras las investigaciones todavía continuaban. Mientras que, por otro lado, el Ministerio de Salud Pública adoptó medidas partiendo de esa versión preliminar que reforzaron aún más esa percepción ante la opinión pública.

Mientras eso ocurría, Carolyn Milagros Pérez, la única sobreviviente del caso, permanecía bajo atención médica, mientras las autoridades todavía intentaban reconstruir lo sucedido y determinar qué había ocurrido realmente.

Posteriormente se conoció un informe del Instituto Nacional de Ciencias Forenses (INACIF) que reportaba la presencia de monóxido de carbono en los cuerpos de los fallecidos. 

Lejos de cerrar la discusión, aquel hallazgo abrió nuevas interrogantes, pues persistieron cuestionamientos sobre si la información divulgada resultaba suficiente para establecer una relación causal definitiva entre la presencia del monóxido de carbono y las muertes investigadas. 

La familia expresó dudas sobre algunas conclusiones y los propietarios del restaurante señalado anunciaron acciones legales, devolviendo el caso a un escenario mucho más complejo que el presentado en las primeras horas.

Ahí aparece uno de los principales riesgos de la prisa informativa, porque una noticia puede corregirse al día siguiente, pero una reputación afectada no siempre tiene la misma oportunidad de recuperarse. 

El primer titular suele viajar más lejos que la rectificación, mientras la sospecha encuentra terreno fértil allí donde las aclaraciones posteriores apenas logran llegar.

La competencia peligrosa no es entre medios de comunicación. Ocurre entre la urgencia de publicar y la responsabilidad de comprobar.

Los hechos no avanzan a la velocidad de las redes sociales. Las investigaciones siguen necesitando tiempo, igual que los peritajes y los procesos judiciales, mientras la verdad suele abrirse paso de manera más lenta que las tendencias, los comentarios y las conclusiones apresuradas que dominan la conversación pública en las primeras horas.

Sin embargo, la atención suele concentrarse en quien publica primero y no necesariamente en quien verifica mejor. Esa dinámica crea incentivos que muchas veces empujan a difundir versiones preliminares antes de que los hechos hayan sido plenamente esclarecidos, aumentando el riesgo de que una sospecha termine adquiriendo el peso de una verdad ante la opinión pública.

Las democracias necesitan una prensa libre, crítica y capaz de investigar sin restricciones, pero también necesitan medios dispuestos a distinguir entre lo comprobado, lo probable y aquello que aún permanece bajo investigación. 

Informar no consiste en transformar sospechas en verdades, ni versiones preliminares en sentencias públicas; consiste en ofrecer a la sociedad la mejor aproximación posible a los hechos, incluso cuando eso implique llegar después que los demás.

El periodismo no pierde credibilidad por tomarse el tiempo necesario para verificar. La pierde cuando sacrifica la comprobación de los hechos para ganar unos minutos de ventaja en una carrera que, al final, suele olvidar que detrás de cada titular hay personas reales cuyas vidas pueden verse afectadas por una información prematura.

Los errores informativos pueden corregirse, pero el daño que producen, muchas veces no.