La nueva Yalta: dos mundos, una mesa

ElAvance | 18 mayo 2026

Rolando Espinal.
En exclusiva para Avance.

La cumbre de Pekín, mayo de 2026, ha concluido sin estridencias pero con la firmeza de quien escribe el guion de las próximas décadas. No hubo declaración triunfal ni foto de consenso universal. Hubo, en cambio, un reconocimiento tácito: el orden liberal de posguerra fría ha expirado. Quienes esperaban un comunicado condenando a Rusia o cerrando filas contra el terrorismo comprendieron tarde que la agenda ya no la dicta Occidente.

¿Quién gana? China, obviamente. No porque haya impuesto condiciones draconianas, sino porque logró que la cumbre discurriera sobre sus términos: conectividad, nueva ruta de la seda 2.0, gobernanza de inteligencia artificial y un fondo de estabilidad asiático paralelo al FMI. El anfitrión no necesita vencer a Estados Unidos en la mesa; le basta con que la mesa se mude a Pekín.

Rusia gana a medias. Sigue siendo el socio incómodo que nadie quiere aislar del todo, pero que ya no fija el pulso. Su economía de guerra le da réditos tácticos, pero estratégicamente queda como proveedor de materias primas en un mundo que transiciona fuera de los hidrocarburos. Gana en visibilidad, pierde en autonomía.

Europa pierde. No estuvo ausente —algunos emisarios asistieron con acreditación de observadores— pero su voz fue irrelevante. La fragmentación interna y su dependencia militar de Washington la convierten en espectadora de lujo. La cumbre decidió sobre rutas comerciales que atraviesan el Índico y el Ártico sin que Bruselas pudiera esbozar una objeción.

El Sur Global gana en teoría, pierde en práctica. Obtiene promesas de inversión y vacunas genéricas, pero su margen de maniobra se reduce al que China e India (también ascendente) le permitan. Nadie reparte el botín sin poner condiciones.

Y Estados Unidos… Estados Unidos no perdió en Pekín porque ni siquiera compitió. Su ausencia fue deliberada, pero calculada mal. Al negarse a participar, cedió la narrativa. Ahora reacciona desde Washington con sanciones y comunicados que nadie lee. Su poder militar sigue intacto; su poder simbólico, erosionado.

Esto nos lleva al paralelo incómodo con 1945. Entonces, en Yalta, Roosevelt, Stalin y Churchill dibujaron las esferas de influencia de medio siglo. El mundo quedó partido en dos, pero con un sistema de reglas compartidas —ONU, Bretton Woods— que ambas superpotencias suscribieron. Hoy no hay Yalta. Hay dos polos que apenas conversan, y la cumbre de Pekín demostró que el reparto ya no se negocia entre iguales, sino que se impone desde el eje Beijing-Washington, con todos los demás ocupando los asientos laterales.

La diferencia crucial: en 1945 el reparto fue explícito y político. El de 2026 es económico, fragmentario y silencioso. Nadie firmará un acta de partición. Pero quien mire el mapa de rutas comerciales, reservas de divisas y patentes tecnológicas verá la misma línea divisoria. El mundo vuelve a ser un tablero de dos jugadores. El resto, fichas.