La nostalgia como negocio: cuando el pasado se volvió la apuesta más segura del entretenimiento

Lesly Mota | 24 junio 2026

Por Lesly Mota

Hay una frase que podría explicar buena parte de la industria cultural actual: no todo lo viejo vuelve por amor al arte; muchas veces vuelve porque ya demostró que vende.

El entretenimiento contemporáneo parece vivir mirando por el retrovisor. Las carteleras se llenan de secuelas, remakes, reboots, biopics, reediciones, giras aniversario y estéticas que imitan décadas anteriores. En una industria cada vez más costosa, fragmentada y ansiosa por garantizar audiencia, la nostalgia se ha convertido en una especie de seguro emocional y financiero.

Para hablar de forma más concreta, basta con mirar lo que está pasando en el cine. En 2024, varias de las películas más taquilleras del mundo fueron extensiones de marcas ya conocidas como Inside Out 2Deadpool & WolverineMoana 2 y muchas otras que, de una forma u otra, ya habían pasado antes por la pantalla grande. En el caso de Inside Out 2, superó los $1,600 millones de dólares en taquilla mundial, mientras que Deadpool & Wolverine sobrepasó los $1,300. Nada mal para historias que, en esencia, el público ya conocía.

No todas eran remakes en el sentido estricto de la palabra, pero casi todo partía de algo que ya existía, que ya era emocionalmente familiar para el espectador.

Y si quieren un ejemplo más reciente, más fresco, miremos lo que está pasando con The Devil Wears Prada 2. Dos décadas después, esa historia vuelve a ponerse sobre la mesa. Y aquí es donde la cosa se pone interesante, porque hay dos formas bastante claras de leer esto. La primera, la más amable, es pensar que sí, que era lógico, que era cuestión de tiempo que un clásico así regresara a la pantalla grande.

Pero hay otra lectura, más incómoda y menos indulgente que también está ahí y no se puede ignorar (o por lo menos no debería). Y es que, frente a la dificultad de crear historias nuevas que logren ese mismo nivel de conexión (y el mismo nivel de venta), la industria termina reavivando las historias que ya sabe que funcionan.

Para los estudios, una historia conocida cuesta menos de vender que una idea nueva. El espectador ya sabe qué esperar, reconoce el tono, recuerda la música, identifica al personaje. La relación emocional no empieza en la sala de cine, sino que ya está construida desde antes.

Esa lógica, que muchas veces parece lejana, se entiende mejor cuando se mira de cerca. Aquí mismo, en República Dominicana, cadenas de cine han incorporado de forma sostenida el reestreno de películas que el público ya ha visto una y otra vez. No como algo puntual, sino como parte de su programación. Durante semanas, vuelven a cartelera historias que llevan años, incluso décadas, circulando en la memoria colectiva.

Han pasado por ahí títulos como Titanic y Interstellar, junto a otros clásicos que siguen encontrando espacio en pantalla grande. Y lo verdaderamente interesante no es que regresen, sino lo que ocurre cuando lo hacen.

En un momento donde prácticamente todo está disponible en casa, donde basta con abrir una plataforma para encontrar esas mismas películas en segundos, hay espectadores que deciden salir, comprar una entrada y sentarse frente a una historia cuyo final conocen desde hace años. No van a descubrir qué pasa. Van a reconectarse con lo que esa historia los hizo sentir la primera vez, pero ahora en pantalla grande.

Ahí es donde la conversación deja de ser superficial o caprichosa. ¿Por qué una historia que ya vimos logra convocar más que muchas que están llegando por primera vez? ¿Por qué, en una época con más tecnología, más presupuesto y más herramientas, seguimos regresando a relatos que se hicieron hace diez, veinte o treinta años?

No creo que la respuesta sea tan simple como decir que ya no hay creatividad. Sería injusto. Hay tecnología, hay talento, hay mejores cámaras, mejores efectos, mejores herramientas de edición, más escuelas, más plataformas y más formas de distribuir una historia.

El problema, tal vez, es otro.

Hoy producimos más contenido que nunca, pero no necesariamente producimos permanencia. Muchas películas pasan por cartelera como pasan las tendencias en redes sociales: hacen ruido una semana, ocupan conversación unos días y después desaparecen. No dejan huella. No construyen ese vínculo que hace que alguien quiera volver a ellas con el paso del tiempo.

Por eso, lo que estamos viendo no es casualidad dentro de la programación. De hecho, es una lectura bastante honesta del momento. El público todavía quiere ir al cine, pero no siempre encuentra en lo nuevo una razón suficientemente fuerte para hacerlo. En cambio, sí encuentra esa razón en algo que ya probó que vale la pena. Y ahí es donde la nostalgia (como recurso emocional) se convierte en una estrategia. No porque el pasado sea mejor, sino porque el presente, muchas veces, no logra sostenerse lo suficiente como para competirle.

Pero la nostalgia no es el problema, de hecho, no es la primera vez que otras industrias la utilizan como recurso. El marketing vive de apelar a las emociones, así que estamos hablando de un demonio conocido. El verdadero problema aparece cuando la nostalgia empieza a ocupar demasiado espacio; cuando deja de ser un puente y se convierte en refugio permanente; cuando la industria se acostumbra a mirar hacia atrás porque ahí todo es más seguro (y rentable).

Entonces la pregunta deja de ser por qué volvemos al pasado (esa respuesta ya la sabemos). Lo verdaderamente inquietante y por lo que deberíamos estar (por lo menos) ligeramente preocupados, es si hoy en día estamos creando historias con la fuerza suficiente como para llenar salas dentro de algunas décadas. Si las futuras generaciones deciden aplicar esta misma dinámica de revivir clásicos, ¿tendrían el mismo resultado… la misma conexión? Porque si no, con tantos avances, recursos y tecnología, terminamos siendo como un mudo con micrófono.