La isla del miedo

ElAvance | 20 noviembre 2025

Gabriel del Gotto

De niño me mandaban al rincón a “pensar” como castigo. No a entender, no a conversar: a pensar. La lección era clara: usar la cabeza es una falta.

Crecimos en casas donde “teórico” o “filósofo” se dicen con la misma entonación con que se dice “perdedor”. Aquí al que piensa mucho se le mira con sospecha. No es solo rechazo a las ideas: es miedo. Miedo a vernos por dentro.

Nos encanta culpar “a los de arriba”, pero el miedo aquí se reparte en todas direcciones.

El padre que educa a gritos “para que respete”.

El pastor que amenaza con el infierno.

El jefe que recuerda, sin decirlo, que “hay veinte esperando tu puesto”.

El profesor que se burla del que pregunta demasiado.

Con esa cadena, casi sobra el tirano. El poder formal trabaja con una materia prima que ya viene preparada: gente entrenada para obedecer por susto, no por convicción.

Se ve en cómo vivimos. En vez de exigir un sistema que funcione, cada quien se arma su feudo: inversor, tinaco, planta, verja, cámaras, guachimán. Mientras mi casa tenga agua, luz y wifi, el apagón es problema del otro.

El mapa real de esta isla es ese: un archipiélago de miedos cercados, cada familia cuidando de no caer “del lado donde no hay nada”. En ese paisaje, pensar en voz alta es un atrevimiento. El que se cuestiona es “complicado”. El que hilvana ideas es “teórico”. El que no traga entero es “filósofo”, dicho como quien dice “desocupado”. Otra forma elegante de mandarlo al rincón.

La historia grande repite la misma escena. Esta isla está construida sobre una lección silenciosa: el que se atreve paga en vida y se adora después de muerto.

Duarte, Henríquez Ureña y tantos otros se atrevieron a soñar un país decente y terminaron lejos o pobres, incómodos para los que se reparten el poder. En vida, sospechosos. Después, próceres de mármol. Mandamos a los niños al rincón por “pensar demasiado” y a los que soñaron este país los mandamos al exilio, a la miseria o a la bala. El método es el mismo. Solo cambia el tamaño del castigo. Ese historial no desaparece: se nos quedó pegado como un trauma.

El miedo se nos volvió idioma: se cuela en el tono, en los silencios, en los chistes. Nos aterra perder: el trabajo, el grupo, el “buen nombre”, el turno en la fila. Por no asumir la derrota, aceptamos casi cualquier victoria ajena: la del vivo, la del trepador, la del que pisa primero para no ser pisado después.

Y el poder cae en la misma trampa. Gobierna con miedo y desde el miedo: al desorden, a las redes, a las encuestas, a un pueblo al que él mismo enseñó a asustarse. Es un perro persiguiendo su propia cola: una cárcel sin carcelero, levantada con siglos de susto acumulado.

En el fondo, eso somos: una democracia que dice creer en la libertad, pero que todavía tiembla cuando alguien se atreve a usar la cabeza sin agacharla, aunque pierda algo por hacerlo.

En un país donde al trepador se le llama “ganador”, la única victoria decente es la del que acepta perder ventajas antes que entregarle su conciencia al miedo.

Para la libertad solo falta que nos dejen de importar algunas cosas.