La inmediatez y la paciencia

ElAvance | 11 agosto 2026

Carlos Pérez Tejada

Vivimos en una era dominada por la inmediatez. Todo ocurre rápido, todo se publica rápido y todo parece tener que conseguirse rápido. Las plataformas digitales nos han acostumbrado a ver resultados inmediatos; alguien emprende hoy y mañana parece exitoso; alguien comienza una carrera y en cuestión de meses proyecta una vida resuelta; otro sube un video y, de repente, tiene millones de reproducciones. El problema es que ver el resultado y no el proceso se ha convertido en la regla. Vemos la cima, pero no la montaña.

Esa lógica de la inmediatez ha cambiado nuestra relación con el tiempo. Nos hemos acostumbrado a querer respuestas rápidas, ascensos rápidos, dinero rápido, reconocimiento rápido. Y cuando las cosas no llegan al ritmo que esperamos, aparece la frustración. En esta era digital dominada por el algoritmo, el cual nos da contenido para mantenernos pegados a la pantalla, este nos vende historias comprimidas, pero la vida real no funciona así. La mayoría de los logros importantes requieren tiempo, repetición, errores, aprendizaje y, sobre todo, paciencia.

Los estoicos entendían esto bastante bien. Séneca advertía que “ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige”. La frase no habla únicamente de dirección, también habla de paciencia. No basta con moverse; hay que saber hacia dónde. No basta con hacer mucho; hay que hacer lo correcto durante suficiente tiempo para que produzca resultados.

La juventud tiene algo extraordinario, pero peligroso si no se sabe administrar: energía. Tiene hambre, ambición, velocidad y una sensación casi invencible de que todo se puede conquistar. Y eso es bueno. Muchas de las grandes transformaciones de la historia han sido impulsadas por personas jóvenes que no aceptaron los límites de su tiempo. Pero esa misma energía, cuando no está acompañada de experiencia y criterio, puede convertirse en una combinación peligrosa.

La experiencia tiene un defecto: llega tarde. Nadie nace sabiendo cuándo debe hablar, cuándo debe esperar, cuándo insistir o cuándo retirarse. Ese criterio se construye a golpes, con malas decisiones, errores, decepciones y oportunidades perdidas. Marco Aurelio insistía en la importancia de dominar nuestras reacciones y actuar con razón, no con impulso. Y ese es quizás uno de los mayores retos de nuestra época, el de no confundir velocidad con sabiduría.

Pensemos en un joven profesional que cambia de trabajo cada seis meses porque siente que “no está creciendo lo suficiente”. Puede que tenga razón, pero también puede que esté abandonando el proceso justo antes de aprender lo que necesitaba aprender. O en el emprendedor que lanza un negocio y, después de tres meses sin resultados extraordinarios, decide que la idea no funciona. Muchas veces el problema no era el proyecto, sino la expectativa equivocada sobre el tiempo que toma construirlo.

Lo mismo ocurre en la política. Hay decisiones que pueden ser correctas, pero si se toman en el momento equivocado o sin preparar a la sociedad para entenderlas, fracasan. Hay reformas que necesitan años para mostrar resultados, pero vivimos en una cultura que exige soluciones en semanas. El político que solo piensa en la reacción inmediata termina gobernando para el aplauso, no para el futuro.

Epicteto enseñaba que hay cosas que dependen de nosotros y otras que no. Esa idea es fundamental para entender la paciencia. Podemos controlar el esfuerzo, la disciplina, la preparación y la forma en que reaccionamos. Pero no podemos controlar siempre el momento exacto en que llegará el resultado. La frustración aparece cuando intentamos dominar aquello que no está bajo nuestro control.

La paciencia, entonces, no es pasividad. Es disciplina sostenida.

Un agricultor no siembra hoy y desentierra la semilla mañana para comprobar si está creciendo. La riega, la cuida y espera. Un atleta no llega a unos Juegos Olímpicos con tres meses de entrenamiento. Un médico no se convierte en especialista después de leer un libro. Y una reputación profesional no se construye con una publicación viral. Todo aquello que tiene valor suele necesitar tiempo.

También ocurre en las relaciones humanas. En esta era de mensajes instantáneos, hemos trasladado la lógica de la velocidad a nuestras relaciones. Esperamos respuestas inmediatas, soluciones rápidas a conflictos complejos y descartamos personas con la misma facilidad con que deslizamos una pantalla. Pero algunas de las batallas más difíciles en las relaciones requieren conversación, paciencia y tiempo para comprender al otro.

La gran paradoja es que la tecnología nos ha dado herramientas para ahorrar tiempo, pero al mismo tiempo nos ha hecho más impacientes. Tenemos acceso inmediato a información, transporte más rápido, comunicación instantánea y sistemas de inteligencia artificial capaces de resolver tareas en segundos. Sin embargo, seguimos necesitando años para construir experiencia, confianza, reputación y sabiduría.

Aristóteles entendía la virtud como un hábito. No somos pacientes porque un día decidimos serlo; nos convertimos en pacientes porque practicamos la paciencia. Lo mismo ocurre con el criterio. Se construye cada vez que decidimos no reaccionar impulsivamente, cada vez que esperamos antes de hablar y cada vez que aceptamos que algunas metas necesitan más tiempo del que quisiéramos.

Por eso, quizás el gran reto de las nuevas generaciones sea combinar lo mejor de ambos mundos: mantener la energía de la juventud, pero cultivar la paciencia de quien entiende que la vida es larga. No apagar la ambición, sino aprender a administrarla. No correr menos, sino saber hacia dónde se corre.

Porque llegar rápido no siempre significa llegar bien. Y muchas veces aquel que parece ir más lento simplemente está construyendo algo que durará más.

La vida no es un reel de treinta segundos. Es una historia larga, llena de capítulos, pausas, errores y aprendizajes. Y como me dijo un día don Orlando Jorge Mera, “la vida no es un sprint, sino un maratón, hay que resistir”.