La herida de Caín en la campaña permanente: anatomía del poder que nace del rechazo

ElAvance | 12 octubre 2026


Rolando Espinal.
En exclusiva para El Avance Media.

Ninguna campaña política comienza en el vacío. Comienza en una herida. La herida del hombre que sintió que el sistema no lo miró, que su ofrenda no fue aceptada, que el otro —el vecino, el hermano, el que llegó después— recibió el reconocimiento que a él le negaron. La política moderna no inventó esa herida. La heredó. Caín la inauguró en el primer capítulo de la historia humana y desde entonces no ha dejado de reproducirse en cada elección, en cada discurso, en cada algoritmo que premia la indignación.

La tesis de este ensayo es precisa: las campañas políticas que llegan al poder de forma contundente no inventan emociones; las canalizan. No crean el rechazo; lo organizan. No producen el enojo; lo traducen en mayoría. Quien ignore esta gramática emocional perderá, aunque tenga el mejor programa de gobierno. Quien la domine, ganará, aunque no tenga ninguno. La advertencia es de Gramsci, y tiene casi un siglo: en las sociedades desarrolladas, "no es posible la toma del poder político sin la previa captura del poder cultural".

La guerra de posiciones: Gramsci y la hegemonía antes de la urna

Antonio Gramsci escribió en sus Cuadernos de la cárcel que el poder no se conquista solo con la insurrección. Se conquista con la hegemonía cultural, con un "largo trabajo ideológico en la sociedad civil que permita preparar el terreno". Su concepto de bloque histórico es la clave que los estrategas modernos han adoptado —a veces sin citarlo—: una alianza de fuerzas sociales unidas por un proyecto intelectual y moral que se vuelve sentido común.

Caín no construyó un bloque. Construyó un resentimiento. Y ese es el pecado original de toda campaña que nace del rechazo sin estrategia: confundir la queja con el proyecto. Gramsci lo advirtió con precisión quirúrgica. El intelectual orgánico no es el que grita más fuerte, sino el que "da homogeneidad y conciencia" a un grupo social, el que convierte la dispersión en voluntad colectiva. La campaña que gana no es la que moviliza el enojo de Caín contra Abel. Es la que convierte ese enojo en un nosotros organizado, con demandas claras, con agenda, con horizonte.

El rechazo es la materia prima. La hegemonía es el producto terminado. Entre ambos media la guerra de posiciones, que no se libra en las calles sino en los medios, en las escuelas, en las iglesias, en las redes. El que controla el marco, gana antes de contar los votos.

La Regla 13: Alinsky y la polarización como método

Saul Alinsky lo escribió en 1971 con una franqueza que incomoda: Rules for Radicals "está escrito para los que no tienen el poder, sobre cómo quitárselo". Su Regla 13 es la más citada y la más peligrosa: "Pick the target, freeze it, personalize it, and polarize it" —Elige el blanco, congélalo, personalízalo, polarízalo—.

Esa regla es la traducción táctica de la herida de Caín. El rechazado no necesita un enemigo abstracto. Necesita un rostro. Alinsky lo sabía: "el organizador dedicado a cambiar la vida de una comunidad debe primero frotar en carne viva los resentimientos de la gente, avivar las hostilidades latentes hasta el punto de la expresión abierta". La campaña que gana no suaviza el enojo. Lo agudiza. Lo dirige. Lo convierte en blanco.

Pero Alinsky también dejó una advertencia que los estrategas contemporáneos olvidan con frecuencia: su marco "prosperó con el conflicto manufacturado como motor exclusivo del cambio", y ese marco "no tiene hoja de ruta para la gobernanza". Ganar la elección polarizando es fácil. Gobernar el país que quedó polarizado es otra cosa. La campaña que solo sabe de rechazo y venganza llega al poder sin saber qué hacer con él.

La trampa de la gobernanza: América Latina y el poder que no se sostiene

La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) lo ha documentado con rigor: la región está atrapada en una "trampa de gobernanza poco efectiva", una configuración político-institucional que "reduce las capacidades del Estado para conducir transformaciones". El problema no es de diseño técnico de políticas públicas, sino de "incapacidad estructural para coordinar capacidades institucionales como un sistema funcional e integrado".

La polarización política ha crecido de forma sostenida desde los años noventa y se ha estabilizado en niveles históricamente altos. La campaña que gana con la gramática de Caín hereda un país fragmentado, con "ciclos políticos acotados, fragmentación del poder, capacidades institucionales débiles". La victoria electoral no resuelve la herida. La institucionaliza.

Aquí es donde el estratega de campaña debe convertirse en estratega de gobierno. Y aquí es donde el periodismo de alto perfil especializado en gobernanza se vuelve indispensable. El Premio Nyhan de Periodismo de Políticas Públicas celebra precisamente a quienes "elevan la comprensión pública de las políticas, la política y el impacto del gobierno en la vida de las personas —especialmente aquellos que a menudo no son escuchados por los pasillos del poder". La gobernanza no se legitima con discursos. Se legitima con resultados verificables, con transparencia, con rendición de cuentas.

El poder inteligente: Nye y la combinación de coerción y atracción

Joseph Nye acuñó el término smart power en 2004 para describir "la combinación estratégica de coerción y persuasión". El soft power —"la capacidad de obtener lo que quieres mediante la atracción y la persuasión"— no es suficiente por sí solo. Pero el hard power sin narrativa es pura brutalidad. La campaña que llega al poder de forma contundente combina ambos: moviliza con la emoción (soft) y organiza con la estructura (hard).

La herida de Caín es soft power en estado puro: la capacidad de conectar con el dolor del rechazado, de decirle "yo entiendo tu enojo, yo soy tu enojo". Pero la gobernanza requiere hard power: instituciones, presupuesto, capacidad de implementación. Nye lo dice sin rodeos: "No hay situaciones en las que no quieras algo de hard power, y hay otras en las que el soft power no es efectivo". El estratega que solo sabe de emociones gana elecciones y pierde gobiernos.

El marco mental: Lakoff y la batalla por las palabras

George Lakoff demostró que las palabras activan marcos mentales que estructuran la percepción. Su ejemplo del "alivio fiscal" es paradigmático: la expresión construye un marco donde "los impuestos son una desgracia; la persona que los suprime es un héroe, y quienquiera que intente frenarlo es un mal tipo". Una vez que ese marco se instala —vía notas de prensa, radio, televisión, periódicos—, incluso los adversarios lo adoptan sin darse cuenta.

La campaña que llega al poder no pelea por hechos. Pelea por marcos. No dice "somos la alternativa". Dice "somos el alivio". No dice "el gobierno falló". Dice "el gobierno te falló a ti". El marco no apela a la razón. Apela a la experiencia visceral del rechazo. Lakoff lo resume con una frase que todo estratega debería tatuarse: "El enmarcado tiene que ver con elegir el lenguaje que encaja en tu visión del mundo".

La emoción primaria: Greenberg y la herida que se oculta

Stanley Greenberg, el encuestador que ayudó a Bill Clinton a ganar en 1992, descubrió algo que transformó la consultoría política: las emociones políticas no son lo que parecen. Greenberg distingue entre emociones primarias y secundarias: "la emoción primaria es el sentimiento básico, y la emoción secundaria podría ser… pero la emoción primaria detrás del enojo podría ser el sentirse herido".

Esa es la clave de la campaña contundente. El enojo es la superficie. La herida es el fondo. El votante que grita en un mitin no está enojado con el gobierno. Está herido porque el sistema no lo vio, porque la globalización lo dejó atrás, porque su ofrenda —su trabajo, su comunidad, su cultura— no fue aceptada. Greenberg lo documentó en sus grupos focales con votantes blancos de clase trabajadora: "sienten como si estuvieran bajo asedio". La campaña que conecta con esa herida gana. La que solo habla de políticas públicas pierde.

El narrador: Axelrod y la historia que se encarna

David Axelrod, el estratega que llevó a Barack Obama a la presidencia, entendió algo que sus adversarios no: "la campaña moderna realmente no se trata de la arcanidad de las políticas o del historial del candidato; se trata de una narrativa más visceral, más personal". Axelrod no vendía un programa. Vendía una historia. La historia de un hombre que encarnaba el sueño americano, que había sido rechazado y había trascendido, que hablaba de esperanza y cambio no como eslóganes sino como experiencia vivida.

El New York Times lo llamó "el narrador de Obama". Y esa es exactamente la función del estratega en la era de Caín: contar la historia que el votante rechazado quiere escuchar sobre sí mismo. No la historia de lo que el candidato hará. La historia de lo que el votante ya es. La campaña que gana no dice "vota por mí". Dice "yo soy tú, y juntos vamos a recuperar lo que nos quitaron".

La síntesis: de la campaña al gobierno

La campaña política que llega al poder de forma contundente opera en cuatro capas simultáneas:

Primera capa: la herida. Identifica el rechazo. No lo niega. No lo suaviza. Lo nombra. El votante rechazado necesita saber que alguien lo ve.

Segunda capa: el marco. Traduce la herida en lenguaje. No "estamos en crisis". "Te robaron". No "necesitamos reformas". "Vamos a recuperar lo tuyo". El marco no explica. Conecta.

Tercera capa: el blanco. Personaliza el enemigo. No "el sistema". "Ellos". Los que se beneficiaron mientras tú te quedabas atrás. La Regla 13 de Alinsky no es una sugerencia. Es una ley de la psicología política.

Cuarta capa: la estructura. Organiza la emoción en poder. Gramsci lo llamó bloque histórico. Alinsky lo llamó organización comunitaria. Nye lo llamó smart power. Es lo que separa la protesta del gobierno.

Pero la campaña no termina el día de la elección. El día de la elección comienza la gobernanza. Y ahí, la herida de Caín se convierte en el mayor riesgo. Porque el poder que nace del rechazo tiende a reproducir el rechazo. El que fue rechazado rechaza. El que fue humillado humilla. El que se sintió excluido excluye. Es la gramática de Lamec: "setenta veces siete".

La campaña que llega al poder de forma contundente y se sostiene en el poder no es la que perpetúa la herida. Es la que la cierra. La que convierte el enojo en instituciones. La que transforma el rechazo en inclusión. La que usa la hegemonía no para dominar sino para construir. La que entiende que el poder más duradero no es el que se impone, sino el que se consiente.

Gramsci lo dijo con una claridad que los estrategas contemporáneos harían bien en recuperar: el proletariado "puede llegar a ser dominante y dirigente solo en la medida en que logre ganar el consentimiento de amplios sectores subalternos". La política no es la guerra. Es la construcción del consentimiento. Y el consentimiento no se construye con venganza. Se construye con justicia.

Caín fundó una ciudad y la llamó Enoc. Pero no pudo gobernarla. La herida lo siguió hasta el final. La campaña política moderna enfrenta la misma disyuntiva: puede ganar con la gramática de Caín, pero solo gobernará con la gramática de Abel. La ofrenda aceptada no es la que se presenta por obligación. Es la que se presenta con libertad. La política que nace del rechazo puede llegar al poder. La política que trasciende el rechazo puede transformarlo. Esa es la diferencia entre ganar una elección y ganar un país.