La guerra que realmente importa: petróleo, dólar y tiempo

ElAvance | 04 marzo 2026

Virgilio Feliz

Cuando estalla un conflicto en Medio Oriente, el debate internacional suele centrarse en la geopolítica, las alianzas militares o las tensiones ideológicas. Sin embargo, más allá de las narrativas diplomáticas, para la economía mundial —y para países como la República Dominicana— hay tres variables que realmente determinan el impacto de una guerra: el precio del petróleo, el comportamiento del dólar y la duración del conflicto.

Durante los últimos meses, el precio del barril de petróleo se había mantenido relativamente bajo. La razón era simple: existía abundancia de crudo en el mercado internacional. Sin embargo, el precio del petróleo no siempre responde únicamente a la demanda. En muchas ocasiones se mueve por expectativas, riesgos geopolíticos y, sobre todo, por especulación financiera.

En el escenario actual, gran parte de la presión sobre los precios proviene de actores del mercado que operan con futuros, fondos de inversión y empresas que mantienen reservas almacenadas de crudo. La demanda global no ha experimentado un crecimiento significativo, pero el temor a interrupciones en el suministro ha generado una prima de riesgo que empuja el precio hacia arriba.

A esto se suma un factor estratégico: en contextos de guerra, muchos productores prefieren reducir o incluso detener la extracción. No porque el petróleo haya desaparecido, sino porque producir en medio de un escenario de ataques militares puede convertirse en una apuesta demasiado arriesgada. Un solo misil puede destruir instalaciones completas de producción o almacenamiento.

Además, el problema no se limita a Irán. La región completa del Golfo Pérsico concentra una parte significativa de la infraestructura energética mundial. Irán, Irak y otros países del área albergan campos petroleros, terminales de almacenamiento y rutas de exportación que, en un conflicto abierto, pueden convertirse en objetivos militares tanto para Irán como para sus adversarios y los aliados de Estados Unidos.

El impacto económico global de esta tensión se refleja en dos movimientos casi automáticos de los mercados.

El primero es el aumento del precio del petróleo. No necesariamente por mayor consumo, sino por la percepción de riesgo y la especulación financiera.

El segundo es la apreciación del dólar. Cada vez que el mundo percibe inestabilidad geopolítica, los grandes capitales buscan refugio en activos considerados seguros, principalmente bonos del Tesoro de Estados Unidos. Este fenómeno, conocido en los mercados como “flight to safety”, fortalece al dólar frente a otras monedas.

En República Dominicana ya comienzan a observarse algunos efectos indirectos. En la última semana el dólar registró una caída cercana a los 300 puntos, un movimiento que muchos analistas interpretan como una intervención administrativa del Banco Central para amortiguar el impacto que el aumento del petróleo podría tener sobre la inflación interna.

Este tipo de medidas busca contener temporalmente las presiones de precios. Sin embargo, es importante reconocer que se trata de herramientas limitadas. Si el conflicto se prolonga, sostener artificialmente ese tipo de estabilidad cambiaria se vuelve cada vez más difícil.

En realidad, el principal factor económico que juega en contra del mundo no es la intensidad inicial del conflicto, sino su duración. El tiempo es la variable crítica.

Si el enfrentamiento es breve, los mercados suelen corregirse rápidamente. Pero si la guerra se extiende, la presión sobre los precios de la energía se vuelve estructural.

Desde el punto de vista militar, es probable que en algún momento en Washington se haya considerado un escenario de rápida resolución: un ataque contundente, eliminar la línea de mando, debilitar la estructura militar iraní y estabilizar la situación.

Sin embargo, Irán no es un país fácil de someter. Se trata de un Estado con una fuerte estructura ideológica, una sociedad profundamente influenciada por la religión y una población cercana a los 90 millones de habitantes. Ese contexto convierte cualquier intento de control directo en una tarea extremadamente compleja.

En la práctica, Estados Unidos —y Donald Trump— podría enfrentarse a dos decisiones estratégicas.

La primera sería destruir la mayor cantidad posible de capacidades militares iraníes, declarar una victoria estratégica y retirarse.

La segunda opción sería desplegar tropas en territorio iraní, lo que inevitablemente prolongaría el conflicto durante años.

Si ese segundo escenario llegara a materializarse, las consecuencias económicas serían inevitables. El mundo tendría que acostumbrarse a una nueva realidad energética.

Una realidad en la que, sencillamente, habría que decirle adiós al petróleo barato.