La Dominicanidad es en realidad un Estándar

ElAvance | 27 enero 2026

Gabriel López,
Cristiano, comunicador, atleta y docente.


La semana pasada tuve el privilegio de leer un artículo en un medio dominicano, cuya premisa me llamó la atención: La Dominicanidad es una Falacia. Dicho artículo presentó magistralmente una opinión que estoy seguro muchas personas estarían de acuerdo cuando la digieren: la llamada “dominicanidad” a la que apelamos como identidad nacional no existe, ya que los símbolos a los que se aferran no son más que expresiones culturales de una degradación moral, que solo toma forma al momento de crear contrastes con otras naciones; especialmente con el vecino país de Haití. El artículo expresaba su posición de rechazo hacia la incoherencia de nuestro discurso y accionar, entre lo que sentimos y lo que pensamos; y cómo nuestra vida social: desde la familia hasta el desarrollo político general está vacío de identidad real.

Este artículo me hizo pensar bastante sobre la realidad de quiénes somos. Y debo confesar que la definición de “dominicanidad” de la población dominicana está dividida en dos: primero está la dominicanidad de esas casas con patio, que aún comparte el café; esa que en las fiestas colocan merengues de Juan Luis y bailan a Los Rosario. Es esa dominicanidad que aún cree en la comunidad de las juntas de vecinos, las asociaciones de padres de los colegios tradicionales; aquella dominicanidad que cuelga su bandera en Febrero y que disfruta de sus tradiciones y expresiones culturales en familia. Pero también existe esa dominicanidad que se expresa en el tigueraje y la bacanería, que justifica su astucia y viveza bajo la premisa de la “experiencia de la calle y los sectores populares”. Esa dominicanidad que llega incluso a colocar nuestros símbolos patrios en videos musicales sobre modelos hipersexualizadas. Es esa dominicanidad expresada en las Paradas Dominicanas en Nueva York y Madrid, y que camina por nuestras playas buscando “mangar su visa” y “mejorar la raza”.

Si, existen dos “dominicanidades” si la Academia Dominicana de Lenguas puede darme el lujo de utilizar ese pluralismo gramático. Una dominicanidad que ve su mundo destruirse gracias a los abusos sociales de parte del Estado y el conciudadano, otra dominicanidad que alza la voz rebelándose en contra de su status quo. La dominicanidad del “popi” y del “wawawá” es palpable y real. Pero considero que ambas son expresiones incompletas.

A diferencia del autor del artículo que afirma que la dominicanidad es un concepto falso, yo estipulo que la dominicanidad es un estándar, el cuál nunca hemos alcanzado a través de nuestra historia.

Es un estándar estadista; marcado por una visión republicana, claramente nacionalista y cimentada en derechos fundamentales, sistemas independientes y estructura social progresista, gracias a la visión cosmopolita de Duarte. Es un estándar educativo impulsado por Hostos y Martí, Bonó, Espalliat, la familia Henriquez Ureña, Fiallo y muchos otros intelectuales que desarrollaron, cultivaron, elevaron, preservaron y multiplicaron una estructura educativa la cuál un 4% le ha quedado pequeño; porque no vale grandes presupuestos con mentes pequeñas y mezquinas. Es un estándar cultural que mezcla la educación y una dignidad social que resalta nuestro sancocho étnico, revelando nuestra elegancia europea y nuestra pasión negroide africana, así como lo lograron Eduardo Brito y Casandra Damirón. Es un estándar cívico; que si bien es cierto nace de un sistema de represión, miedo y tiranía, marcó un antecedente de disciplina, respeto a la autoridad, trabajo duro y visión a futuro que moldeó a generaciónnes, antes de que el globalismo nos criara, tanto a mi generación como a las que siguen. Es un estándar político que no ha dado a luz, ya que desde los albores del siglo XX, estamos lidiando con “bolos”, “colúses” y caudillos con triples intenciones, siendo idolatrados por hombres de estómagos y mentes vacías con egos inflados.

Aún no hemos alcanzado la dominicanidad soñada por los próceres y por los ciudadanos dolientes de hoy. Pero se que existe. Es una dominicanidad valiente, que da la cara y se levanta ante la corrupción; iniciando con la suya propia. Es una dominicanidad culta, profunda y comunicativa. Es una dominicanidad alegre; aún con su chispa, pero realzando valores, ideas y conceptos que aporte positivamente a cada persona que la disfruta. Es una dominicanidad políticamente justa, férrea, desinteresada y futurista.

Es, en fin: una dominicanidad que va más allá de creerme que soy mejor dominicano que otros, solo porque lo único que bailo en mis juntes y fiestas son los merenguitos de Juan Luis; una dominicanidad que no busca “mejores playas” en el extranjero, ni “mejorar la raza”.

Una dominicanidad de verdad.