La batalla que más teme el PRM no está en la oposición, sino en su propia sucesión

ElAvance | 22 junio 2026

Los llamados a la unidad formulados por Luis Abinader, José Ignacio Paliza y Carolina Mejía sugieren que el principal desafío del oficialismo podría estar menos en la oposición y más en la capacidad del partido para administrar la transición hacia su próximo liderazgo presidencial.

Carlos del Pozo.
Comunicador y analista político.

La reunión del Comité Nacional del PRM dejó una imagen política que merece atención porque, mientras buena parte del debate público suele concentrarse en la fortaleza o debilidad de la oposición, los principales dirigentes oficialistas dedicaron sus mensajes a la necesidad de preservar la unidad partidaria, en momentos en que la organización comienza a enfrentar uno de los desafíos más delicados para cualquier fuerza gobernante, la transición hacia su próximo liderazgo presidencial.

Las palabras del presidente Luis Abinader, del presidente del partido José Ignacio Paliza y de la secretaria general Carolina Mejía no fueron fruto de una coincidencia discursiva. 

Los tres colocaron la unidad en el centro de sus intervenciones, insistieron en la importancia de proteger el proyecto colectivo y advirtieron sobre los riesgos de permitir que las diferencias internas terminen desplazando los objetivos comunes de la organización, una preocupación comprensible si se toma en cuenta que los partidos suelen sentirse más cómodos enfrentando adversarios externos que administrando sus propias disputas internas.

La amenaza de la oposición tiende a generar cohesión porque obliga a construir una causa común alrededor de un objetivo compartido, mientras que la sucesión abre espacios para que surjan liderazgos, expectativas y proyectos que compiten por ocupar un mismo espacio dentro de una estructura que hasta entonces avanzaba bajo una dirección relativamente unificada. 

En términos simples, la oposición suele unir, mientras que la sucesión pone a prueba la capacidad de una organización para procesar diferencias sin fracturarse.

Por esa razón resulta particularmente significativo que Abinader afirmara que el compañero no es el adversario y que advirtiera sobre el riesgo de permitir que diferencias legítimas terminen convirtiéndose en divisiones innecesarias, ya que más que una reflexión general sobre la convivencia partidaria, sus palabras parecen responder a una realidad que comienza a hacerse visible dentro del oficialismo.

La conversación sobre quién encabezará la próxima etapa política del PRM ya comenzó y la dirección partidaria parece decidida a evitar que esa competencia se transforme prematuramente en un factor de desgaste. 

Nada de eso debería sorprender, porque toda organización que gobierna y aspira a mantenerse en el poder debe enfrentar tarde o temprano el desafío de la renovación de sus liderazgos, siendo las aspiraciones presidenciales una consecuencia natural de cualquier partido que acumula poder, resultados electorales y figuras con vocación de continuidad.

Las intervenciones de Paliza y Carolina Mejía complementaron la misma idea al insistir en que el partido debe estar por encima de los intereses individuales y que la permanencia del proyecto político constituye una responsabilidad que trasciende a quienes hoy ocupan posiciones de liderazgo. 

Detrás de ese mensaje parece existir una preocupación estratégica que va más allá de la coyuntura inmediata, porque administrar con inteligencia una competencia interna que inevitablemente irá creciendo a medida que se acerque el próximo ciclo electoral será tan importante como defender los logros alcanzados desde el gobierno.

La verdadera prueba del PRM no consistirá únicamente en ganar una nueva elección, sino en demostrar que puede atravesar una sucesión presidencial sin que la competencia por el futuro termine debilitando el presente. 

Los partidos fuertes no son aquellos donde nadie aspira, sino aquellos capaces de convertir esas aspiraciones en un mecanismo de renovación sin poner en riesgo la cohesión que les permitió llegar al poder.

Al final, la historia política demuestra que muchos partidos han perdido el poder mucho antes de llegar a las urnas, no porque la oposición lograra derrotarlos, sino porque las disputas internas terminaron debilitando la cohesión que los había llevado al gobierno. 

Esa parece ser la preocupación que subyace detrás de los llamados a la unidad escuchados durante el encuentro del PRM, una organización que comienza a enfrentar la prueba que distingue a los partidos duraderos de los partidos circunstanciales.

La cuestión ya no parece ser si surgirán nuevos liderazgos, porque eso es inevitable en toda organización que ejerce el poder, sino si el partido será capaz de administrar esa transición sin que la competencia por el futuro termine debilitando las fortalezas que hoy exhibe desde el gobierno, una prueba que en ocasiones resulta más difícil que enfrentar a la propia oposición.