Hermanas y menores, violadas y embarazadas por el mismo verdugo

Ruth Encarnacion | 17 febrero 2026

La realidad del embarazo adolescente en RD

Por: Ruth Esther Encarnaciòn

El embarazo en adolescentes en la República Dominicana continúa siendo una sombra gris que arropa a miles de niñas y jóvenes, una realidad silenciosa que irrumpe de forma temprana en sus vidas y las marca para siempre. Más allá de una estadística, se trata de una problemática social profunda que impacta la salud, la educación y el futuro de quienes la enfrentan. A pesar de su gravedad, el país aún carece de políticas públicas claras, sostenidas y efectivas que permitan prevenir este fenómeno de manera integral.

La situación volvió a quedar en evidencia con la llegada del primer bebé del año 2026, recibido en el Hospital Universitario Maternidad Nuestra Señora de la Altagracia (HUMNSA) por una adolescente de apenas 16 años. El hecho ocupó titulares y portadas, pero detrás de esa noticia simbólica se esconde una realidad cotidiana que se repite en hospitales, barrios y comunidades vulnerables de todo el país.

Un patrón que se repite en los sectores más vulnerables

Cuando se profundiza en los casos de madres adolescentes, especialmente a partir de los 14 años, surge un patrón común difícil de ignorar. En su gran mayoría, estas niñas provienen de familias de bajos recursos o viven en condiciones de pobreza extrema. Esta coincidencia plantea interrogantes que van más allá de lo individual y apuntan directamente a lo social.

¿Por qué el embarazo adolescente se concentra mayoritariamente en contextos de pobreza?

¿Se ven estas niñas obligadas a exponerse a temprana edad para cubrir necesidades básicas del hogar?


¿Existen adultos que se aprovechan de su vulnerabilidad económica y emocional?
¿Se trata de una falta de orientación, de educación sexual o del abuso de su inocencia?

Las respuestas no son simples ni únicas. Sin embargo, la historia que se relata a continuación ofrece una mirada cruda y humana sobre cómo estas variables se entrelazan y desembocan en tragedias que marcan de por vida.

Dos hermanas, una misma herida

Por motivos de seguridad y para proteger su identidad, los nombres reales han sido omitidos. En este reportaje las llamaremos Luz y Estrella, dos hermanas menores de edad que fueron abusadas sexualmente y quedaron embarazadas del mismo hombre.

Hoy, ambas se encuentran recién paridas. Cada una sostiene en brazos a una niña. Sus hijas nacieron con menos de un mes de diferencia y comparten un vínculo que nunca debió existir: ser hermanas, hijas del mismo agresor.

Estrella

Estrella tiene 14 años. Su voz es baja y pausada cuando recuerda el episodio que cambió su vida. Confiesa que fue abusada sexualmente una sola vez, pero ese único acto bastó para arrebatarle la infancia.

Después del abuso, el agresor la amenazó de muerte.

“Si dices algo, mato a tu papá. A mí no me importa nada, yo estuve preso, hice seis años de cárcel”, le dijo.

El miedo la paralizó. Calló. Guardó el dolor, la vergüenza y la confusión en silencio. Con el paso de los meses, su cuerpo comenzó a cambiar. Su rostro se hinchó, su abdomen creció y empezó a sentir movimientos en el estómago. Sabía que estaba embarazada, pero no se atrevía a decírselo a nadie.

El temor era más fuerte que la necesidad de ayuda.

Estrella relata que, en medio de la desesperación, pensó en hacerse daño para perder el embarazo, incluso en quitarse la vida. Otras veces imaginó regalar a la niña después del parto. No se sentía preparada para ser madre ni emocional ni mentalmente.

Le dolía especialmente pensar en decírselo a su madre. Dos semanas antes, ella ya había recibido un golpe devastador al enterarse del embarazo de Luz, la hermana mayor. Ver la tristeza reflejada en su rostro hizo que Estrella se convenciera de que no soportaría una noticia más.

Finalmente, un mes antes de dar a luz, no pudo seguir ocultándolo. Cuando confesó la verdad, su madre se desplomó. El impacto fue aún mayor al descubrir que el responsable era el mismo hombre a cuya casa enviaban a sus hijas a ayudar en los quehaceres domésticos, como una forma de aportar algo a los gastos del hogar.

Luz: callar por miedo

Luz tiene 16 años y es la hermana mayor. Su historia también está marcada por el silencio y el temor. A diferencia de Estrella, fue abusada en tres ocasiones por el mismo hombre, quien también la dejó embarazada.

Relata que ocultó su estado hasta los últimos días antes de dar a luz. No lo hizo por desconocimiento, sino por miedo. Temía la reacción de su madre y la posibilidad de ser castigada.

Durante meses, una vecina le advirtió que podía estar embarazada. Luz no lo creyó, o quizás no quiso creerlo. Fue esa misma vecina quien finalmente informó a su madre. Ante el miedo y la presión, Luz recogió algunas pertenencias y se mudó a casa de una tía.

Infancias interrumpidas

Ambas hermanas coinciden en que el cambio en sus vidas ha sido drástico. Ser madres a tan temprana edad las enfrentó a una responsabilidad para la cual no estaban preparadas.

“Duele haber pausado los estudios cuando aún debían ser nuestra prioridad”, confiesan.
“Es difícil no tener dinero para comprar lo que necesitan nuestras bebés. Es duro siendo una niña criar a otra”.

Las noches sin dormir, los llantos constantes y la carga emocional las sobrepasan. Para Estrella, lo más doloroso es que sus hijas sean hermanas.

“Por regla familiar debían ser primas, no hermanas. Hijas del mismo hombre que nos hizo esto”, lamenta.

Una realidad social que se repite

El caso de Luz y Estrella es una muestra clara de cómo el embarazo adolescente está profundamente ligado al entorno social. La pobreza, la falta de supervisión adulta, la necesidad económica y la ausencia de educación sexual integral crean escenarios donde el abuso se vuelve posible.

Las niñas acudían a esa casa para realizar labores domésticas y ayudar con los gastos familiares. Allí comenzó el capítulo más oscuro de sus vidas.

Cifras que confirman la emergencia

De acuerdo con datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), durante el tercer trimestre del año 2025 se registraron 10,814 embarazos en adolescentes, sin incluir abortos ni cifras provenientes de patronatos, organizaciones no gubernamentales o centros privados.

Qué dice la legislación

La Ley No. 136-03, que crea el Código para el Sistema de Protección y 1os Derechos Fundamentales de Niños, Niñas y Adolescentes, establece en su artículo 396 penas de 2 a 5 años de prisión y multas de 3 a 10 salarios mínimos contra quienes sostengan relaciones sexuales con un o una menor de edad.

Cuando el autor o autora del hecho mantiene una relación de autoridad, guarda o vigilancia (maestro, guardianes, funcionarios, policías, etc.) sobre el niño, niña o adolescente y se producen lesiones severas, comprobadas por especialistas en el área, se aplicará el máximo de la pena.

El artículo 397 determina que, si el abuso es cometido por el padre, la madre y otros familiares, tutores o guardianes, responsables del niño, niña o adolescente, en contra de sus hijos, hijas o puestos bajo su guarda o autoridad, serán sancionados con privación de libertad de 2 a 5 años y multa de 1 a 5 salarios mínimos establecido oficialmente y en todo caso, la pena debe ir acompañada de tratamiento psicoterapéutico.

De su lado, la Ley 1-21 en su artículo 1 establece que "tiene por objeto prohibir que las personas menores de dieciocho años contraigan matrimonio, mediante la modificación y derogación de varias disposiciones del Código Civil de la Ley No. 659, del 17 de julio de 1994, sobre actos del Estado Civil".

La responsabilidad del Estado

El embarazo adolescente en la República Dominicana no puede seguir siendo tratado como una consecuencia inevitable de la pobreza ni como una responsabilidad individual que recae únicamente sobre las niñas que lo enfrentan. Detrás de cada historia hay un entramado social marcado por la desigualdad, la falta de oportunidades, el silencio, la violencia y la ausencia de protección efectiva por parte del Estado.

Casos como el de Luz y Estrella evidencian que la maternidad temprana, en muchos contextos, no es el resultado de una elección, sino de un sistema que falla en educar, orientar y proteger. La carencia de educación sexual integral, el limitado acceso a servicios de salud reproductiva, la desprotección infantil y la falta de políticas públicas sostenidas crean un terreno fértil para el abuso y la repetición de estas tragedias.

La responsabilidad no puede recaer únicamente en las familias, muchas de ellas atrapadas en la pobreza y la exclusión social. Es urgente que el Estado asuma un rol más activo, con políticas claras y eficaces que prioricen la prevención, la educación y la protección de la niñez y la adolescencia. Esto implica garantizar educación sexual adecuada, fortalecer los mecanismos de denuncia, brindar acompañamiento psicológico y social a las víctimas, y asegurar que los agresores enfrenten consecuencias reales.

Mientras estas acciones no se materialicen, el embarazo adolescente seguirá siendo una herida abierta en la sociedad dominicana, una realidad que roba la infancia, interrumpe sueños y perpetúa ciclos de pobreza y violencia. Romper ese ciclo no es solo una tarea institucional, sino un compromiso colectivo que exige voluntad política, conciencia social y acción inmediata.