¿FP y PLD frente al reto del 2028? ¿Y Alofoke?

ElAvance | 30 junio 2026

La historia demuestra que los pactos han sido instrumentos fundamentales para garantizar la estabilidad política y la convivencia entre los pueblos. Desde el Derecho romano, el acuerdo de voluntades entre las partes generaba obligaciones que debían cumplirse, aun cuando no existiera un documento escrito. La palabra empeñada tenía fuerza jurídica y moral.

El reconocido jurista Henri Capitant define el pacto como un trato, contrato o convención entre dos o más personas. En la misma línea, el artículo 1102 del Código Civil dominicano establece que un contrato es sinalagmático o bilateral cuando las partes se obligan recíprocamente. En esencia, todo pacto supone un compromiso cuyo valor depende del respeto que las partes le otorguen.

La política no debe ser ajena a ese principio. Por el contrario, la historia demuestra que los grandes acuerdos han permitido superar crisis institucionales y preservar la gobernabilidad.

La República Dominicana tiene un ejemplo significativo. La noche del 10 de agosto de 1994, los principales líderes del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) y los representantes del Acuerdo de Santo Domingo firmaron, en el Palacio Nacional, el Pacto por el Respeto de la Constitución y por la Gobernabilidad. El documento contó con el respaldo de representantes de la Iglesia Católica y de la sociedad civil. Entre sus compromisos más importantes figuró impedir la reelección presidencial consecutiva, contribuyendo así a una salida institucional de una de las mayores crisis políticas del país.

Hoy, cuando el escenario político comienza a definirse de cara a las elecciones de 2028, la historia parece colocar nuevamente al PLD y a la Fuerza del Pueblo frente a una decisión trascendental. Sin embargo, en lugar de producirse acercamientos, la opinión pública observa una confrontación cada vez más intensa entre dos organizaciones nacidas de una misma tradición política.

Mientras esa disputa se profundiza, el Partido Revolucionario Moderno mantiene las ventajas propias de quien ejerce el poder. La experiencia política demuestra que las divisiones de la oposición suelen beneficiar al oficialismo.

Al mismo tiempo, un fenómeno distinto comienza a llamar la atención. Santiago Matías, conocido como Alofoke, ha logrado posicionarse en el debate público como una figura política emergente. Independientemente de cuál sea su futuro electoral, su crecimiento refleja un evidente desencanto de una parte del electorado con los partidos tradicionales y confirma que la comunicación digital está transformando la manera de hacer política en la República Dominicana.

En ese contexto surgen preguntas inevitables. ¿Serán capaces Leonel Fernández y Danilo Medina de colocar el interés estratégico de sus organizaciones por encima de sus diferencias personales y políticas? ¿Honrarán el compromiso político de respaldar al mejor posicionado si las circunstancias electorales así lo exigen? ¿O prevalecerán las rivalidades, abriendo el camino hacia una nueva correlación de fuerzas en el país?

También queda una interrogante que muchos observadores se hacen: ¿podrá Alofoke convertirse en la gran sorpresa electoral de 2028 o su crecimiento responde únicamente al descontento coyuntural?

La política, como el derecho, enseña una lección sencilla, pero profunda: los acuerdos solo tienen valor cuando quienes los suscriben están dispuestos a cumplirlos. La historia dominicana ya ha demostrado que los pactos pueden cambiar el rumbo de una nación. El tiempo dirá si los principales líderes de la oposición escribirán un nuevo capítulo de concertación o permitirán que la división decida, una vez más, el destino político del país.

Giovanni Morillo
Abogado