Exhibición de poder

ElAvance | 04 marzo 2026

Orlando Jorge Villegas

La reciente caída del Ayatolá iraní ha vuelto a poner sobre la mesa una de las verdades más incómodas y persistentes de la geopolítica contemporánea: el poder real no solo se ejerce, también se muestra. Estados Unidos, con su capacidad militar intacta y su dominio del relato mediático, ha vuelto a demostrar que sigue siendo el actor que impone el ritmo del tablero global.

No se trata únicamente de su despliegue tecnológico o del impacto de sus misiones militares; se trata del relato que se construye alrededor. En un mundo dominado por las redes sociales, donde las imágenes pesan más que los discursos, las columnas de humo, las luces de los drones y los portaviones en marcha son mensajes tan elocuentes como cualquier intervención diplomática.

Pero lo que resuena con más fuerza es cómo otras potencias occidentales, en especial Francia, comienzan a desperezarse ante esta lógica de poder visual. París, consciente de que la influencia hoy se mide tanto en pulsaciones digitales como en misiles en movimiento, ha decidido proyectar su presencia a través de maniobras militares, ejercicios conjuntos y una retórica más firme.

En un escenario donde la percepción lo es todo, quedarse callado o mostrarse tímido equivale a marginarse. La fuerza no solo disuade enemigos; seduce audiencias internas y consolida liderazgos ante la mirada global.

En esta era de pantallas, los gobiernos han comprendido que la demostración de poder es también una forma de comunicación. No es casual que los grandes despliegues militares se filmen con estética casi cinematográfica: el objetivo no es solo estratégico, sino emocional.

Las imágenes de cazas despegando o buques zarpando despiertan la idea de seguridad y determinación, un mensaje que, pese a su crudeza, cala hondo en el electorado. La frialdad o la duda, en cambio, se traducen en debilidad, un pecado capital en la política contemporánea.

Contrario a la idea romántica de que la diplomacia silenciosa o la corrección política conquistan corazones, la historia reciente muestra que la mayoría de las sociedades siguen valorando la firmeza por encima del apaciguamiento.

Ser tibio no genera confianza; proyectar poder, aunque conlleve riesgos, sí lo hace. En definitiva, los tiempos exigen mostrar músculo, porque quien no exhibe su fuerza pierde espacio en la conversación global. En el siglo XXI, ejercer poder no basta: hay que saber mostrarlo.