El valor del momento y el peso del criterio

ElAvance | 02 febrero 2026

Carlos Pérez Tejada.

En la vida, y en cada una de sus aristas, el hacer es importante, pero hay algo aún más relevante: hacerlo en el momento de mayor oportunidad para alcanzar el éxito. Fíjese que no digo el momento “correcto”, porque ese, muchas veces, no llega. Lo que en inglés se conoce como timing suele ser la diferencia entre el éxito y el fracaso, entre que algo sea útil o irrelevante. Una buena decisión ejecutada a destiempo puede ser tan ineficaz como una mala decisión tomada en el instante justo. Por eso, entender el valor de actuar con precisión es una virtud que define la vida de una persona, la carrera de un empresario y el legado de cualquier político.

El economista británico John Maynard Keynes decía que “en el largo plazo, todos estamos muertos”, una frase estoica y poderosa que nos recuerda que el momento de actuar es el presente. Vivimos en una época tan cambiante, que la rapidez y la oportunidad no son solo virtudes, son ventajas competitivas.

Pero detrás del timing no solo hay rapidez; se esconde también la sabiduría. Y es aquí donde entra el segundo componente del camino profesional de la vida: el valor del criterio. Cuenta una historia popular que un fontanero fue llamado para reparar una avería. Llegó, observó, dio un solo golpe a la tubería y resolvió el problema. Al entregar la factura por 100 dólares, el cliente reclamó por lo “fácil” del trabajo. El fontanero respondió “El golpe cuesta 1 dólar. Saber dónde darlo, 99 dólares”.

Ese conocimiento, ese criterio afinado que distingue lo urgente de lo importante, es invaluable. Como dijo el filósofo español José Ortega y Gasset “El hombre es él y sus circunstancias”; es decir, el valor de nuestras acciones depende también del entorno en el que actuamos y de saber interpretarlo. Al momento de accionar, debemos saber cuándo hablar, cuándo callar, cuándo insistir y cuándo retirarnos. Esta virtud es más poderosa y decisiva que cualquier manual.

El acelere que nos ha impuesto la era digital, y esa tendencia a actuar por reacción, deberíamos revaluarla y redescubrir el poder de la pausa reflexiva. No se trata de quedarnos inmóviles, sino de actuar cuando sea el mejor momento. No hay gloria en hacer mucho sin rumbo, ni virtud en hablar por hablar. Lo irónico es que, como todo en la vida, esto se aprende cometiendo errores, pero sin permitir que esos errores se conviertan en rutina.

Al final, lo que marca la diferencia no es cuántas veces actuamos, sino cuántas lo hicimos con inteligencia y a tiempo. Ese arte, silencioso pero eficaz, es el que separa al amateur de las grandes figuras. Y es ahí donde reside el verdadero valor de nuestras acciones.