El M8: la historia del hombre que una silla de ruedas no robó su felicidad

Martin Severino | 15 enero 2025

“Vine aquí hace un año, comencé pidiendo, pero no pude seguir, se me trancaba la garganta”.

Santo Domingo. – Como si se tratase de una fábrica de felicidad que solo produce alegrías y sonrisas, Guillermo Enrique De Los Santos, un adulto mayor de 69 años, conocido por sus seres queridos, amigos y allegados como El M8, más allá de vender un caramelo a los ciudadanos que ingresan y salen de la estación del Metro ubicada en la carretera Mella con avenida San Vicente de Paúl, busca contagiarlos de su alegría y robarles una sonrisa.

En una conversación matizada por saludos de personas que cortaban la entrevista para darle un abrazo caluroso a De Los Santos, este narró que fue en un trágico accidente hace 20 años cuando perdió su pierna izquierda, situación que tuvo un doble impacto en su vida, ya que no solo perdió una de sus extremidades inferiores, sino que también un joven que lo acompañaba perdió la vida.

“Yo trabajaba en Puerto Plata y formaba parte del equipo de animación del hotel Playa Dorada. Trabajé por mucho tiempo allá, pero un mal día tuve un accidente. Llevaba un muchacho en un DT y choqué con un poste de luz. Perdí la pierna y el muchacho que venía atrás perdió la vida”, cuenta El M8, al recordar con tristeza uno de los capítulos más funestos de su vida.

Dice que después de ese fatídico accidente no ha podido conseguir un trabajo estable, en el que pueda tener los beneficios de ley como seguro médico para él y sus tres hijos, y que toda su precaria situación se ha agudizado desde la pandemia del Coronavirus.

Y es que las restricciones sociales y de tránsito que se vivieron en tiempos de pandemia lo limitaron de muchas cosas; y que, producto de esas situaciones, hace alrededor de dos años llegó a la plaza de la estación Concepción Bona a pedir dinero para dar de comer a sus hijos, pero no pudo, dado que la vergüenza creaba un nudo en su garganta que le impedía expresarse.

“Yo vine sin un centavo, no tenía caramelos ni tenía nada; y necesitaba dinero para darle de comer a los muchachos. Comencé un día pidiendo ahí y no pude, se me trancaba la garganta. No puedo pedir, no sirvo para eso y no me criaron así”, expresó De Los Santos.

Dice que tras esta situación se tuvo que marcharse triste pero no derrotado, y tras conseguir un pequeño capital lo invirtió en caramelos y dulces y empezó a venderlos, pero la gente no los tomaba y le daba el dinero. Sin embargo, siempre tiene que obligarlos a tomar el caramelo, ya que es un hombre de trabajo y “no le gusta lo dado”.

Conteniendo sus lágrimas, “El M8” confiesa que, más que vender, lo que hace es regalar los caramelos, como una especie de agradecimiento a quienes se detienen a colaborar con él y a brindarle un saludo amigable, una sonrisa y buenos deseos para que se mantenga firme en la lucha por la vida.

“Siempre y cuando nos estemos dando de ambas partes, yo estoy bien, pero tienen que coger lo mío también”, explica el hombre que tiene como única misión en la vida ayudar a sus hijos a que caminen por el camino correcto y tengan un mejor futuro del que él pudo crear para sí mismo, dado que no quiere ser el tipo de padre que su progenitor fue con él, hombre a quien nunca conoció y quien le negó su apellido.

Aseguró que, a sus casi 70 años de vida, los cuales cumplirá en enero próximo, ha recibido duros golpes, pero que tiene el conocimiento y las herramientas necesarias para discernir entre lo bueno y lo malo, y actuar de la manera correcta ante las circunstancias que se pueden presentar en el día a día.

Lamenta que en el año de 1987 fue deportado al país por problemas que tuvo en los Estados Unidos, donde también tiene dos hijos, a la vez que afirma que, de no haber sido por esa situación, su vida fuera muy diferente, pero que lo valioso e importante es que “gracias a Dios sigue vivo” y trata de llevar felicidad a los suyos y a cada ciudadano con el que puede interactuar.

“Quise vivir allá, pero la vida del inmigrante no es fácil, se coge lucha allá. Tratan mal al extranjero, especialmente al haitiano. Yo era un haitiano allá y siempre tenía que estar humillado”.

En relación con esas situaciones, cuando hace una comparación, afirma que aquí está mejor, ya que en su tierra no tiene que aguantar humillaciones ni maltratos de nadie, indicando que “aquí yo estoy en mi casa, aquí yo soy el dueño”.

En medio de la entrevista, este declaró que, contrario a cualquier otro vendedor ambulante, su rutina no inicia tan temprano en el día, ya que es muy “dormilón” y por lo general llega a las inmediaciones de la referida parada del metro de 3:30 a 4:00 de la tarde.

Guillermo Enrique De Los Santos lamenta el hecho de que, a pesar del alto número de personas que tienen un tipo de discapacidad en el país, las autoridades no se han preocupado nunca por crear las condiciones para que estos puedan transitar de manera segura por las calles y áreas para peatones.

Señaló que, de no ser por la mano amiga y solidaria de muchos buenos y nobles dominicanos, no pudiera algunos días llegar al punto donde realiza sus ventas, de las que obtiene ganancias para seguir sobreviviendo.

En ese sentido, desde hace muchos años las personas con discapacidad motora han criticado las dificultades para el ingreso al trabajo, y de acuerdo con datos de la ONU, el 64 % de las personas con discapacidad en el país no cuenta con empleo formal, sumándosele a eso el hecho de que el 70,2 % de la población dominicana vive en condiciones de pobreza o vulnerabilidad, lo que empeora la situación de las personas con discapacidad.

Es por esta razón que De Los Santos se sentiría agradecido de, en esta época navideña, recibir una mano amiga que lo ayude a conseguir un trabajo para seguir impulsando a sus hijos o ver cumplido uno de sus grandes sueños: tener una casa propia, debido a que vive en una pensión donde apenas llega el agua y se vio en la necesidad de enviar a sus tres hijos a casa de su abuela, ya que no pueden vivir todos en la pequeña y humilde vivienda.