El imperio que calla: Cuando el silencio es la confesión del poder

ElAvance | 23 diciembre 2025

Por: Rolando Espinal.

En los estertores de un imperio, cuando los cimientos crujen y la farsa del esplendor se desmorona ante los ojos del pueblo, la historia registra un patrón recurrente, milenario en su cobardía: el emperador, en lugar de presentarse en el balcón, en el foro, frente a aquellos a quienes juró proteger, busca el refugio oblicuo de los confesionarios.

No, el confesionario sagrado, sino aquellos políticos, mediáticos y legales, construidos con retórica evasiva, comunicados fríos y silencios ensordecedores. Es la estrategia del poder acorralado: dispersar la culpa en cincuenta rincones( 50 Youtubers dominicanos), nombrar chivos expiatorios, apelar a procesos en curso, pero nunca, jamás, dar la cara. Nunca colocarse frente al dolor humano que su administración, su sistema o su negligencia ayudaron a crear.

Esta vieja obra, cuyos actores han sido césares, reyes y dictadores, se representa hoy, con amarga vigencia, en la República Dominicana. Y el actor principal, en este acto de desolación, es el presidente Luis Rodolfo Abinader Corona. Su imperio no es de legiones, sino de promesas electorales; su crisis no es una invasión bárbara, sino la devastación silenciosa causada por la corrupción más vil: aquella que roba no el oro del erario, sino el aliento de los enfermos, la esperanza de los tratamientos, la dignidad de una muerte en paz.

Hablamos del esquema que, según las investigaciones, desvió miles de millones destinados a la salud. Un mecanismo perverso donde, se aleja, los primeros diez implicados (y la red que tejieron) no se apropiaron de abstractos fondos, sino de quimioterapias que nunca llegaron, de resonancias magnéticas que nunca se realizaron, de medicamentos de alta especialidad que se esfumaron en el limbo de la burocracia corrupta. Cada peso desviado tiene un nombre y un apellido. Tiene el rostro de un padre que murió esperando una cirugía, de una madre que agonizó sin paliativos, de un hijo que vio cómo el sistema, en su momento de mayor vulnerabilidad, le negaba no un favor, sino un derecho comprado con los impuestos de todos.

Frente a este dolor nacional, frente a este catálogo de muertes evitables que claman desde cada hospital público, desde cada casa de luto, desde cada tumba reciente, la respuesta del emperador ha sido un silencio monumental. Un silencio que no es neutro. En política, el silencio ante la tragedia es una declaración. Es la señal de que el poder calcula, que pondera riesgos electorales, que teme más a la contaminación por asociación que a la contaminación de su juramento. Abinader, el mandatario elegido por la fe ciudadana en el cambio, encuentra excusas donde solo debería haber urgencia. Se escuda en la separación de poderes, en que la justicia “sigue su curso”, como si la justicia penal eximiera al jefe del Estado de su deber moral, político y humano de liderar el duelo nacional y encarnar la furia de un pueblo traicionado.

Un verdadero líder, en esta hora nefasta, no buscaría cincuenta confesionarios técnicos. Pararía frente a las cámaras, con el peso de su cargo y la humildad que la catástrofe exige. Su discurso no sería de autoexculpación, sino de profunda vergüenza nacional. Pediría perdón, no de manera genérica, sino reconociendo el fracaso del Estado que preside. Se uniría simbólicamente a los deudos, no en una foto forzada, sino en un acto de contrición pública. Y, sobre todo, prometería con fuego en los ojos que utilizará todo el peso de su autoridad para asegurar que el castigo no se quede en los mandos medios. Prometería perseguir cada peso robado, hasta el último centavo, para devolverlo no a las arcas, sino a la salud pública, en nombre de los que perecieron. Ese sería el discurso de un estadista. Lo que tenemos es el silencio del estratega.

Y este silencio se vuelve una herida adicional al acercarnos a la Nochebuena. En apenas 24 horas, el país se envolverá en la tradición de la cena familiar, del reencuentro, del “ya tú ‘tá aquí”. Pero en miles de hogares, habrá una silla vacía. Una silla que no está vacía por el azar natural o un accidente imprevisible. Está vacía por la avaricia, por el fraude, por un sistema que permitió que unos cuantos se enriquecieran a cambio de condenar a otros a una muerte prematura e indigna. La brisita de la Nochebuena, de la que habla la canción, no traerá consigo a esos miles. Sus cuerpos yacen en los cementerios de todo el país. Cada tumba, fría e inscrita con nombre y apellido, es un monumento a la injusticia. Es un grito silencioso que interrumpe el villancico. El olor a lechón y pastel en horno se mezcla, en la memoria colectiva, con el recuerdo de la última visita al hospital, de la súplica por un medicamento, del desamparo final.

La muerte de cada una de esas víctimas clama por justicia. Pero en el vacío del liderazgo presidencial, ese clamor parece perderse en el éter. El silencio de La Presidencia es la peor señal posible: le dice a los dolientes que su dolor es un dato estadístico, un “caso” en un expediente judicial, un tema inconveniente para la narrativa de progreso. Le dice al país que la herida puede dejarse abierta, que se sanará sola con el tiempo. Pero algunas heridas no cicatrizan sin verdad, sin reconocimiento y sin la visible determinación de quien tiene la máxima responsabilidad.

Presidente Abinader, en menos de 24 horas, los dominicanos se sentarán a sus mesas. Usted tiene ante sí una oportunidad singular, no política, sino humana. Una oportunidad que la historia registra como el momento en que los gobernantes se miden no por su poder, sino por su grandeza. Deje el confesionario cómodo del silencio y la asesoría de imagen. Salga al balcón de la nación. Dé la cara. Mire a los ojos, a través de las cámaras, a ese pueblo que incluye a los que lloran. Reconozca el fracaso, abrace la deuda moral y jure, con la autoridad que el voto le dio, que no descansará hasta que cada culpable, desde el último hasta el primero, sienta el peso pleno de la ley.

Que perseguirá cada peso hasta recuperarlo. Solo entonces la brisa de la Nochebuena, aunque no devuelva a los que se fueron, podrá comenzar a limpiar el aire de un país que hoy huele a traición y a dolor sin consuelo.

El imperio de la indiferencia debe caer. Y el emperador debe, por fin, dar la cara. O su silencio será, para siempre, su más elocuente y triste confesión.