El desencanto con los partidos no es un cheque en blanco para los famosos y escandalosos de las redes sociales

ElAvance | 26 octubre 2026

La encuesta de ACD Media revela que el rechazo a los partidos no se convierte automáticamente en respaldo a las figuras digitales. El elector también exige razones para confiar.

Por el periodista, Carlos Del Pozo

Desconfiar de los partidos no significa estar dispuesto a votar por cualquiera que tenga seguidores.

Según la encuesta de ACD Media, el 68.9 % expresa poca o ninguna confianza en las organizaciones políticas, mientras el 60 % está poco o nada dispuesto a votar por figuras de los medios digitales ajenas a los partidos tradicionales.

El contraste sugiere que una parte del electorado distingue entre escuchar a una persona y confiarle el Gobierno.

Puede compartir sus denuncias, disfrutar sus comentarios y coincidir con sus críticas sin reconocerle capacidad para administrar el Estado.

Estos resultados no permiten asegurar que el elector tenga más criterio que antes, pero sí muestra una reserva que merece atención, presentarse como una cara nueva no garantiza aceptación.

El desencanto abre una oportunidad, pero el ciudadano puede exigir algo más para respaldarla.

Desde la comunicación política, la diferencia es fundamental. Captar atención, generar simpatía y construir confianza son logros distintos.

Una publicación provocadora puede conseguir miles de reacciones sin convencer a nadie de que su autor está preparado para gobernar.

Para conseguir esa confianza, una figura digital necesita demostrar conocimiento del país, propuestas viables, honestidad y capacidad para formar equipos.

También debe explicar cómo financiará sus soluciones y qué decisiones tomará cuando las promesas choquen con las limitaciones del Estado.

La popularidad basada en insultos y escándalos tiene un riesgo adicional. Puede obligar a su protagonista a provocar cada vez más para conservar atención.

Ese comportamiento deja pendiente una pregunta: ¿Cómo responderá cuando necesite escuchar, negociar y construir acuerdos?

La juventud tampoco debe confundirse con improvisación.

Un aspirante joven puede acreditar preparación y experiencia, mientras otro de mayor edad puede carecer de ambas.

El criterio decisivo debería ser qué sabe hacer, qué ha demostrado y con quiénes pretende gobernar.

Ahora bien, esa capacidad de evaluación convive con el clientelismo.

El dinero, los empleos prometidos, los favores y las prebendas pueden condicionar el voto de una gran parte de ciudadanos

La información citada no permite cuantificar cuántos electores son vulnerables a esas prácticas, pero el problema no debe quedar fuera del análisis.

Tampoco conviene confundir necesidad con falta de inteligencia.

Un ciudadano puede reconocer las deficiencias de un candidato y sentirse presionado por una ayuda que recibe o teme perder.

Esa dependencia limita su libertad y ofrece ventajas a quienes disponen de recursos para explotarla.

El 35.8 % que sí estaría dispuesto a votar por figuras digitales representa una apertura política. Sin embargo, disposición no equivale a voto asegurado.

Sin los cruces de respuestas, tampoco sabemos cuántos de esos ciudadanos pertenecen al grupo que desconfía de los partidos.

Las organizaciones tradicionales no tienen motivos para celebrar.

Que el ciudadano dude de los famosos digitales no significa que haya recuperado la confianza en sus dirigentes.

Mejorar su imagen exige corregir conductas, seleccionar mejores candidatos y responder por sus resultados.

La encuesta de ACD Media deja una advertencia para ambos sectores: el malestar ciudadano no tiene dueño. Hay electores que exigen razones para confiar, aunque persistan prácticas que condicionan su decisión.

La tarea democrática consiste en fortalecer ese criterio y proteger la libertad del voto.

La necesidad no debería comprar una lealtad, ni la fama sustituir la capacidad.

El desencanto con los partidos no es un cheque en blanco para los famosos y escandalosos de las redes sociales

La encuesta de ACD Media revela que el rechazo a los partidos no se convierte automáticamente en respaldo a las figuras digitales. El elector también exige razones para confiar.

Por el periodista, Carlos Del Pozo

Desconfiar de los partidos no significa estar dispuesto a votar por cualquiera que tenga seguidores.

Según la encuesta de ACD Media, el 68.9 % expresa poca o ninguna confianza en las organizaciones políticas, mientras el 60 % está poco o nada dispuesto a votar por figuras de los medios digitales ajenas a los partidos tradicionales.

El contraste sugiere que una parte del electorado distingue entre escuchar a una persona y confiarle el Gobierno.

Puede compartir sus denuncias, disfrutar sus comentarios y coincidir con sus críticas sin reconocerle capacidad para administrar el Estado.

Estos resultados no permiten asegurar que el elector tenga más criterio que antes, pero sí muestra una reserva que merece atención, presentarse como una cara nueva no garantiza aceptación.

El desencanto abre una oportunidad, pero el ciudadano puede exigir algo más para respaldarla.

Desde la comunicación política, la diferencia es fundamental. Captar atención, generar simpatía y construir confianza son logros distintos.

Una publicación provocadora puede conseguir miles de reacciones sin convencer a nadie de que su autor está preparado para gobernar.

Para conseguir esa confianza, una figura digital necesita demostrar conocimiento del país, propuestas viables, honestidad y capacidad para formar equipos.

También debe explicar cómo financiará sus soluciones y qué decisiones tomará cuando las promesas choquen con las limitaciones del Estado.

La popularidad basada en insultos y escándalos tiene un riesgo adicional. Puede obligar a su protagonista a provocar cada vez más para conservar atención.

Ese comportamiento deja pendiente una pregunta: ¿Cómo responderá cuando necesite escuchar, negociar y construir acuerdos?

La juventud tampoco debe confundirse con improvisación.

Un aspirante joven puede acreditar preparación y experiencia, mientras otro de mayor edad puede carecer de ambas.

El criterio decisivo debería ser qué sabe hacer, qué ha demostrado y con quiénes pretende gobernar.

Ahora bien, esa capacidad de evaluación convive con el clientelismo.

El dinero, los empleos prometidos, los favores y las prebendas pueden condicionar el voto de una gran parte de ciudadanos

La información citada no permite cuantificar cuántos electores son vulnerables a esas prácticas, pero el problema no debe quedar fuera del análisis.

Tampoco conviene confundir necesidad con falta de inteligencia.

Un ciudadano puede reconocer las deficiencias de un candidato y sentirse presionado por una ayuda que recibe o teme perder.

Esa dependencia limita su libertad y ofrece ventajas a quienes disponen de recursos para explotarla.

El 35.8 % que sí estaría dispuesto a votar por figuras digitales representa una apertura política. Sin embargo, disposición no equivale a voto asegurado.

Sin los cruces de respuestas, tampoco sabemos cuántos de esos ciudadanos pertenecen al grupo que desconfía de los partidos.

Las organizaciones tradicionales no tienen motivos para celebrar.

Que el ciudadano dude de los famosos digitales no significa que haya recuperado la confianza en sus dirigentes.

Mejorar su imagen exige corregir conductas, seleccionar mejores candidatos y responder por sus resultados.

La encuesta de ACD Media deja una advertencia para ambos sectores: el malestar ciudadano no tiene dueño. Hay electores que exigen razones para confiar, aunque persistan prácticas que condicionan su decisión.

La tarea democrática consiste en fortalecer ese criterio y proteger la libertad del voto.

La necesidad no debería comprar una lealtad, ni la fama sustituir la capacidad.