“El crepúsculo del fénix: de cómo la embajada inclinó la balanza y Abinader entró en la soledad del poder hacia agosto de 2028”

ElAvance | 15 junio 2026

Rolando Espinal.
Exclusiva para El Avance.

I. El túnel que no cesa

«El poder es un ácido que corroe toda virtud que no sea la de saber retirarse a tiempo.»
— Baltasar Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, aforismo CCXLI.

Quien ha gustado las mieles del imperio sabe que estas nunca son íntegras. Siempre reposa un sedimento de hiel en el fondo del cáliz, y ese poso se acrece conforme los años se acumulan como losas funerarias sobre la cerviz del gobernante. Luis Abinader, que llegó a la ribera del río presidencial con la frente límpida y las manos puras —virtud que nadie le ha osado disputar, pues como enseña Tácito en sus Anales, «raramente los hombres son más afortunados que cuando su poder descansa en la inocencia»—, comienza a sentir, en la mitad del segundo cuatrenio, que el túnel no es un pasillo hacia la gloria, sino una espiral que lo devuelve siempre a la misma sombra: la soledad.

No es la soledad del eremita, que es buscada y por tanto dulce, sino aquella que Séneca, en sus Epístolas a Lucilio, describió como solitudo potentis: la soledad de quien gobierna viendo cómo las piezas del tablero se mueven solas, empujadas por dígitos que no reconoce como suyos, ni siquiera como patrios. Porque cuando se escriba la historia de este cuatrienio que agoniza en 2028, los analistas señalarán una fecha, un gesto, una ausencia. Señalarán aquel domingo de primavera en que David Collado —el megaministro exitoso, que sueña con la franja tricolor, ese joven exempresario a quien sus áulicos llaman “el turista” y sus detractores “el oportunista”— subió a la cubierta del portaaviones extranjero anclado frente a nuestras costas, acompañado del ministro de Defensa. Y no subió el presidente. Subió el candidato.

El ministro de Defensa, cuya lealtad debía ser con el mando supremo —pues como escribiera Maquiavelo en El Príncipe, capítulo XXII, «la primera opinión que se tiene de un príncipe y de su entendimiento es ver los hombres que tiene a su alrededor»—, posó para los daguerrotipos al lado de quien aún no ostenta la banda presidencial pero ya goza del favor de la armada más poderosa del orbe. La metáfora se escribe sola: mientras Abinader miraba desde el litoral, la maquinaria del gigante del norte pulía sus pergaminos de transición.

II. La justicia que espera

«La justicia sin fuerza es impotencia; la fuerza sin justicia es tiranía.»
— Pascal, Pensamientos, fragmento 298 (adaptado al castellano clásico).

Para entender ese domingo hay que retroceder al viernes de mayo previo al paseo sobre el mar Caribe, cuando la jueza del Tercer Juzgado de Instrucción del Distrito Nacional dictó un aplazamiento que aún retumba en los claustros del Palacio de Justicia de Ciudad Nueva. Había prometido para fecha cierta —que la memoria oficial ha preferido diluir, pues como advierte Gracián, «lo que no se fija en el tiempo se desvanece en la memoria»— la lectura de una sentencia largamente esperada en el caso de los denominados delatores premiados, esa figura de nuestra legislación que tanto enerva a la defensa como ilusiona a la acusación. Dos de ellos, bajo juramento y con el escudo de la colaboración eficaz, habían declarado haber entregado camiones de numerario en manos del entonces candidato presidencial del Partido de la Liberación Dominicana, en los meses previos a mayo de 2020. No bolsas, no maletines. Camiones. La hipérbole, en este caso, era la letra chica de la acusación.

Pero la jueza, aquel viernes, se detuvo. Retrasó la lectura. La causa oficial fue una incidencia procesal menor, una notificación pendiente, un recurso in albis. Quienes observan las cortes con lente de aumento, sin embargo, anotaron una coincidencia que olía a tinta invisible: horas antes de ese aplazamiento, Gonzalo Castillo recuperaba su visado norteamericano, revocado años atrás por causas que nadie explicitaba pero que todos daban por ligadas a la sombra de los camiones.

Y el día antes, casi al unísono con el sello diplomático, la embajadora de Estados Unidos en Santo Domingo emitió una declaración pública que sacudió las columnas del derecho patrio. Dijo, con la formalidad que no excluye la contundencia, que su gobierno no estaba de acuerdo con el law fare —ese anglicismo que ya se ha instalado en nuestras tertulias para nombrar la persecución judicial selectiva, y que Maquiavelo, en su Discurso sobre la primera década de Tito Livio (libro I, capítulo XLVI), habría llamado «el arte de usar las leyes como espada contra los enemigos políticos»—. Y puso un ejemplo: el propio inquilino de la Casa Blanca, dijo, se había visto afectado por esas mismas prácticas en su campaña de 2024. Pero sus enemigos, añadió con un esbozo de triunfalismo, no lograron impedir que ganara claramente las elecciones.

¿Casualidad? La lengua culta prefiere la palabra causalidad, que Tácito, en sus Historias, definió como «el hilo invisible que une lo que parece fortuito con lo que es necesario».

III. El delator que devolvió el tesoro

«El delator es un ave de rapiña que se alimenta de la desgracia ajena y luego cambia de plumaje para parecer inocente.»
— Francisco de Quevedo, La hora de todos y la Fortuna con seso.

Para entender las aguas revueltas de aquella primavera hay que sumergirse en el testimonio de Mimilo Jiménez, nombre que los fiscales de la Procuraduría General de la República manejaron con sigilo de alquimista. Jiménez no solo declaró bajo juramento: devolvió. Centenares de millones de pesos, dicen las actas, fueron restituidos por su mano arrepentida. Pero el milagro del arrepentido, en el derecho penal, es que su palabra compra impunidad, y su impunidad compra la condena de otro. Quevedo lo había anticipado: «El que confiesa su delito se hace juez de los demás, y el que devuelve lo robado se hace dueño de la verdad».

El otro era Gonzalo Castillo. Y junto a él, José Ramón Peralta, ese veterano de las lides administrativas cuyo nombre aparecía en los legajos como eco de una misma sinfonía de billetes. Sin embargo, cuando el juez dictó su non locus standi, la defensa del PLD celebró y la acusación guardó silencio con la boca amarga. Los delatores, premiados con reducciones de condena, vieron cómo su recompensa no alcanzaba para tumbar al adversario político más visible de la era Abinader.

¿Fue justicia? ¿O fue teatro? El pueblo, que siempre tiene la última palabra pero nunca la primera —como sentenció el Conde de la Cortina en sus Máximas políticas—, se quedó con la duda. Y la duda, en política, es ya una forma de derrota.

IV. El ministro y el hijo: la descarga como consuelo

«Los dioses no destruyen a los poderosos de un golpe: los van despojando de sus sombras hasta que quedan desnudos ante el sol.»
— Séneca, Thyestes, acto II.

En las tragedias clásicas, los dioses nunca destruyen del todo a sus elegidos. Les permiten una victoria menor para que la derrota mayor sepa más amarga. Algo así ocurrió con Donald Guerrero, el exministro de Hacienda que tantas planillas firmó bajo la pluma del presidente Danilo Medina. Cuando la tormenta se desató, los fiscales exhibieron un fajo de pruebas que parecían bastar para hundir una dinastía. Pero el desenlace fue un extraño pacto de clemencia: contra Donald Guerrero se descargó el grueso de la acusación, pero no así contra su hijo, a quien incluyeron en el mismo “no ha lugar” que a Gonzalo y José Ramón. Al exministro Donald Guerrero, en cambio, lo encontraron junto a más de una decena de ciudadanos que debían ir a juicio de fondo.

El mensaje, para quien supiera leerlo, era tan diáfano como el cristal. Saavedra Fajardo, en su Idea de un príncipe político cristiano (Empresa XXXI), lo expresó con precisión: «Los reyes castigan en los pequeños lo que perdonan en los grandes, no porque la justicia sea diferente, sino porque la prudencia lo exige». Y añadió: los grandes peces se salvan, los pequeños se sacrifican. La embajada, mientras tanto, observa y modera.

V. El subsecretario que llegó con el tiempo en el bolsillo

«El poder verdadero no es el que decreta, sino el que decide cuándo se decreta.»
— Baltasar Gracián, El Criticón, crisi VII.

La partida, sin embargo, no había terminado. La jueza había aplazado la lectura de sentencia, pero el suspense no podía eternizarse. Y fue entonces, en los intersticios de ese aplazamiento, cuando apareció en Santo Domingo el subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental. No un funcionario menor, sino el brazo derecho del Departamento de Estado para América Latina. Llegó en vuelo comercial, dicen malas lenguas, para no dejar rastro fácil. Pero sus gestiones fueron menos discretas que su viaje. Se reunió con el procurador general, con el presidente de la Cámara de Diputados y —he aquí el detalle que se convirtió en piedra de escándalo— con magistrados del alto tribunal.

Horas después de ese encuentro, Gonzalo Castillo recibía no solo la devolución del visado, sino la confirmación pública del trámite. Y la jueza, al fin, dictó sentencia: no ha lugar para los principales acusados. Tácito, en sus Anales (libro III, capítulo XXIV), escribió: «Nada es más frágil que la memoria de los hombres cuando la mano extranjera escribe la historia». Aquel día, la mano escribió en Washington, y la memoria de Santo Domingo obedeció.

VI. El presidente que mira desde fuera

«El príncipe que no sabe hacerse temer terminará siendo despreciado; pero el que no sabe hacerse querer terminará solo.»
— Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, capítulo XVII.

Luis Abinader, que había ganado las elecciones de 2024 con un margen menor al de su primer triunfo, observó todo desde la atalaya presidencial sin articular palabra. Sus consejeros le recomendaron prudencia; sus rivales interpretaron su silencio como debilidad. Pero quizás, en el fuero interno del gobernante, ya se escuchaba el rumor del túnel oscuro del que hablan los clásicos cuando un mandatario entra en la fase terminal de su poder. No porque lo pierda antes de tiempo, sino porque sabe que el tiempo se le agota y los relevos ya no dependen de él.

El Partido Revolucionario Moderno, su creación y su legado, había empezado a dividirse en dos corrientes: los leales al presidente en funciones y los que veían en David Collado al heredero ungido por las encuestas y —lo que es más importante— por las cancillerías extranjeras. La invitación al portaaviones fue la confirmación más nítida de esa doble lealtad. El ministro de Defensa, que debería haber invitado al comandante en jefe, acompañó al aspirante. Y la embajada estadounidense, que siempre había mantenido una neutralidad cortés, comenzó a mostrar su inclinación con gestos que no eran inocentes: visitas, selfies, comunicados, visados.

Gracián, en su Oráculo manual (aforismo CLXIII), advirtió: «El que tiene muchos amigos en la corte tiene muchos amos en la sombra». Abinader lo comprendió tarde.

VII. Agosto de 2028: el fin del camino

«El poder abandona a quien el poder abandonó primero.»
— Quevedo, Política de Dios y gobierno de Cristo.

Y así, arrastrando los pies sobre la arena movediza de la diplomacia adversa, Luis Abinader llegará a agosto de 2028. No será un mal presidente para los analistas fríos: heredó una economía que los republicanos norteamericanos —con su dogma de mercado libre, su aversión al déficit y su fe en la baja de impuestos— siempre elogiarán como sana, ese adjetivo que tanto gusta en los comunicados del Fondo Monetario. Pero la historia, que no se escribe con balances macroeconómicos sino con gestos humanos, lo recordará por otra cosa: por ser el mandatario que gobernó mientras la embajada elegía a su sucesor.

El último día de su mandato, cuando entregue la banda a quien resulte vencedor en las elecciones de mayo (¿David Collado? ¿Alguna figura de consenso opositor?), Abinader caminará solo por el salón Los Carieles. No habrá abrazos extranjeros, no habrá portaaviones para él, no habrá visados recuperados milagrosamente. Porque la soledad del poder, al final, consiste en eso: en comprender que las fuerzas que lo llevaron a la cima son las mismas que lo empujan al abismo cuando deciden que es hora de cambiar de jinete.

Como sentenció Séneca en su Medea (acto II, escena I): «A quien los dioses quieren destruir, primero lo convierten en espectador de su propia caída». Abinader, desde la orilla, verá el portaaviones alejarse con su heredero a bordo. Y sabrá, entonces, que el túnel nunca termina: solo cambia de nombre.