“Del Despacho Oval al feed”: cómo la Casa Blanca se volvió su propio influencer

ElAvance | 18 noviembre 2025

Víctor José

En la política estadounidense ya no basta con gobernar: hay que comunicar, y hacerlo como si cada decisión necesitara volverse viral. La Casa Blanca lo sabe bien. En los últimos meses, su estrategia en redes sociales ha dejado de ser un complemento institucional para convertirse en el eje central de su discurso público. Lo que antes era un comunicado, ahora es un clip. Lo que antes se entregaba a la prensa, ahora se graba con fondo musical y subtítulos dinámicos.

La política se acopla al algoritmo


Bajo la administración de Donald Trump, el manejo de las redes ha adquirido el pulso de una campaña que nunca terminó. El equipo de comunicación parece más un estudio de contenidos que una oficina gubernamental: todo está pensado para enganchar, generar conversación y, sobre todo, mantener presencia constante. La Casa Blanca ya no se limita a informar; busca ser parte del algoritmo.

El caso más emblemático es el aterrizaje de la institución en TikTok, una plataforma que el propio Trump intentó prohibir años atrás. Con un giro que podría titularse “si no puedes vencerlos, únete a ellos”, la cuenta debutó con un video del presidente saludando a cámara y diciendo “America, we are BACK! What’s up TikTok?”. El gesto, más allá de lo anecdótico, revela el tipo de política que define a esta era: una en la que los mensajes oficiales se disfrazan de entretenimiento, y donde la atención es el recurso más valioso.

Comunicar sin intermediarios


Esta apuesta digital no es casual. En un ecosistema mediático saturado, donde los titulares duran minutos y los discursos se fragmentan en clips de diez segundos, el gobierno estadounidense busca mantener el control del relato. Publicar directamente en sus plataformas oficiales le permite a la Casa Blanca saltarse el filtro de los medios tradicionales, moldear la narrativa y responder en tiempo real. En apariencia, una estrategia moderna; en la práctica, un movimiento calculado para dominar la conversación sin intermediarios.

Pero, como toda estrategia comunicativa que depende del impacto, hay un costo. El contenido se vuelve más digerible, pero menos profundo. La viralidad exige velocidad y estética antes que contexto y análisis. La política, convertida en “contenido”, corre el riesgo de diluirse entre memes, hashtags y música de fondo. Lo que antes era un comunicado presidencial, hoy podría confundirse con un spot de campaña, y quizá ahí radique la mayor tensión: ¿dónde termina la institucionalidad y dónde empieza el show?

El resultado es una especie de reality político: una administración que entiende la lógica de las redes y la lleva al extremo. Cada publicación tiene timing, narrativa y un objetivo emocional claro. Se apela al humor, al patriotismo, al espectáculo visual. Y aunque el alcance es innegable (millones de visualizaciones, alto nivel de interacción y notoriedad entre público joven), el debate sobre la profundidad de esos mensajes persiste.

Una estrategia alternativa
Lo que estamos viendo es un modelo comunicativo que podría definir a los gobiernos del futuro: uno en el que la política se ajusta a los ritmos del scroll, y la credibilidad se mide en likes. La Casa Blanca de hoy se mueve con la misma lógica que las grandes marcas o los influencers: presencia constante, engagement inmediato, estética pulida. El problema es que, a diferencia de ellos, aquí lo que se juega no es un producto, sino la percepción pública del poder.

La apuesta digital de la administración Trump es audaz, incluso visionaria si se mira desde el marketing político. Pero también plantea una pregunta más profunda: ¿podrá una democracia sostenerse en un entorno donde el mensaje que más importa es el que mejor se edita? Quizá la verdadera batalla por el poder en esta nueva era no se libra en el Congreso ni en las urnas, sino en el algoritmo.