“ De los de abajo, sin vergüenza y con orgullo: mis finanzas no me definen, mis raíces me fortalecen.”

Max Herrera | 22 marzo 2026

Por Rolando Espinal / Creador de contenido digital

En exclusiva para Avance.com

I. La caverna que llevamos dentro

Hace más de dos mil trescientos años, un hombre calvo y de anchas espaldas llamado Platón se sentó bajo un árbol en las afueras de Atenas y dibujó en la arena una escena que todavía nos sacude los cimientos. Imaginó un grupo de hombres encadenados desde la niñez en el fondo de una cueva oscura. Sus cuellos y piernas sujetos, sus miradas fijas contra una pared de piedra. Detrás de ellos, un fuego ardiente; entre el fuego y los prisioneros, un camino elevado por donde otros hombres, invisibles para los atrapados, desfilaban con figuras de madera y piedra que proyectaban sombras en el muro. Los prisioneros, al no haber visto nunca otra realidad, creían que las sombras eran el mundo entero. Nombraban cada silueta, disputaban sobre cuál pasaba primero, premiaban al que mejor adivinaba la siguiente aparición. Y allí, en esa oscuridad, se sentían seguros.

Un día, uno de ellos es liberado. Alguien —un extraño, un intruso, tal vez un dios, tal vez otro encadenado que rompió sus grillos— lo obliga a girar la cabeza hacia la luz. Sus ojos arden. Le duele. No quiere ver. Lo arrastran por la pendiente áspera hacia la entrada de la caverna. Cuando sale afuera, el sol lo ciega por completo. Llora, se queja, intenta regresar. Pero con el tiempo sus pupilas se abren. Empieza a distinguir las sombras de los árboles, luego los árboles mismos, luego el agua, luego las estrellas. Finalmente, puede mirar de frente al sol —no la imagen reflejada en el agua, sino el propio astro— y comprende que ese sol es la causa de todo lo visible, el origen del orden, el principio de justicia que gobierna el mundo.

El filósofo —porque ese liberado es el filósofo, nos dice Platón— siente entonces una obligación moral ineludible: regresar.

Bajar de nuevo a la cueva. No porque quiera, sino porque debe. Porque los que aún están encadenados merecen saber que lo que ven no es más que un juego de sombras. Y aquí ocurre lo trágico: cuando el liberado vuelve al fondo, sus ojos ya acostumbrados a la luz ahora tropiezan con la penumbra. Camina torpemente. Confunde las sombras. Se equivoca al nombrar las figuras que pasan. Los prisioneros se ríen de él. Dicen que la salida lo ha vuelto idiota. Y si pudieran matarlo, lo matarían.

Esa es la historia que Platón dejó escrita en el libro VII de La República. Y cada vez que la leo, no puedo dejar de pensar en mí, en mi origen, en los cientos de miles de hombres y mujeres que hoy en este país —y en este continente, y en este mundo— seguimos llevando tatuada en la memoria la humedad de la cueva.

Porque yo, uno de abajo , vengo de los de abajo. No como una metáfora poética ni como un recurso discursivo para ganar simpatía. Lo digo con la crudeza de quien todavía siente en las yemas de los dedos la textura del barro en las veredas sin asfaltar, el olor a leña en la cocina donde mi madre preparaba la misma comida con distintas formas para engañar al hambre, el sonido de las goteras en latas vacías durante las noches de invierno. Mis finanzas nunca definieron mis raíces; al contrario, fueron mis raíces las que definieron el valor que hoy pongo en cada palabra que escribo, en cada video que grabo, en cada joven que se acerca a decirme: “Yo también soy de abajo, y no sé si algún día podré salir”.

No me avergüenzo. Nunca me avergonzaré. Y en este artículo quiero dejar claro por qué. No con el rencor de quien culpa, sino con la convicción de quien ha entendido que negar nuestro origen es traicionar a los ancestros que nos dieron la vida con sus manos callosas, a las abuelas que rezaban el rosario mientras lavaban ropa ajena, a los padres que caminaban dos horas bajo la lluvia para llevarnos un pan. Quien olvida de dónde viene, nunca sabrá adónde va. Y quien intenta vivir como los de arriba, fingiendo que su ADN no existe, termina siendo una sombra más de esas que Platón describió: encadenado a una identidad prestada, proyectando una vida que no es suya.

II. El síndrome de la vergüenza y la traición a los ancestros

Hay un fenómeno silencioso que atraviesa las generaciones de quienes logramos —por estudio, por esfuerzo, por suerte o por gracia— salir de la pobreza material. Es el síndrome de la vergüenza. Llega un día en que te encuentras en una sala con personas que hablan con acentos distintos, que mencionan ciudades europeas como si fueran su barrio, que discuten inversiones y marcas de autos con la misma naturalidad con que tú discutes el precio del huevo. Y entonces, sin que nadie te lo pida, empiezas a modular tu voz, a ocultar ciertas palabras, a reírte de chistes que antes te habrían ofendido, a vestir de una manera que no es la tuya, a inventar historias sobre tus vacaciones imaginarias.

Ese síndrome no es solo una debilidad personal. Es una herida colonial, una fractura en el alma de los pueblos que han sido educados para odiar su propio origen. Porque los sistemas de dominación no solo explotan los cuerpos; también colonizan la memoria. Te enseñan que lo pobre es feo, que lo campesino es atrasado, que el acento del barrio es vulgar, que la manera de hablar de tu madre es “incorrecta”. Y poco a poco, sin darte cuenta, empiezas a borrar las huellas de tu propio mapa.

Pero yo me niego. Y me niego porque entiendo algo fundamental: mis raíces no son una carga, son el suelo que me sostiene. Los valores que aprendí en mi infancia —la solidaridad del vecino que compartía el poco aceite que le quedaba, la honradez de mi padre que devolvía el vuelto aunque el comprador no lo notara, la fe inquebrantable de mi abuela que nunca dejó de creer que sus nietos serían alguien— no están en venta. No los cambio por un puesto en la mesa de los poderosos. No los cambio por un par de zapatos más caros ni por un título que me obligue a mirar hacia otro lado cuando veo a un niño pidiendo limosna en el semáforo.

Decía el gran teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación, que “la opción por los pobres no es una opción política, es una opción evangélica”. Y aunque yo no me defino exclusivamente por mi fe cristiana, sí abrazo esa verdad profunda: quien ha conocido la pobreza desde dentro tiene una responsabilidad ética que no puede delegar. No puede olvidar. No puede, como el liberado platónico, quedarse arriba mirando el sol mientras los demás siguen encadenados. Eso no es libertad; eso es complicidad con las cadenas.

Gutiérrez murió el año pasado, pero dejó escritas páginas enteras que nos recuerdan que “los pobres son los que nos evangelizan”. ¿Qué quiere decir esto? Que cuando nos acercamos a los de abajo no para darles caridad —esa forma elegante de mantener distancias— sino para aprender de ellos, para escuchar su palabra, para compartir su mesa, entonces nosotros mismos somos transformados. La pobreza no es una virtud en sí misma, claro que no; el hambre no santifica a nadie. Pero la memoria de la pobreza, vivida con dignidad, es una escuela de humanidad que ningún título universitario puede reemplazar.

He conocido a intelectuales brillantes que pueden citar a Foucault en tres idiomas pero que jamás han compartido un plato de comida con una familia que vive en un asentamiento. He conocido a políticos que hablan con emoción de los “sectores vulnerables” pero que suben la ventanilla del auto cuando pasan por un barrio. Y he conocido también a campesinos analfabetos que me enseñaron más sobre justicia en un solo diálogo que todos los seminarios a los que he asistido. Por eso digo: negar mi origen sería burlarme de los valores de mis ancestros. Porque mis ancestros no me enseñaron a escalar posiciones pisando cabezas; me enseñaron a tender la mano hacia atrás.

III. Personajes que enaltecieron sus raíces:

Lecciones para no olvidar

No estoy solo en esta convicción. La historia está llena de hombres y mujeres que, habiendo salido de la pobreza o de la opresión, no solo no negaron su origen, sino que hicieron de él la bandera de su lucha. Quiero mencionar algunos. No como ídolos inalcanzables, sino como espejos donde mirarnos.

Nelson Mandela:

El abogado que nunca olvidó el campo

Cuando Nelson Mandela salió de prisión después de 27 años, muchos esperaban a un hombre lleno de odio. Encontraron a alguien que hablaba con la serenidad de quien había comprendido que la venganza es otra forma de cadena. Pero pocos recuerdan que Mandela, aunque llegó a ser abogado y líder mundial, nunca borró sus raíces en el pueblo Thembu. En sus memorias, El largo camino hacia la libertad, dedica páginas enteras a describir su infancia en el poblado de Mvezo, donde cuidaba ganado, dormía en una choza y escuchaba las historias de los ancianos bajo la luz de la luna. Esa experiencia, dice, fue la que le enseñó que “un líder no es quien se impone por la fuerza, sino quien escucha al consejo de los mayores”. Cuando llegó a la presidencia, no vistió trajes de diseñador para ocultar su origen; más bien, a menudo aparecía con camisas estampadas que evocaban los colores de su tierra. Y su gran obra, la Comisión de Verdad y Reconciliación, fue concebida no desde la venganza sino desde la noción africana del ubuntu: “Yo soy porque nosotros somos”. Ese nosotros incluía a los pastores del campo, a los mineros pobres, a las madres de Soweto. Mandela no se avergonzó. Nos enseñó que las raíces humildes no son una desventaja, sino una brújula.

Rigoberta Menchú:

La voz del maíz

Rigoberta Menchú Tum recibió el Premio Nobel de la Paz en 1992. Pero antes de eso, era una niña maya-quiché que trabajaba desde los ocho años en las fincas cafetaleras de Guatemala, durmiendo en el suelo y viendo morir a sus hermanos por desnutrición. Su testimonio, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, es un monumento a la dignidad de los pueblos originarios. Lo notable de su vida no es solo que haya alcanzado el reconocimiento mundial, sino que nunca renunció a su identidad. Sigue vistiendo el traje tradicional de su comunidad, sigue hablando en su lengua materna, sigue denunciando el racismo estructural que aún hoy condena a millones de indígenas a la pobreza. Cuando le preguntan cómo hizo para salir de la miseria, responde: “No salí. Mi pueblo sigue ahí. Yo solo presté mi voz para que el mundo lo viera”. Esa es la lección: la salida individual no es verdadera salida si dejas a los tuyos atrás. Menchú, como Mandela, entendió que el éxito personal sin compromiso colectivo es una traición.

Malala Yousafzai:

Una niña del valle que desafió al imperio

Malala es la premio Nobel más joven de la historia. Pero antes de que los reflectores la convirtieran en símbolo global, era una muchacha del valle de Swat, en Pakistán, hija de un educador que dirigía una escuela modesta. Cuando los talibanes prohibieron la educación de las niñas, Malala no negoció su identidad: siguió yendo a la escuela, escribiendo en un blog bajo seudónimo, defendiendo su derecho con el mismo acento y la misma pasión de su pueblo. Un día, un hombre armado subió a un bus escolar y le disparó en la cabeza. Sobrevivió. Y al recuperarse, en lugar de aceptar la vida cómoda que le ofrecían en Occidente, creó el Fondo Malala para que las niñas de su región —las más pobres, las más olvidadas— pudieran estudiar. Malala no se avergonzó de su origen humilde, ni cambió su nombre para que sonara más “internacional”, ni se desentendió de su lengua. Al contrario, cada discurso suyo comienza recordando a Swat. Porque sabe que su legitimidad está ahí.

Eduardo Galeano:

El periodista que escribió con barro

El uruguayo Eduardo Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, fue un intelectual que nunca se despegó de la calle. Su estilo, directo, poético, a veces furioso, llevaba la marca de alguien que había conocido la pobreza no como concepto académico sino como experiencia. Galeano decía: “Mi madre me enseñó a no avergonzarme de ser pobre. Me decía: ‘La pobreza no es pecado, lo que es feo es ser rico y miserable’”. Y él mismo fue coherente: aunque sus libros se vendieron por millones, vivió siempre con modestia, mantuvo su militancia por los derechos humanos, y en sus últimos años escribió El libro de los abrazos, una obra donde el lenguaje popular se funde con la alta literatura sin que uno domine al otro. Galeano nos dejó una lección fundamental: la inteligencia no necesita vestirse de extranjera para ser respetada. Uno puede hablar de Marx y de economía internacional con las mismas palabras que usa para describir la sopa de su abuela. La autenticidad es una forma de resistencia.

Dietrich Bonhoeffer:

El teólogo que bajó a la cueva

No todos los ejemplos vienen de la pobreza económica directa. Dietrich Bonhoeffer fue un teólogo alemán, hijo de una familia acomodada, con formación académica impecable. Pero cuando Hitler llegó al poder, Bonhoeffer hizo algo que sus colegas académicos no hicieron: bajó a la cueva. No se quedó en la universidad discutiendo abstracciones mientras los judíos eran deportados. Fundó una iglesia confesante, se unió a la resistencia clandestina, y finalmente fue ahorcado en el campo de concentración de Flossenbürg en 1945, apenas unos días antes de la liberación. ¿Qué tenía Bonhoeffer que lo llevó a arriesgarlo todo? Una convicción teológica radical: “La iglesia es iglesia solo cuando existe para los demás”. Y en su contexto, “los demás” eran los perseguidos, los encarcelados, los judíos, los de abajo. Bonhoeffer nos muestra que no se trata solo de haber nacido pobre; se trata de decidir, desde cualquier posición, estar del lado de los que sufren. Esa es una opción de vida. Y él la pagó con su muerte.

Martin Luther King Jr.:

El pastor que no negoció su origen

Martin Luther King Jr. creció en una familia de clase media negra del sur de Estados Unidos, pero eso no lo hizo olvidar a los trabajadores domésticos, los jornaleros agrícolas, los desposeídos que llenaban las iglesias bautistas. Su lucha por los derechos civiles no fue una lucha por integrarse a la mesa de los blancos; fue una lucha por transformar la estructura misma que producía desigualdad. En sus últimos años, King radicalizó su discurso: denunció la guerra de Vietnam, lanzó la campaña de los pobres (“Poor People’s Campaign”) que buscaba unir a blancos pobres, negros pobres, latinos pobres e indígenas pobres en una coalición por la justicia económica. El día que lo asesinaron en Memphis, estaba apoyando una huelga de trabajadores de saneamiento, hombres que recogían la basura por salarios de hambre. King no se avergonzó de sus raíces sureñas, ni de su acento, ni de la tradición de la iglesia negra. Su famoso discurso “I have a dream” está impregnado de espirituales esclavos, de lenguaje bíblico campesino, de la sabiduría de los abuelos que soñaron con la libertad. Ese es el poder de quien no rompe con su origen: convierte su historia personal en un espejo donde todos se reconocen.

IV. El ADN que no se negocia

Cuando hablo de mi ADN, no me refiero a la genética en sentido biológico, sino a esa herencia intangible que se transmite de generación en generación: las formas de ver el mundo, los refranes que repiten las madres, la música que se escucha en las fiestas del pueblo, la manera de resolver problemas cuando no hay recursos, la fe que mezcla devoción y rebeldía, la costumbre de compartir la comida aunque sea poca. Ese ADN no se puede comprar en ningún mercado, no se obtiene con un título de posgrado, no se legitima con una cuenta bancaria abultada.

Vivir como los de arriba —ese espejismo que algunos llaman “ascenso social”— sería intentar borrar ese ADN. Y hay algo peor que la pobreza material, y es la pobreza espiritual de quien renuncia a sí mismo para ser aceptado por otros. He visto a personas que cambiaron su manera de hablar, que se avergonzaron de que sus padres visitaran la oficina porque “se notaba que no eran de ahí”, que inventaron apellidos compuestos o que fingieron haber estudiado en colegios privados. Cada uno de esos actos es un pequeño suicidio de la identidad. Y lo peor es que, al final, no logran ser aceptados del todo por los de arriba —porque siempre habrá alguien que recuerde de dónde vienen—, y además pierden el respeto de los de abajo, que intuyen la traición.

Yo elijo lo contrario. En mi trabajo como creador de contenido digital, he hecho un pacto conmigo mismo: nunca hablaré como si hubiera olvidado el barrio. Mis palabras serán claras, directas, sin esa jerga académica que a veces usamos para impresionar o para excluir. Porque si los de abajo no entienden lo que digo, entonces no estoy hablando para ellos, estoy hablando para mí mismo o para los que ya entienden. Y eso no es comunicación, es narcisismo.

Hay una palabra que me gusta mucho: enaltecer. No se trata solo de no avergonzarse, sino de activamente poner en alto lo que viene de abajo. Enaltecer la sabiduría de quien nunca fue a la escuela pero sabe leer el cielo para saber cuándo sembrar. Enaltecer la fuerza de la madre soltera que trabaja en dos casas para sacar adelante a sus hijos. Enaltecer la creatividad del vendedor ambulante que convierte un carrito en una fuente de ingresos. Enaltecer la poesía que se escribe en las paredes de los barrios con aerosol. Enaltecer la fe de quienes se reúnen en una iglesia de lata a cantar con las mismas ganas que los grandes coros.

Eso es lo que hago en cada video, en cada artículo, en cada conversación. Porque sé que cuando un joven de un barrio marginal me ve en la pantalla, no necesita que le hable con palabras rebuscadas; necesita ver que alguien como él puede estar ahí sin haber traicionado su esencia. Que la inteligencia no tiene clase social. Que la dignidad no se compra con dólares. Que el conocimiento verdadero no te aleja de los tuyos, te acerca.

V. Los filósofos y la humildad del origen

Volvamos por un momento a Platón. Hay un detalle que no mencioné al principio, y es que en el mito de la caverna, el liberado que regresa corre el riesgo de ser asesinado. Platón lo sabía bien: Sócrates, su maestro, fue condenado a muerte por los atenienses precisamente por bajar a la plaza pública a interrogar a los poderosos y desenmascarar sus sombras. La filosofía, para Platón, no era un ejercicio de salón; era una práctica peligrosa que exigía valentía. Y esa valentía, curiosamente, la encontraba más en los que venían de abajo que en los que nacieron en la cima. Porque los que nacen en la cima creen que las sombras son la realidad; los que vienen de abajo, si logran salir, tienen la perspectiva de haber visto ambos mundos.

El filósofo español José Ortega y Gasset escribió en La rebelión de las masas que “el hombre que ha salido de su aldea para ir a la ciudad tiene siempre la ventaja de ver la ciudad con una claridad que los ciudadanos de toda la vida no tienen”. Esa “ventaja” es la mirada doble: la de quien conoce la pobreza desde dentro y también ha conocido otros horizontes. Esa mirada es la que me permite hoy decir, sin soberbia, que los de abajo no necesitan caridad, necesitan oportunidades, sí, pero también necesitan representación. Y no una representación hecha por otros que hablan en su nombre, sino una representación hecha por ellos mismos, por los que llevan la memoria del barrio en la piel.

Otro filósofo, el rumano Emil Cioran, decía con amargura que “todo lo que viene del pueblo termina siendo traicionado por sus propios hijos”. Esa frase me duele porque veo que a menudo es verdad. Hijos de campesinos que se convierten en terratenientes y explotan a los campesinos. Hijos de obreros que llegan a gerentes y olvidan sus demandas. Hijos de pobres que se enriquecen y votan contra los impuestos que financian escuelas públicas. Esa traición no es solo política; es existencial. Es romper el pacto con los ancestros. Por eso cada vez que me enfrento a una decisión importante, me pregunto: ¿qué diría mi abuela? ¿Qué pensaría mi madre si me viera actuando así? No es una pregunta sentimental; es una pregunta ética.

VI. El bien común y los de abajo:

Una lección de premios Nobel

No hace falta remontarse a la antigüedad para encontrar voces que nos recuerden la centralidad de los de abajo. El economista Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998, dedicó su vida a demostrar que la pobreza no es solo falta de ingresos, sino falta de capacidades. Sen, nacido en la India, creció viendo las hambrunas que asolaban su país, y desde entonces se empeñó en construir una teoría económica que pusiera en el centro a las personas, no al crecimiento por el crecimiento. Su concepto de “desarrollo como libertad” es una herramienta poderosa para entender que los de abajo no necesitan que les regalen nada; necesitan que les quiten las cadenas que les impiden desarrollar sus capacidades. Sen no olvidó su origen; al contrario, cada página de su obra lleva las marcas de su infancia en Bengala.

Otro Premio Nobel, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, nos dejó un testimonio conmovedor en sus memorias, Vivir para contarla. Allí narra su infancia en Aracataca, un pueblo del Caribe colombiano, donde creció entre abuelas que contaban historias de aparecidos y tíos que se enredaban en guerras civiles. García Márquez no solo no se avergonzó de ese origen; lo convirtió en la materia prima de su obra maestra, Cien años de soledad. Cuando le preguntaron cómo se sentía al ser reconocido mundialmente, respondió: “Soy apenas un periodista que tuvo la suerte de escribir bien una novela”. Pero detrás de esa modestia había una verdad profunda: su genio no surgió en las universidades europeas, sino en las conversaciones con su abuela Tranquilina, que le enseñó a contar lo extraordinario como si fuera cotidiano. García Márquez nos muestra que la cultura de los de abajo no es “menor”; es una tradición milenaria que, cuando se expresa con autenticidad, conmueve al mundo entero.

La economista Esther Duflo, también Nobel, ha trabajado durante décadas en la India y África con un método sencillo: escuchar a los pobres, entender sus decisiones cotidianas, dejar de tratarlos como sujetos pasivos de la ayuda internacional. Su enfoque, llamado “economía del desarrollo experimental”, nace de una humildad epistemológica: los que saben de pobreza son los pobres mismos. Si los académicos no los escuchan, cualquier política será un disparo en la oscuridad. Duflo, nacida en Francia en una familia de médicos, no viene de la pobreza, pero ha sabido hacer algo igualmente importante: ponerse al servicio de los que viven en ella, sin paternalismos, sin arrogancia. Ese es otro tipo de lealtad: la de quien, desde su privilegio, decide bajar a la caverna no para iluminar con soberbia sino para aprender.

VII. Héroes que murieron por sacar a los pobres a una vida mejor

La historia de la humanidad está escrita con sangre de quienes dieron su vida por los de abajo. No hablo de generales ni de conquistadores; hablo de maestros, sacerdotes, sindicalistas, abogados, periodistas que entendieron que no se puede predicar la justicia desde la comodidad.

En mi país, como en tantos otros, hay nombres que no deberían olvidarse. Hombres y mujeres que fueron asesinados por defender la tierra de los campesinos, por organizar a los trabajadores, por denunciar la corrupción que roba los fondos destinados a los pobres. No puedo nombrarlos a todos, pero cada uno de ellos es un recordatorio de que la opción por los de abajo tiene un precio. Y, sin embargo, lo pagaron. Porque sabían que una vida sin coherencia no vale la pena ser vivida.

El obispo Óscar Romero, asesinado mientras oficiaba misa en El Salvador en 1980, es uno de esos mártires. Romero no empezó siendo un radical; fue un conservador que se fue transformando al ver el sufrimiento de su pueblo. Su conversión fue, en esencia, un descenso a la cueva. Al principio estaba cómodo en su diócesis, sin meterse en política. Pero cuando sus campesinos empezaron a ser masacrados, cuando las fosas comunes se llenaron con cuerpos de gente humilde, Romero entendió que no podía predicar el amor de Dios mientras su pueblo era exterminado. Su voz se volvió un trueno. Y lo mataron por eso. Pero antes de morir, dejó una frase que resume todo lo que quiero decir en este artículo: “Si algún día me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Esa es la apuesta: sembrar la propia vida en la tierra de los de abajo, sabiendo que de esa tierra brotará la resistencia.

En el mismo país, las cuatro religiosas estadounidenses —Maura Clarke, Ita Ford, Dorothy Kazel y Jean Donovan— fueron violadas y asesinadas por la dictadura salvadoreña. ¿Por qué estaban ahí? Porque habían decidido vivir entre los pobres, en las comunidades de base, compartiendo su pan y su palabra. Ninguna de ellas provenía de la pobreza; pero eligieron bajar. Su sangre también es testimonio de que la solidaridad con los de abajo no es una ideología abstracta, es una práctica que puede costar la vida.

Más cerca, en mi propia tradición, recuerdo a tantos líderes comunitarios que nunca aparecen en los libros de historia, pero que en sus barrios eran referentes. La señora que organizaba el comedor infantil con dos ollas prestadas; el joven que alfabetizaba adultos después de su jornada laboral; el cura párroco que abrió las puertas de la iglesia para que los desalojados tuvieran donde dormir. Esos son los verdaderos héroes. Y no se avergonzaron de su origen porque nunca lo dejaron. Vivieron y murieron como vivieron sus ancestros: con las manos limpias y la conciencia tranquila.

VIII. El riesgo de ser voz de los de abajo en tiempos de redes

Hoy ejerzo mi voz como creador de contenido digital. Y sé que este camino no es fácil. Las redes sociales son un espacio donde las apariencias dominan, donde a menudo se premia la superficialidad y se castiga la autenticidad. Hay una presión enorme por mostrar una vida perfecta, por ocultar las dificultades, por parecer exitoso según los estándares de los de arriba. Pero yo me resisto. Mis seguidores no encontrarán en mis plataformas una vida de lujos; encontrarán reflexiones, a veces con el fondo de mi cuarto modesto, a veces con la imagen de mi barrio. Porque creo que los de abajo merecen verse representados en su realidad, no en un ideal falso.

A veces me dicen: “Rolando, ¿por qué no te mudas a un lugar más ‘céntrico’, por qué sigues mostrando tu origen?”. Y mi respuesta es simple: porque si yo me muevo de aquí simbólicamente, ¿quién se queda? Los que aún están en la lucha necesitan ver que no están solos. Necesitan ver que no es necesario abandonar la identidad para alcanzar la palabra pública.

Hay un intelectual africano, Ngũgĩ wa Thiong’o, que fue perseguido en Kenia por escribir en su lengua materna, el gikuyu, en lugar de hacerlo en inglés. Ngũgĩ defendió que la lengua colonial no puede ser el único vehículo del pensamiento crítico. Algo similar aplica a nuestra condición de clase: no podemos permitir que los de abajo pierdan su forma de hablar, de sentir, de narrarse. Si solo los que hablan como los de arriba tienen derecho a ser escuchados, entonces los de abajo quedan condenados al silencio. Por eso me empeño en hablar con mi voz, con mi acento, con mis modismos. No para excluir a nadie, sino para incluir a quienes han sido excluidos.

IX. Lo que la Biblia dice y lo que callan

En mi respuesta anterior a una provocación, cité un versículo que dice: “Si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo; ¿cómo puede entonces mantenerse en pie su reino?” (Mateo 12:26). Y lo llamé un pleonasmo verdadero. ¿Por qué? Porque un reino que se combate a sí mismo es una contradicción en los términos. Pero también hay una enseñanza más profunda: cuando los de abajo pelean entre sí, cuando el pobre desprecia al pobre, cuando el que ha logrado algo se olvida de los que vienen detrás, entonces ese “reino” de la dignidad compartida se desmorona.

La Biblia está llena de voces que hablan desde abajo. Los profetas del Antiguo Testamento —Amós, Isaías, Miqueas— no eran cortesanos; eran pastores y campesinos que denunciaban a los poderosos que oprimían a los pobres. Amós, en particular, es implacable: “Odio, desprecio vuestras fiestas, y no me huelen vuestras asambleas solemnes… Mas corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo” (Amós 5:21,24). Ese es el lenguaje de alguien que no se avergüenza de su origen. No habla con eufemismos; llama a las cosas por su nombre.

Jesús mismo, según los evangelios, nació en un pesebre, creció en un pueblo marginal (Nazaret, de donde se decía “¿algo bueno puede salir?”), y su ministerio se desarrolló entre pescadores, prostitutas, leprosos, recaudadores de impuestos despreciados. No fue un intelectual de salón; fue un predicador itinerante que comía con pecadores y lavaba los pies de sus discípulos. Y cuando lo ejecutaron, lo hicieron junto a dos criminales, en la colina de la vergüenza. Jesús no se avergonzó de su origen galileo, con su acento que delataba a Pedro en el patio del sumo sacerdote. Al contrario, hizo de ese origen el centro de un mensaje que ha recorrido el mundo: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”.

No digo esto para imponer una fe, sino para señalar que en la tradición judeocristiana hay una raíz profundamente comprometida con los de abajo. Y esa raíz ha inspirado a millones de personas a lo largo de la historia a no avergonzarse de su condición y a luchar por la justicia.

X. Cómo ser de abajo sin ser pobre de espíritu

Hay un error que a veces cometen algunos: pensar que ser de abajo significa idealizar la pobreza. No, no. La pobreza material es una herida, no una virtud. No es bueno que los niños pasen hambre, que las familias vivan en hacinamiento, que los ancianos no tengan acceso a medicinas. Eso es injusto, y debemos combatirlo con todas nuestras fuerzas. Pero ser de abajo —tener raíces humildes— no es lo mismo que seguir siendo pobre. Se puede salir de la pobreza económica sin salir de la identidad. Se puede habitar el mundo con comodidades básicas sin por eso despreciar el barrio, sin fingir que nunca se pasó necesidad, sin volverse enemigo de los que aún están ahí.

Lo que distingue a quien honra su origen de quien lo traiciona no es su nivel de ingresos, sino su actitud. He conocido personas con mucho dinero que nunca dejaron de ser solidarias, que financian becas para jóvenes de su comunidad, que abren puertas en lugar de cerrarlas, que hablan de su pasado sin rubor. Y he conocido personas con muy poco que ya tienen el corazón podrido por el deseo de parecer lo que no son. La diferencia está en la relación con la verdad.

Ser de abajo y enaltecerlo implica:

· No cambiar tu forma de hablar para agradar a los de arriba.

· No ocultar a tu familia ni avergonzarte de ella.

· No olvidar que cada logro es también un logro de los tuyos.

· No votar ni actuar en contra de los intereses de los que menos tienen.

· No permitir que el éxito te aisle de tu comunidad.

· No usar tu posición para aplastar a otros que están donde tú estabas.

· Tener la valentía de incomodar, de recordar, de no dejar que se normalice la injusticia.

Eso es lo que hago. Y lo haré mientras tenga voz.

XI. Conclusión:

El sol que ilumina a los de abajo

Al inicio de este artículo hablé de Platón y de la caverna. Quiero cerrar con esa imagen, pero dándole un giro. En el mito, el liberado sale y ve el sol. Ese sol es el conocimiento, la verdad, la justicia. Pero hay algo que Platón no dice explícitamente: ese sol no brilla igual para todos. Para los que han estado toda su vida en la cueva, la primera luz duele. Para los que bajan de regreso, la oscuridad desorienta. Pero hay una tercera posibilidad: la de quienes construyen una luz nueva, una luz que no es ni el resplandor cegador del arriba ni la penumbra conformista de abajo. Es una luz que nace de la memoria, de la dignidad, de la lucha compartida.

Esa luz es la que intento reflejar en cada palabra. Porque vengo de los de abajo, y no me avergüenzo. Porque mis finanzas —que hoy son mejores que las de mi infancia, pero siguen siendo modestas— no definen mis raíces; al contrario, esas raíces son las que le dan sentido a cada peso que gano. Porque negar mi origen pobre sería burlarme de mis ancestros: de mi abuela que rezaba en la cocina, de mi padre que caminaba bajo la lluvia, de mi madre que cosía botones hasta medianoche.

Soy Rolando Espinal. Soy creador de contenido digital, pero antes que eso soy hijo de mi barrio, nieto de mi tierra, hermano de los que aún están en la lucha. Y si este artículo sirve para que alguien más se reconcilie con su origen, para que algún joven deje de avergonzarse de su acento o de la casa de zinc donde vive, entonces habrá valido la pena.

Que Dios sea testigo —como dije en aquella respuesta— de que no busco honores ni reconocimientos. Busco que los de abajo ocupemos el lugar que nos corresponde sin tener que dejar de ser quienes somos. Porque como dijo el poeta César Vallejo, otro hombre de raíces profundas: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”.

Y lo haremos juntos. Desde abajo, pero mirando hacia el sol que nos pertenece.

Rolando Espinal
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