Cultura… ¿Pero a qué costo?

ElAvance | 09 febrero 2026

Gabriel López Cristiano,
Comunicador, atleta y docente.

El día de ayer disfrutamos del espectáculo que es el Super Bowl LX, con toda su experiencia: el tradicional juego norteamericano de yardas y touchdowns, y por supuesto: el espectáculo de medio tiempo, un estandarte de expresión mediática y un reflejo de la mentalidad de toda una nación. Las palabras de grandes entrenadores de la cultura pop, como Coach Carter y Ted Orion de los Mighty Ducks se hicieron realidad: “la defensa gana campeonatos”; haciendo que los Seahowks de Seattle en los campeones de uno de los trofeos más legendarios del deporte: el trofeo Vince Lombardi.

Pero el tema en cuestión no es lo deportivo, ¿no? Desde el anuncio de Bad Bunny como protagonista del show de medio tiempo, toda el continente sintió toda la tensión socio-política en el cuello, a causa de este sancocho multi-factorial que afecta a toda nuestra región. Una de las raíces de esta ola de posiciones y emociones encontradas es el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Las medidas implementadas para la deportación masiva de inmigrantes indocumentados, el manejo (sea bueno o malo; dependiendo de la posición política del ojo que lo vea) de ICE para con los grupos focales de sus operaciones, y las movilizaciones masivas en todo el territorio norteamericano han polarizado a millones, haciendo que la otra raíz del conflicto se alce en protesta y rebeldía: la comunidad latina.

Trump quiso que todo se tratase del viejo “USA, USA”.
El sistema detrás de Bad Bunny quiso que todo se tratase de la minoría afectada.

Ambos están mal: esto se trata de valores. Y todos fallamos en aplicar el mensaje correcto.

La identidad latina va más allá de preservar ritmos o expresiones culturales como el reggaetón o la plena. La identidad latina debe acercarse a un estándar de impacto moral, que no importa si se defienden los sueños de los inmigrantes, o el tesón y el sudor de los trabajadores esenciales, o la proliferación del impacto de la mujer latina en los Estados Unidos: seguirá marcando negativamente nuestro estigma en otras sociedades más desarrolladas. La triste realidad es que, aún mejorando la producción musical o desarrollando la creatividad al encontrar mejores historias que contar seguimos atrapados en la misma espiral cultural: consumo de alcohol y drogas, hipersexualización, romantización de la infidelidad y el sexo casual “sin consecuencias”; y la cherry del pastel: la justificación de la transgresión soberana de las leyes migratorias propias de cada país para implementar, con la excusa de “un sueño”.

Puedo apreciar el storytelling del show, la dirección de arte, el magistral crossover con una artista de renombre como Lady Gaga (para mi la única nota sobresaliente del show, porque así es que se hace cultura e integración en momentos de tensión), pero seguimos fallando en lo primordial: nos seguimos comiendo el caramelo envenenado de la cultura del “perreo” como símbolo de protesta anti-status quo. Nos seguimos comiendo el caramelo envenenado del “fin justifica los medios” del latino. Llamamos “icónico” a expresiones y posiciones que debemos cuestionarnos de nosotros mismos desde nuestra raíz.

Sabemos que la generalización es mala. Pero la cúpula gubernamental y tradicional estadounidense tiene razones (el que sean válidas o no se lo dejo a su criterio) para generalizar sobre los males que definen a toda una cultura en una tierra extranjera. Y desde ahí es que debe cambiarse las políticas: desde el impacto y contribución moral, social, cultural y comunitario de la comunidad latina para con la sociedad norteamericana, ya que se nos olvida que, tristemente seguimos repitiendo argumentos superficiales y vacíos: es bien cierto que “América fue construida por inmigrantes”, pero los registros de Ellis Island y otros documentos oficiales del siglo pasado nos muestran que América fue construida por inmigrantes que cumplieron las leyes y pasaron su proceso de regularización a través del tiempo.

Aquí resalta la doble moral latina: aquella que exige y hace caras tristes en Univisión y Telemundo, pero que ruge en ira y desprecio hacia el pueblo haitiano y en su momento, hasta el pueblo venezolano en su exilio, hace varios años atrás.

Lo que Benito desea hacer, se queda corto. La cultura se realza elevando los valores que la encapsulan. El mejor ejemplo de esto: el maestro Juan Luis Guerra. El graduado de Berkeley tomó un ritmo exiliado a los bateyes y burdeles de Quisqueya como lo fue la bachata, y los llevó a todos los escenarios imaginables en el planeta; transformando los temas, las letras y enriqueciendo los arreglos con clase, conocimiento y virtuosismo musical. La bachata llegó lejos y trascendió fronteras gracias al impacto de una cultura cambiada. Aparte de Romeo Santos y Prince Royce, otros exponentes locales de este ritmo se han mantenido en el mismo lugar, por mantener la misma cultura que la definió en primer lugar. Se explica solo.

El Super Bowl celebró a los latinos. El show de medio tiempo patrocinado por Turning Point USA logra un rating de 5 millones de personas.

La polarización sigue. La transculturación es un fracaso.

Nos emocionamos infantilmente porque Benito mencionó a República Dominicana por medio segundo. Mostramos nuestra cultura… ¿pero a qué costo?